Buscar en nuestras publicaciones:


image image
Milton Friedman en Chile y China JOSÉ PIÑERA  Cuando era un estudiante universitario en Santiago en la década de los 60, leí Capitalismo y libertad de Milton Friedman. Ese libro cambió mi vida. También ayudó a cambiar a mi país y al mundo.
Buscadores de rentas GABRIELA CALDERÓN  El 3 de noviembre falleció uno de los fundadores de la Escuela de Elección Pública, Gordon Tullock. Él y James Buchanan (1919-2013) consideraban que no había por qué asumir que el individuo se convertía en un ángel cuando ingresaba al ámbito público.

Publicaciones

¿Por qué las ideas liberales no calan en el ciudadano común?

CARLOS VILCHEZ 

El hombre nace libre de condicionamientos, pero sin darse cuenta y conforme crece, otros lo condicionan de una u otra manera, la mayoría lo acepta así sin cuestionarlo, esto sucede en lo político y en lo religioso por igual, el adoctrinamiento al individuo ha sido la base de la educación.

Pero, ¿Por qué otras ideas -como las liberales- que promueve la libertad, los derechos de los individuos, el derecho a la propiedad y que se oponen a cualquier forma de despotismo no han calado en el ciudadano común? ¿Acaso la libertad no es lo más preciado que tiene una persona?

Los liberales consideran que la libertad -en el estricto sentido de la palabra- es un derecho inviolable, consideran además el principio de igualdad entre las personas, el derecho a la propiedad privada como fuente de desarrollo e iniciativa individual, el establecimiento de códigos civiles, constituciones e instituciones basadas en la división de poderes y la tolerancia religiosa en un Estado laico.

Los liberales buscamos hacerles la vida más fácil a las personas, pretendemos menos regulaciones, un Estado más eficiente, menos gastos y menos impuestos y sin embargo, la oferta todavía no es aceptada porque a nuestro entender la mayoría de la población de nuestra región aún no la comprende.

El comercio de esclavos de doctores cubanos

MARY ANASTASIA O'GRADY

Las culturas de Occidente no aprueban la trata de personas, una actividad del “crimen organizado en la que seres humanos son tratados como posesiones para ser controlados y explotados”, según la definición del diccionario. Sin embargo, cuesta encontrar a un periodista, político, burócrata de desarrollo u otro activista sindical en cualquier parte del mundo que siquiera haya pestañado ante el amplio negocio de trata de personas que lleva a cabo La Habana. Esto merece más atención en momentos en que los doctores cubanos son alabados por su trabajo en África durante la crisis del ébola.

Cuba está recibiendo elogios por su “diplomacia de doctores” internacional, por la que envía profesionales médicos temporalmente al exterior, aparentemente para ayudar a países pobres a combatir la enfermedad y mejorar el cuidado de la salud. Sin embargo, los doctores no son un regalo de Cuba. La Habana recibe pagos por sus misiones médicas ya sea del país anfitrión, en el caso de Venezuela, o de los países donantes que envían fondos a la Organización Mundial de la Salud. Se supone que el dinero se destina a los salarios de los trabajadores cubanos, pero ni la OMS ni ningún país les paga directamente a ellos. En cambio, los fondos son abonados en la cuenta de la dictadura que, a decir de todos, se queda con la mayor parte de los fondos y le da al trabajador un estipendio para vivir con la promesa de un poco más a su regreso a Cuba.

Es el crimen perfecto: al enviar a sus súbditos al exterior a ayudar a personas pobres, el régimen se gana la imagen de un contribuidor desinteresado a la comunidad global pese a que explota a trabajadores y se enriquece a costa de ellos. Según DW, la cadena internacional de televisión alemana, La Habana obtiene cerca de US$7.600 millones al año por la exportación de trabajadores de la salud.

En México la corrupción lo ha podrido todo

CARLOS ALBERTO MONTANER

El terrible episodio de los 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, asesinados por narcotraficantes, supuestamente comisionados por la Policía para cometer ese crimen, demuestra que México exhibe el síntoma más grave de los Estados fallidos: la pérdida casi total del principio de autoridad.

Las repúblicas surgidas a fines del siglo XVIII –con Estados Unidos a la cabeza–, seguidas en el XIX por las repúblicas latinoamericanas, fueron organizadas en torno a tres principios esenciales:

Todos los ciudadanos están sujetos al imperio de la ley y la ley no puede hacer distinciones.

Ningún crimen juzgado y condenado debe quedar impune.

El Estado, porque así lo estipula la ley, se reserva el monopolio de la violencia y la coacción, por usar un concepto creado por el sociólogo alemán Max Weber.

Eso quiere decir que nadie puede, por su cuenta y riesgo, maltratar, castigar ni, mucho menos, matar a otra persona. Esas ingratas tareas nada más puede realizarlas el Estado, y sólo y siempre de acuerdo con leyes previamente aprobadas e inscritas en códigos específicos.

En México, y en muchos países latinoamericanos, esos tres principios fundamentales que sostienen la República han sido sistemáticamente pulverizados.

En México, desde hace muchas décadas, la cúpula dirigente violó todas las leyes, casi siempre para enriquecerse, y ese comportamiento fue permeando todos los estamentos del Estado hasta generar una atmósfera de corrupción casi total.

¿De qué vamos a vivir?

EDUARDO BOWLES

Esta pregunta ha estado flotando a lo largo de la historia de Bolivia y el no haber hallado una respuesta orientada hacia el largo plazo, es la explicación a la mayoría de las penurias que hemos pasado los bolivianos. En la época de la colonia vivíamos de la plata y sería largo de contar todas las tragedias originadas en ese metal. El cambio hacia el estaño nos llevó a la mal llamada “guerra federal”, que no fue otra cosa que una lucha fratricida cuyas heridas no han sanado todavía y que explica en buena medida la división y la falta de cohesión entre los bolivianos.

