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Igualdad de resultados versus igualdad ante la ley

MARÍA MARTY 

El reclamo por mayor igualdad está de moda. Sólo con escuchar al Papa y a los políticos en campaña, seguir a cualquier grupo de protesta o tipear la palabra en un buscador, podremos comprobar su intensa popularidad.

La palabra suena bien, especialmente enfrentada a su supuesta antagonista “desigualdad”. Empero, la realidad es que ninguna de las dos palabras dice mucho, y ambas son, más bien, utilizadas con propósitos políticos.

El verdadero debate es entre igualdad de resultados e igualdad ante la ley. Estos son los verdaderos enemigos, como también lo son los derechos sobre los que ambas igualdades se respaldan. Mientras el reclamo por igualdad de resultados se basa en los llamados derechos positivos o sociales, la igualdad ante la ley se basa en el respeto por los derechos negativos o individuales.

¿Ambos derechos pueden convivir? No. Son opuestos. La existencia de unos anula, necesariamente, la existencia de los otros.

Los derechos negativos o individuales son tres y nada más que tres: el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. Se los llama negativos debido a que lo único que requieren de nosotros es nuestra abstención de violarlos: No matarás, no secuestrarás, no robarás, no violarás.

La vida es nuestro derecho fundamental, y el único modo que tenemos los hombres de mantenerla, es produciendo nuestro “pan”. Podemos sobrevivir como caníbales o saqueando al vecino, pero si queremos convivir pacífica y racionalmente, debemos brindarnos nuestro propio sustento.

Por su parte, el derecho a la libertad significa poder llevar a cabo las acciones necesarias para vivir por nuestra cuenta. El derecho a la propiedad significa poder conservar aquello que hemos producido. Sin estos dos derechos, nuestra vida dependería de la suerte de no toparnos con alguien más fuerte, con ganas de atarnos de manos y pies, o con ganas de comerse el pan que acabamos de hornear.

La regla básica de una sociedad gobernada por el respeto a los derechos individuales es una sola: “No iniciar el uso de la fuerza contra otro”. La palabra iniciar no está resaltada por casualidad. Con el objeto de defender mi vida, libertad o propiedad, puedo responder con el uso de la fuerza, sin embargo, no puedo iniciarla.

Miedo, la clave del castrismo a un año de la muerte del tirano

VANESA VALLEJO 

Hace poco hablé con un cubano que lleva ya 20 años viviendo en España, me contó que cada tanto se reúne con algunos cubanos que también viven en Madrid y, por supuesto, uno de los temas que siempre sale en la conversación es la situación de la isla.

“Es increíble, pero todavía cuando hablamos de Castro bajamos la voz”, me dijo este hombre sin que yo entendiera a qué se refería. Luego me explicó que si en Cuba se habla mal de Fidel ante la persona equivocada, se puede terminar preso. Por eso, es necesario asegurarse de desahogarse solo con gente de confianza y en voz baja, para que no escuche alguno de los áulicos del régimen.

Por tantos años este hombre y sus amigos de exilio fueron perseguidos y vivieron con miedo a decir lo que pensaban, que ahora, décadas después de salir de la dictadura y de vivir en un país libre, siguen bajando la voz al hablar de Castro. “Es la costumbre”, me dijo el cubano cuando expresé mi asombro ante el trauma psicológico que aún los afecta.

Esta historia evidencia una de las razones fundamentales por la que, incluso después de la muerte del dictador, Cuba sigue igual, o peor según algunos. A finales del siglo XVIII Jeremy Bentham empieza a hablar del “panóptico”, un tipo de arquitectura carcelaria cuyo objetivo era hacer creer a los presos que siempre estaban siendo vigilados, aún cuando no hubiera nadie mirándolos.

El panóptico funciona de la siguiente manera: el guardián se ubica en una torre central, desde la cual se puede ver todas las celdas individuales que se encuentran alrededor. Sin embargo, los presos no tienen cómo saber si están siendo observados o no. La estructura causa, entonces, en el detenido un estado permanente de vigilancia sin que esta se ejerza efectivamente en todo momento.

