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La fábula del precio bajo ALFREDO BULLARD  Los precios siempre están de moda, pero más en épocas electorales. Despiertan pasiones y polémicas.
Las estatuas vestidas MARIO VARGAS LLOSA  Para no incomodar a su huésped, el presidente de Irán Hasan Rohani, de visita oficial en Roma,

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Argentina: errores de forma y de fondo

ADRIÁN RAVIER 

El Ministro de Hacienda, Alfonso Prat Gay parece —por momentos— confundir el camino. En mi última columna en Infobae ofrecí una síntesis de lo que fue un buen primer mes de gobierno, pero en sus últimos discursos comete importante errores, tanto de forma como de fondo, que transmiten confusión a los mercados.

Errores de forma

Mauricio Macri realizó una inteligente campaña buscando consensos y creando en los argentinos una concientización por la unidad. No significa ello respetar a cada argentino en su voluntad de administrar la cosa pública de determinada manera por las obvias contradicciones que esto generaría, pero sí —al menos— respetar las formas, cuidar el lenguaje en los comunicados y evitar los enfrentamientos innecesarios.

Prat Gay señaló que “la basura es mucha y no es nuestra, la dejó el kirchnerismo, pero estamos dispuestos a limpiarla”, a lo que luego agregó que “no vamos a dejar la grasa militante, vamos a contratar gente idónea y eliminar ñoquis”.

La ofensa es claramente innecesaria. Coincido con el análisis de fondo que sostiene que existe hoy un sobreempleo público fenomenal, que es necesario desmantelar. Pero no quiere decir ello que entre la gente que deba despedirse no haya gente idónea, o que todos sean ñoquis, sino que las funciones que cumplen, bajo este nuevo gobierno democrático, se deciden dejar sin efecto. Ha cambiado el modelo económico hacia uno que cree en la capacidad del mercado para crear empleo, y para permitirlo, es necesario reducir la carga tributaria que recae sobre él, lo que a su vez implica reducir la órbita del estado, lo que implica despedir a algunas personas.

Errores de fondo

Claro que este mensaje es mío, y no del Ministro. Prat Gay no cree realmente en el mercado, al que ya ha identificado como una selva, ni cree realmente que sea necesario reducir la órbita del estado o la presión tributaria. Hubo excesos puntuales que se decidieron corregir como los identificados en la nota anterior, pero el avance hacia una “economía social de mercado” le costará a cada paso.

Límites al oportunismo político

MARTÍN KRAUZE

Con los alumnos de la materia Economía e Instituciones vemos algunas de las conclusiones normativas del Public Choice, en particular propuesta para limitar el oportunismo político. Aquí van solamente dos:

1. Límites al déficit fiscal

Se impone una prohibición o límite al déficit fiscal. En el primer caso no puede gastarse más de lo que ingresa, pero el Estado, como cualquier empresa, se maneja con un presupuesto anual que se espera cumplirá. Si el dinero recaudado no alcanzara a cubrir el gasto presupuestado, el Estado terminaría sin cumplir algunos contratos y paralizando ciertos servicios. Para evitar esto, se impone la necesidad que el presupuesto presentado para su aprobación no tenga déficit, luego puede haber algún desvío si durante el transcurso del ejercicio fiscal los ingresos o los gastos difieren de lo presupuestado. Para que la prohibición de déficit tenga alguna credibilidad ese límite al desvío debe ser pequeño y también considerarse un mecanismo para que sea compensado. Es decir, si el ejercicio termina con déficit podría pensarse en que ese exceso se cubrirá en el ejercicio siguiente, o que si termina con superávit, pasa a formar una reserva que sirva para cubrir desvíos negativos en el futuro.

En cuanto a establecer un límite al déficit fiscal, se lo suele hacer en relación al PIB. Así, por ejemplo, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, parte del Tratado de Maastricht, establece un límite del 3% del PIB para los países miembros de la Unión Europea, un nivel superior impone la obligación de medidas correctivas. Argentina, promulgó una ley de “déficit cero” el 30 de Julio de 2001, pocos meses antes de que se desatara la peor crisis de su historia.

