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Por el buen camino MARIO VARGAS LLOSA  El 28 de julio asumió la presidencia del Perú Pedro Pablo Kuczynski.
Plebiscito colombiano: la preguntaclave CARLOS ALBERTO MONTANER Los colombianos van a votar sí o no. Para eso son los plebiscitos. El Gobierno hace una pregunta, por ejemplo "¿Quiere usted ponerle fin a la guerra en Colombia?", y la gente manifiesta su criterio.

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Falsedades sobre las AFP

AXEL KAISER 

Si hubiera que juzgar a las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) por cómo han defendido y explicado el sistema en la última década, sin duda no merecerían seguir existiendo. Hace años algunos venimos advirtiendo que un sector ideologizado del país busca destruir el que constituye el pilar central del modelo económico actualmente en cuestión y hemos dicho que era cosa de tiempo para que se iniciara una masiva campaña en su contra. Les advertimos, años atrás, que debían tirar “toda la carne a la parrilla” en un país en que la mayoría no entiende los principios básicos del sistema. Lamentablemente, poco hicieron por dar la batalla por la imagen.

Al parecer nunca entendieron que lo que hay de fondo es un tema ideológico y comunicacional más que técnico y seguirá siendo así a pesar de las reformas de la Presidenta. Ninguna institución, dijo John Stuart Mill, subsiste el paso del tiempo si la opinión mayoritaria no la respalda y esa opinión, dijo el mismo Mill, la forman los intelectuales y difusores de ideas.

Daniel Kahneman, psicólogo de Princeton y premio Nobel de economía por sus investigaciones sobre cómo funciona nuestro cerebro en la toma de decisiones, dice que “una forma confiable de hacer creer a la gente falsedades es la repetición frecuente, pues la familiaridad no es fácilmente distinguible de la verdad”. La idea de que las AFP son un robo se ha repetido tanto, implícita o explícitamente, en todos los foros, medios de comunicación, universidades y otros que no es raro que hoy se esté poniendo en tela de juicio su subsistencia.

El fiasco de la política fiscal expansiva

IVÁN CARRINO 

En el gobierno creen que la economía va a reactivarse una vez que pongan en marcha la parafernalia del gasto estatal. Una pena que no se haya aprendido la lección de Kicillof.

Un joven emprendedor estaba preocupado por sus finanzas personales. Tras meses de pensar y pensar, no encontraba la forma de incrementar sus ingresos, por lo que decidió buscar ayuda consultando a dos amigos economistas.

El primer profesional que visitó se identificaba con la corriente principal del pensamiento económico. Es decir, esa que de acuerdo con Peter Boettke abarca desde David Hume y Adam Smith y llega hasta F. A. Hayek y James Buchanan.

La conversación se dio de esta forma:

– Estimado amigo, me gustaría ganar $ 100 más por mes: ¿Qué me aconsejas?

– Bueno querido amigo, te recomiendo que ahorres un poco cada mes, y luego busques invertir ese ahorro en un proyecto productivo que le sirva a la gente. De esa manera vas a generar una rentabilidad que te permitirá ganar esos $ 100 que estás buscando.

Luego de visitar a su primer contacto, se dirigió al segundo. Su nuevo consejero también era economista, pero identificado con la corriente keynesiana. La charla fue la siguiente:

– Estimado amigo, me gustaría ganar $ 100 más por mes: ¿Qué me aconsejas?

– Muy fácil mi estimado, tienes que salir a gastar $ 100.

Desde el punto de vista keynesiano, el motor del crecimiento económico es el gasto público. Cuando el gobierno gasta, entonces genera ingresos para una parte de la economía, pero esta parte luego lo vuelca a otros sectores generando un “efecto multiplicador” que reactiva el consumo, la demanda agregada y el bienestar social. Para que el efecto multiplicador tenga un impacto verdadero, el gasto debe ser preferentemente deficitario. Así, el déficit público aparece como la receta perfecta para encender la economía cuando ésta se encuentra alicaída.