El objetivo del panóptico de Bentham es que el preso modifique su conducta en tanto que se siente permanentemente vigilado, con el pasar del tiempo, portarse bien simplemente se hará costumbre. En Cuba no hay un panóptico, pero Castro diseñó un sistema que funciona casi de la misma manera.

Juegos peligrosos en Arabia Saudita

FELIPE A.M. DE LA BALZE 

El joven heredero de la corona, príncipe Mohamed bin Salman (MbS), con el apoyo de su padre, el rey, lanzó sorpresivamente un “golpe de palacio” con el propósito de concentrar el poder y debilitar a sus enemigos.

El objetivo declarado de MbS es transformar a Arabia Saudita en un país más moderno, menos dependiente del petróleo y socialmente más tolerante.

Sorpresivamente, durante la noche del 5 de noviembre, más de doscientos miembros de la elite saudita fueron detenidos y acusados de corrupción. El grupo incluía 11 príncipes de la familia real, 22 ministros y ex ministros, el hombre más rico del país (príncipe Alwaleed bin Talal, llamado el Warren Buffet del Medio Oriente), el jefe de la Guardia Nacional (Miteb bin Abdalah, hijo preferido del último rey) y otras figuras de la dirigencia política, religiosa y empresaria del país. A posteriori, el gobierno negociaba la libertad de los detenidos a cambio de una rápida restitución de los fondos robados.

En el sistema tradicional de gobierno saudita (autocrático, conservador y cerrado al exterior) las decisiones se tomaban por consenso y participaban los principales miembros de la familia real, los jefes tribales regionales, los clérigos sunnitas (que controlan el sistema religioso y educativo) y los miembros del establishment empresario.

El rey y sus asesores de confianza ejercían el poder a través de los usos y costumbres de una monarquía tradicional y de un manejo personal de los recursos petroleros. La corrupción era parte integral de la trama de poder. El manejo del presupuesto y la regulación estatal de la actividad privada se utilizaban para distribuir beneficios al resto de la sociedad, en particular a los grupos dirigentes.

Nuevas circunstancias amenazan la estabilidad del régimen. El crecimiento económico de la última década fue modesto y se calcula que en la actualidad el 25% de los jóvenes están sin trabajo. El déficit fiscal es creciente y se financia con el uso de reservas acumuladas durante los años de bonanza.

La población creció de 5 millones a fines de la Segunda Guerra Mundial a 32 millones en la actualidad. Esto crea tensiones respecto a la viabilidad del generoso “estado de bienestar” vigente, en un contexto donde el acceso al Internet y la televisión generan nuevas expectativas.

La baja del precio del petróleo y el temor a que en el mediano plazo el auto eléctrico y las presiones medio-ambientalistas reduzcan la relevancia del petróleo en la matriz energética mundial crean, en los círculos dirigentes, aprensiones respecto al futuro.

Los liberales quieren alertar al gobierno

JOSÉ LUIS ESPERT 

Hay quienes gustan de descalificar a los liberales que critican el rumbo económico del Gobierno y ridiculizan sus posiciones para que aparezcan como insensibles e insensatas. Y lo que es mucho peor y de mala fe, se ha establecido una suerte de relación casi causal entre ser liberal en la Argentina y al mismo tiempo defender a militares fascistas y asesinos.

Lo que molesta, en realidad, es que se llame la atención y se advierta que el Gobierno está haciendo lo mismo que condujo al fracaso de múltiples programas económicos, en particular el Plan Austral de Alfonsín y la convertibilidad de Menem, esta última sostenida caprichosamente por De la Rúa hasta su explosión. El gradualismo del Gobierno está manteniendo la economía cerrada al comercio, ha convalidado un sector público sobredimensionado, financiado por una presión tributaria asfixiante de la actividad privada y está recurriendo groseramente al endeudamiento externo para financiar un déficit público fenomenal. Con este cóctel no puede sorprender que haya atraso cambiario y la Argentina esté carísima, que el déficit externo aumente cada día, que la actividad privada más competitiva esté asfixiada, que todavía estemos con la inflación que dejó Cristina, sólo para mencionar algunos de los problemas críticos que no han tenido solución.