El estaño consolidó el centralismo y la concepción de un país monoproductor, cuya única vía de salida era (y sigue siendo) un ferrocarril que cambiamos por la costa, aunque ahora nos desgañitemos diciendo que no se trató de una transacción, sino de una injusticia. Quienes firmaron el Tratado de 1904 tenían marcada en su cabeza la pregunta “¿de qué vamos a vivir?” y la respuesta fue rifar el mar, pues de lo contrario Bolivia se hubiera condenado a la inanición y la desaparición.

La Guerra del Pacífico ocurrió porque nuestros gobernantes habían puesto todos los huevos en una sola canasta, en el huano y el salitre y la Guerra del Chaco fue el resultado del mismo fenómeno, es decir, el apetito de nuestros vecinos por arrebatarnos la única fuente de ingresos y convertirnos en el eterno satélite de otras naciones, en el debilucho de la zona, el estropajo que siempre anda buscando un nuevo hueso para roer.

Ganas de llorar por Venezuela

MAURICIO ROJAS

La música de Beethoven irrumpe en la sala Simón Bolívar del Centro Nacional de Acción Social por la Música bajo la dirección del gran maestro Gustavo Dudamel. Por un momento olvido que esto ocurre en la misma ciudad, Caracas, donde el pasado fin de semana fueron asesinadas 31 personas. Dan ganas de llorar con la fuerza sobrecogedora de la Quinta Sinfonía, pero también dan ganas de llorar por Venezuela, dividida por el odio, acosada por la violencia, gobernada dictatorialmente por quienes abusan del nombre de Bolívar.

Hacía 43 años que no visitaba Venezuela. Estuve allí en 1971, cuando era el país más rico de América Latina y una democracia aún joven pero que llamaba la atención en una región cada vez más golpeada por las dictaduras. Por entonces yo vivía en aquel Chile que aceleradamente se precipitaba en la división y el caos que terminarían desencadenando elgolpe militar de 1973. En ese tiempo, el ingreso per cápita de los chilenos era menos de la mitad del de los venezolanos, y las tiendas, edificios y automóviles de Caracas no podían sino asombrar a ese joven chileno de 21 años que yo era por entonces.

Hoy todo es al revés. Chile es una admirada democracia y el país más próspero de América Latina, mientras que la economía de Venezuela se hunde, su sociedad se despedaza en conflictos internos y su democracia ha sido transformada en un cascarón vacío después de casi 16 años de gobierno populista autoritario. Caracas ya no irradia progreso sino inseguridad, desabastecimiento, mercado negro y el espectáculo triste de sus miserables ranchos en barrios cada vez más dominados por los delincuentes o por las bandas armadas chavistas conocidas como “colectivos”. Es un poco como volver al Chile de comienzos de los 70.

Reaparece la cartilla de racionamiento en Venezuela

CARLOS SABINO 

No son pocas las penurias que deben afrontar hoy los venezolanos como consecuencia de la imposición, hace ya 15 años, del llamado socialismo del siglo XXI. Hugo Chávez, con sus políticas demagógicas y autoritarias, y su seguidor, el actual presidente Nicolás Maduro, han llevado al país a una situación que sin exagerar puede considerarse como catastrófica.

La seguridad ciudadana, por ejemplo, anda por los suelos: el índice de homicidios es uno de los más altos del mundo y Caracas la segunda ciudad más violenta de todo el planeta, con unatasa de homicidios de 134 por 100.000 mil habitantes. Los caraqueños se pasan encerrados en sus casas o en las interminables colas de vehículos para cargar la gasolina más barata del mundo —pero transitan por una red de calles y carreteras completamente descuidada, que no se ha ampliado en estos últimos tres lustros.

El combustible y la electricidad son baratos —por los subsidios— pero el resto de los artículos de consumo se encarecen a un ritmo vertiginoso, inflación que algunos calculan en 100% anual y que es mayor para los productos alimenticios —claro está, cuando pueden conseguirse.

La escasez, un mal típico del socialismo, ha ido creciendo sin pausa en los últimos meses al punto que el Gobierno, siguiendo sus inclinaciones totalitarias, ha impuesto ahora una singular forma de racionamiento.

Búscanos en el Facebook

Noticias de la semana

eldia

Artes y Letras

Chiquitos y la música

(Iglesia Chiquitana) 

MARIO VARGAS LLOSA

Los primeros jesuitas que llegaron a este lejano rincón del Oriente boliviano vieron que las viviendas de los indígenas tenían puertas tan pequeñas que bautizaron a toda la comarca con el nombre de Chiquitos. El padre José de Arce y el hermano Antonio de Rivas pisaron por primera vez estas selvas a fines de 1691. En vez de armas, traían instrumentos de música; sus experiencias en Perú y Paraguay les habían enseñado que el lenguaje de las flautas, los violines o las cítaras facilitaban la comunicación con los naturales del nuevo mundo. Pero aquellos primeros misioneros nunca pudieron imaginar la manera como los pueblos chiquitanos se apropiarían de aquellos instrumentos y de la música que acarreaban desde Europa, incorporándolos y adaptándolos a su propia cultura. Al extremo de que cuatro siglos después se puede decir que la Chiquitania (o Chiquitanía: se acentúa de las dos maneras) es una de las regiones más melómanas del mundo, donde la música barroca sigue tan viva y actual como en el siglo XVIII, matizada y coloreada de sabor local por unas comunidades cuya idiosincrasia concilia, de manera admirable, lo tradicional y lo moderno, lo artístico y lo práctico, el español y la lengua aborigen

. Leer más