Así transformó Gran Bretaña Lady Thatcher

DIEGO SÁNCHEZ DE LA CRUZ 

"Cuando se busca ser popular, hay que estar preparado para comprometerse con cualquier cosa, en cualquier momento. Y así no se consigue nada". Así de tajante se mostraba Margaret Thatcher cuando le preguntaban por su voluntad de llegar a grandes acuerdos políticos. Conocido es su pronunciamiento contra el "consenso", que definió como "el proceso de abandonar todas las creencias, valores y principios".

La Dama de Hierro buscaba algo muy distinto al "consenso". Lo que ella quería era un cambio radical en la economía británica, que arrastraba años de decadencia al calor de un intervencionismo estatal cada vez más hondo. Para hacerlo, se rodeó de expertos vinculados a tres think tanks liberales que siguen funcionando a pleno rendimiento en pleno siglo XXI: el Institute of Economic Affairs, el Centre for Policy Studies y el Adam Smith Institute.

Influenciada por la Escuela de Chicago y la Escuela Austriaca, su primera obsesión fue controlar la inflación, que superó el 20% en los años previos a su llegada al poder. La expansión crediticia decretada por el Banco de Inglaterra fue replegada en los años de Thatcher, dando paso a un periodo con tipos de interés más altos que permitieron frenar la escalada inflacionista.

Privatizaciones y pugna con los sindicatos

Thatcher también plantó cara a los sindicatos, que se oponían a sus medidas de flexibilidad laboral y también a su decisión de privatizar el enorme conglomerado empresarial público. El Índice de Producción Industrial refleja cómo las medidas supusieron un cierto ajuste en la primera mitad de los años 80 pero abrieron el paso a una década de crecimiento continuado. Según la Oficina Nacional de Estadísticas, la producción industrial creció un 7,5% durante su mandato.

La filosofía de la libertad es contraria al status quo actual

VÍCTOR PAVÓN 

En las organizaciones sociales y partidos políticos, sin excepción, se ha extendido una forma perniciosa de hacer política cuya práctica parte de la idea de que la pobreza únicamente puede ser combatida mediante personas con "sensibilidad social" con "planes sociales" sustentados en la práctica de sacar a los que supuestamente más tienen sin tomar en cuenta los efectos a mediano y largo plazo de las medidas a adoptarse, lo que significa poner en práctica la tan mentada “redistribución de la riqueza”.

Por supuesto, los que no estamos de acuerdo con ese tipo de política enseguida somos calificados de “insensibles”, elitistas y por qué no, de “neoliberal”. El cambio social y económico, dicen, requiere de la decidida acción de los políticos. Los que así piensan, no conciben otra forma de política y se entiende. Si no fuera así, la actividad que realizan dejaría de tener sentido, no existirían y deberán dedicarse a otra cosa.

Pero como no tienen la intención de dedicarse a otra cosa más que a sacar alguna tajada de privilegios en beneficio propio y de sus camarillas que los acompañan, entonces ese tipo de política se convirtió en una forma de trabajo. Este tipo de “trabajo”, sin embargo, no es tal; no existe en una genuina sociedad libre porque en ésta cada quien hace lo mejor según sus talentos y capacidades y colabora con los demás para mejorar su condición de vida. El que desee hacer política lo debería hacer de modo ocasional. Son las actividades privadas las que requieren de tiempo y dedicación, debiendo ser privilegiadas porque es la manera pacífica y moral de ganar el sustento diario mediante el servicio a los demás, a los consumidores.

Se empantana el pacto de Santos con las Farc

FERNANDO LONDOÑO 

Se le dijo. Se le advirtió. Se le repitió una y mil veces. Y no quiso hacer caso. Y ahí tiene el problema.

Los delitos de lesa humanidad, que en otro tiempo se llamaron atroces, no son amnistiables ni indultables. Y no por simple mandato de la Constitución, sino porque así lo impone el Tratado de Roma, del que Colombia es suscriptor. Como dicen en la calle, eso no tiene vuelta de hoja.

Un país suscriptor del Tratado puede disponer, como medida transitoria o permanente, una pena mayor o menor para quien viole de esta manera los derechos humanos. Pero no se puede burlar de la medida, con cuentos como los que se han echado el Gobierno y las FARC desde que empezaron sus famosos diálogos.