Pregunta para los partidarios de Cambiemos: ¿no reconocen que lo que los liberales temen, con razón, es que las groseras inconsistencias económicas terminen apedreando este nuevo intento de restaurar la república? La verdad, es que no son conscientes, pues su visión es puramente política. Desconocen y desprecian los límites de las leyes de la economía.

Creen como Alfonsín que con la democracia se come, se sana y se educa. Y que cuando la política económica fracasa estrepitosamente (como en la híper del 89), la culpa es de los sindicalistas y de los empresarios que dan un golpe de mercado. No se les ocurre pensar que la causalidad fue la inversa: que la inconsistente política económica de Alfonsín llevó al fracaso económico y que ese fracaso económico generó las condiciones políticas para el retorno del peronismo.

No se les ocurre pensar tampoco que la causa fundamental de la caída de De la Rúa fue el caos económico derivado del empecinamiento en mantener una insostenible convertibilidad. Los saqueos y los golpes civiles nunca nacen de un repollo o se producen en Suiza: siempre hay un fracaso económico en el cual prosperan. Los radicales han dado la razón al dicho de Perón: "No es que nosotros seamos buenos, sino que los otros son peores".

El currro de ser "pueblo originario"

CARLOS MIRA 

Ahora resulta que también tenemos problemas con los “pueblos originarios”. Este país es francamente un chiste. La cantidad de gente que invierte su tiempo en desarrollar una idea que les permita vivir de la succión de la sangre pública como las garrapatas viven de la sangre del perro es increíble. Cada día nos enteramos de una nueva.

Ahora son los mapuches. ¡Pero desde cuando los mapuches son originarios de la Argentina! ¡Si se trata de un pueblo exótico que a lo que vino fue a exterminar -en un verdadero genocidio- a las escasas poblaciones sí originales de nuestro territorio como los patagones!

En ese sentido, el comunicado emitido en agosto último por ese centro de información sesgada e ideologizada, sostenido por el dinero público y con aura de suficiencia científica (pero que no es más que un polo de difusión antiliberal y marxista) -el CONICET- no hace más que confirmar (por la contraria) que los mapuches no son otra cosa que un grupo de delincuentes (al menos los que ejercen la violencia contra la soberanía argentina y contra sus leyes) que utilizan métodos de formación terrorista y revolucionaria para mantener viva una utopía setentista tan anticuada como corrupta.

En efecto, el mero hecho de que pueda ser posible, en un país civilizado, que a una “sanadora” se le ocurra decir que ha recibido un mensaje del más allá que le indica que las tierras aledañas al lago Marcardi, en el Parque Nacional Nahuel Huapi, son de ellos porque así lo indica su “Revelación”, es directamente dantesco.

Los grandes problemas siempre fueron chicos alguna vez, como los grandes cánceres siempre fueron pequeños tumores. Así como la medicina indica que esos tumores hay que extirparlos cuando su dimensión es manejable, del mismo modo el Estado debe terminar ya con esta pantomima. No puede ser que un conjunto de 50, 100 o 1000 personas con unos cartones pintados con las palabras “territorio mapuche” ponga en jaque a toda la sociedad.

Detrás de ese revolucionismo de oropel se esconde la pretensión de cobrar peajes -bajo la amenaza de ejercer violencia- a cualquier persona que quiera recorrer el territorio. Se trata de una forma muy berreta del ejercicio del robo muy común ya en varias zonas de la provincia de Neuquén, por ejemplo.