En este último caso la norma fue aprobada cuando ya era demasiado tarde. Pretendía ser más una señal que generara confianza en los mercados para que éstos siguieran financiado la renovación de la deuda argentina. En el primero, su incumplimiento por los países más importantes de Europa no generó suficiente credibilidad para las sanciones y no extraña que luego se desatara en la región una profunda crisis fiscal (2010-11)

El fraude de la tarifa "social"

ALBERTO MEDINA 

La idea de subsidiar el consumo de ciertos servicios esenciales dista de ser original. Es una larga historia, que el paso del tiempo solo ha ido perfeccionando perversamente como parte del nutrido andamiaje que ha montado desde hace mucho la demagogia populista contemporánea. La visión que propone que un sector de la sociedad pague, por un bien cualquiera, menos que los demás a expensas de ellos esconde innumerables falacias y una indisimulable hipocresía.

La gratuidad es un gran embuste, porque invariablemente alguien siempre paga la cuenta. La discusión real pasa por establecer con claridad quién financiará finalmente ese monto. Es que si alguien paga menos es porque otro paga más. Hasta es posible que el mismo beneficiario termine sosteniendo ese cargo a través de los infaltables vericuetos estatales.

A nadie sensato se le ocurriría que el precio de un bien dependa de la situación de quien lo compra. Cuando los que más tienen pagan un valor superior al resto, se institucionalizan incentivos para preferir la miseria al progreso, denostando a quienes se esmeran por superarse.

Sin embargo, son demasiados los que validan con determinación este pérfido argumento. Ocurre muy especialmente cuando se trata de servicios públicos, como el caso de la energía eléctrica, probablemente el más emblemático y habitual de esta era.

Muchos están convencidos que hacerlo constituye un verdadero acto de justicia. Ellos sostienen que quienes disponen de escasos recursos deberían pagar un valor inferior por idéntica prestación. Suponen, ingenuamente, que se puede hacer esa excepción, sin consecuencia alguna, como si esa ayuda surgiera mágicamente de la nada o esa bendición cayera del cielo.

El error de Huntington: el choque es de cultura, no de civilización

GEORGE CHAYA

Es innegable que la política mundial avanza hacia una nueva etapa en lo concerniente a la seguridad de los Estados frente a las migraciones masivas producto de los conflictos actuales. En este proceso, muchos intelectuales no han vacilado en abundar sobre los posibles aspectos que los cambios entrañan y han arribado a definiciones tales como “el fin de la historia”, “el regreso a las rivalidades tradicionales entre las naciones-Estado” y “la declinación del Estado-nación a causa de las contradicciones entre tribalismo y globalización”, entre otras posibilidades.

Cada una de estas versiones da cuenta —en algún aspecto— de una nueva realidad con la que discrepo. A mi juicio, pasan por alto un elemento decisivo y central de la política mundial de los próximos años, a saber: la principal fuente de conflicto en el mundo no será fundamentalmente social ni económica. El carácter de las grandes divisiones de la humanidad, como así la fuente dominante del conflicto es y continuará siendo cultural.

Las naciones-Estado seguirán siendo los agentes más poderosos en los asuntos mundiales. Pero en los principales conflictos políticos internacionales se enfrentarán naciones con entidades culturales paraestatales distintas. El choque de culturas dominará el escenario de la política mundial. No el choque de civilizaciones.

Las líneas de ruptura entre las entidades culturales diferentes serán los frentes de la batalla ideológica del futuro y, esto es, si se me permite la definición, una política —casi— de Estado en el pensamiento yihadista. De hecho, sostengo que estamos inmersos en esta etapa. El conflicto intercultural abierto y directo, que, en otras palabras, es la última fase de la evolución del conflicto en el mundo moderno.

El riesgo de fijar precios a dedo

ÁLVARO RÍOS

¿Quiénes finalmente determinan los precios de los productos y servicios que a diario consumimos? En países serios y donde no funciona el dedo político, los fija el mercado en función de costos de producción, oferta, demanda, calidad del servicio, competencia y otras variables. Eso sí, se regula desde el Estado la competencia. No a monopolios u oligopolios ni privados ni públicos que controlen y manipulen precios.