Las penas están bien establecidas en los códigos modernos y las graves suponen privación efectiva de la libertad, cuando no la de muerte. Dicho sin ambages, los violadores de los derechos humanos, los que se rebelan contra el Derecho Internacional Humanitario, deben ir a la cárcel. Y si el Estado se niega a imponer esa pena, la Corte Penal Internacional asume competencia y condena al infractor de acuerdo a lo que dispone el Tratado de Roma.

Santos intentó cuanto pudo para “mamarle gallo” a ese principio, diríamos en temas bien garcíamarquianos, hablando de castigos alternativos que terminaban siendo cualquier cosa menos penas aflictivas. Y ahora, al final de la larga jornada, se encuentra con que su famosa Justicia Especial de Paz, puede hacer lo que quiera, hasta decir Misa, menos condenar delincuentes de lesa humanidad a penas aparentes.

Las FARC han dicho mil y una vez que no pagarán penas de cárcel. Ni un solo día, agregan siempre a su perorata. Y Juanpa creyó que podía darle vuelta al asunto. Y cuando descubrió que no pudo, tuvo que decir que estas amnistías y estos indultos se concederían después del plebiscito, pero que no cobijarían a los autores de aquellos delitos de lesa humanidad.

Alberdi y el gasto público

GABRIEL BORAGINA 

El notable inspirador de la Constitución de la Nación Argentina, el prócer Juan Bautista Alberdi, fue quizás el primero en haber hecho un estudio meduloso de la naturaleza, función y el objetivo del gasto público argentino, que siempre ha dado tanto que hablar a los economistas de todos los tiempos. Y así, nos dice en su obra:

"En el estudio de las disposiciones de la Constitución argentina, que se refieren al consumo de las riquezas, vamos a examinar: .... A qué se destina, qué objetos tiene, qué principios respeta el gasto público según la Constitución argentina."[1]

Rescatamos la noción alberdiana del gasto público como consumo de las riquezas, lo que difiere de la concepción en boga, que ve en el gasto público no una función de consumo sino de inversión. Este trastrocamiento de los conceptos y de los diferentes significados que se le asignan a los vocablos gasto, consumo e inversión resulta de importancia vital para poder comprender de qué hablaba el eminente argentino, y captar en toda su dimensión lo nuclear de su mensaje.

"Si el hombre sabe gastar por el mismo instinto de conservación que le enseña a producir y enriquecer, ¿qué apoyo exige de la ley a este respecto? - En el gasto privado, el de su abstención completa; un apoyo negativo que no le estorbe, que no le restrinja su libertad de gastar o consumir, de que su juicio propio y el instinto de su conservación son los mejores legisladores. En el gasto público, todo el apoyo que exige de la ley, es que ella intervenga sólo para impedir que se distraiga de su verdadero destino, que es el bien general; para impedir que exceda este objeto, y para cuidar que el impuesto levantado para sufragarlo no atropelle la libertad, ni esterilice la riqueza."[2]

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Noticias de la semana

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Artes y Letras

El palo de escoba

MARIO VARGAS LLOSA

Para olvidarme del Brexit fui a conocer el nuevo edificio de la Tate Modern en Londres y, como esperaba, me encontré con la apoteosis de la civilización del espectáculo. Tenía mucho éxito, pues, pese a ser un día ordinario, estaba repleto de gente; muchos turistas, pero, me parece, la mayoría de los visitantes eran ingleses y, sobre todo, jóvenes.

En el tercer piso, en una de las grandes y luminosas salas de exposición había un palo cilíndrico, probablemente de escoba, al que el artista había despojado de los alambres o las pajas que debieron de volverlo funcional en el pasado —un objeto del quehacer doméstico— y lo había pintado minuciosamente de colores verdes, azules, amarillos, rojos y negros, series que en ese orden —más o menos— lo cubrían de principio a fin. Una cuerda formaba a su alrededor un rectángulo que impedía a los espectadores acercarse demasiado a él y tocarlo. Estaba contemplándolo cuando me vi rodeado de un grupo escolar, niños y niñas uniformados de azul, sin duda pituquitos de buenas familias y colegio privado a los que una joven profesora había conducido hasta allá para familiarizarlos con el arte moderno.

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