Evo Maduro

ALFREDO BULLARD 

“Es una pena que el pueblo boliviano tenga que pasar por esto. La acumulación excesiva de poder destruye la esperanza”.
Es un axioma. Quien rompe las reglas una vez, las romperá muchas veces. Chávez marcó el estilo: parecer una democracia para destruir la democracia. Su estilo se hizo contagioso. Contagió a Argentina, a Ecuador y a Bolivia. De buena nos salvamos con el giro de última hora de Humala. Algunos buscan (por un tiempo) guardar mejor las formas. Pero en ese estilo los chavistas y su prole no soportan perder poder.

El efecto es nefasto. La acumulación del poder se juega hasta “quemar el último cartucho”. La única manera de detenerlos es esperar a que destruyan al país. Es esperar a que lo conduzcan al borde del abismo para desbarrancar a la población junto con el gobierno.
El enquistamiento culmina con una catástrofe. La única manera de regresar a una auténtica democracia es el descalabro de todo, como viene ocurriendo en Venezuela. Argentina, con gran sufrimiento y esfuerzo, está reconstruyendo la destrucción institucional y económica dejada por el kirchnerismo.

Ecuador se debate en la pataleta de Correa que, tras un error de cálculo, quiere echar por la borda al presidente (que él mismo impuso como candidato) porque busca corregir muchos de los atropellos del propio Correa.
La autocracia pasa por un proceso de maduración malvada. Se pierde la vergüenza, y con ella la dignidad.

Evo Morales ha dado un nuevo paso, impresionantemente desfachatado, para justificar su permanencia en el poder. Primero se reeligió cambiando las reglas. Luego, igualito a Fujimori, obtuvo su “interpretación auténtica” para volverse a reelegir.

Usando el populismo como herramienta, Evo buscó una nueva reelección con un referéndum que le permitiera un cambio de reglas para volver a reelegirse. Pero algo le salió mal (y bien para Bolivia) y perdió el referéndum. El pueblo le dijo no, a pesar de su popularidad. La institucionalidad pudo más que el populismo.

Pero cuando uno creía que la historia terminaba, el “bolivarianismo” nos recuerda su falta de escrúpulos.
El Tribunal Constitucional, solo cabe pensar que influenciado por Morales, ha declarado inconstitucional la propia Constitución de Bolivia. Algo que ni al mismo Fujimori se le ocurrió.

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Noticias de la semana

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Artes y Letras

La muerte del amigo

MARIO VARGAS LLOSA

Eran las tres de la madrugada en Moscú cuando sonó el teléfono. Mi hija Morgana llamaba para decirme que Lila y Fernando de Szyszlo habían muerto, desbarrancados por una escalera de su casa. Ya no pude dormir. Pasé el resto de la noche paralizado por un atontamiento estúpido y un sentimiento de horror.

Oí tantas veces decir a Szyszlo (Godi para los amigos) que no quería sobrevivir a Lila, que si ella se moría primero él se mataría, que, pensé, tal vez había ocurrido así. Pero, minutos después, cuando pude hablar con Vicente, el hijo de Szyszlo, quien estaba allí trémulo, junto a los cadáveres, me confirmó que había sido un accidente. Después alguien me informó que habían muerto tomados de la mano y, según los médicos, la muerte había sido instantánea, por una idéntica fractura de cráneo.

Lo que me queda de vida ya no será lo mismo sin Godi, el mejor de los amigos. Fue un gran artista, uno de los últimos, entre los pintores, al que se podía aplicar ese adjetivo con justicia, y una espléndida persona. Culto, entrañable, divertido, leal. Enriquecía la noche con sus anécdotas y sus chistes cuando estaba de buen humor y sus juicios eran agudos y certeros cuando recordaba a las personas que había conocido y que admiraba, como Tamayo, Breton u Octavio Paz. Había en él una decencia indestructible cuando hablaba de política o del Perú, una falta total de oportunismo o cautela, una integridad que, sin buscarlo y a su pesar, en sus últimos años lo fue convirtiendo en su país en una autoridad moral cuya opinión era solicitada sobre todos los temas. Cuando estaba de mal humor se encerraba en un mutismo de sílabas, una inmovilidad de estatua y se le respingaba la nariz.

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