Los precios para los monopolios naturales (donde la competencia no es posible de generar agua, electricidad, gas natural, etc.) se establecen a través de cálculos tarifarios, donde una autoridad competente y calificada calcula las mismas a base de una estructura de costos debidamente estudiada y una rentabilidad razonable preestablecida. Estos servicios públicos sin una tarifa adecuada no se expanden y se deterioran.

Existen políticas públicas para incentivar o desincentivar el uso de un producto o servicio mediante el uso de impuestos (tabaco, alcohol y otros productos nocivos para la salud humana versus energías renovables). Estos gravámenes deben ser estudiados a fondo por instituciones colegiadas antes de su aplicación tal cual ocurre en países serios y donde el dedo desde el poder político no es posible.

Finalmente existen los precios fijados a dedo por los políticos de turno. No se asientan sobre análisis económicos profundos. Resultan de designios o intereses particulares, para favoritismos políticos o para ganar votos y mantenerse en el poder. Precios y tarifas bajas es la consigna para aparecer como figura mesiánica o salvadora ante el pueblo.

El voto por el NO

JUAN ANTONIO MORALES 

En esta época de encuestas prerreferendo se encontrará que los pronósticos tienen siempre un gran margen de error. Yo tengo, en cambio, una muestra que contiene una sola observación, que es la mía, acompañada de gran certidumbre. Obviamente, a partir de la muestra de una observación no se puede inferir ningún resultado estadístico válido. No pretendo hacerlo.

Sé que votaré en conciencia por el No. Justifico mi voto por varias razones. Para comenzar, porque considero que cambiar la Constitución para fines personales no es democrático. Es cierto que gobernantes de países democráticos tienen (o han tenido) a veces largos periodos de gobierno, con reelecciones sucesivas, pero siempre sin cambiar la Constitución. Solamente en algunos países africanos impresentables y en algunos países del realismo mágico latinoamericano se cambia la Constitución para seguir gozando de las delicias del poder.

En segundo lugar, durante los 10 años de gobierno del MAS se ha abandonado la poca institucionalidad que había antes. Ya no hay separación de poderes. La educación funciona muy mal, al punto de que el Ministro de Educación se resiste a evaluaciones internacionales. A la salud tampoco le va muy bien, como lo hacía notar el padre Mateo. Por otra parte, se ha dejado al Banco Central con un patrimonio muy recortado y sin independencia.

Las violaciones a los derechos humanos y constitucionales han sido recurrentes. Se han prefabricado delitos de corrupción contra los opositores. Se aplican las leyes y se inician juicios de responsabilidades retroactivamente en contradicción con la Carta de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas que, sin embargo, hace parte de nuestra legislación.

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Noticias de la semana

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Artes y Letras

Chiquitos y la música

(Iglesia Chiquitana) 

MARIO VARGAS LLOSA

Los primeros jesuitas que llegaron a este lejano rincón del Oriente boliviano vieron que las viviendas de los indígenas tenían puertas tan pequeñas que bautizaron a toda la comarca con el nombre de Chiquitos. El padre José de Arce y el hermano Antonio de Rivas pisaron por primera vez estas selvas a fines de 1691. En vez de armas, traían instrumentos de música; sus experiencias en Perú y Paraguay les habían enseñado que el lenguaje de las flautas, los violines o las cítaras facilitaban la comunicación con los naturales del nuevo mundo. Pero aquellos primeros misioneros nunca pudieron imaginar la manera como los pueblos chiquitanos se apropiarían de aquellos instrumentos y de la música que acarreaban desde Europa, incorporándolos y adaptándolos a su propia cultura. Al extremo de que cuatro siglos después se puede decir que la Chiquitania (o Chiquitanía: se acentúa de las dos maneras) es una de las regiones más melómanas del mundo, donde la música barroca sigue tan viva y actual como en el siglo XVIII, matizada y coloreada de sabor local por unas comunidades cuya idiosincrasia concilia, de manera admirable, lo tradicional y lo moderno, lo artístico y lo práctico, el español y la lengua aborigen

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