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Perú: el misterio de la reelección

ollantahumalALVARO VARGAS LLOSA

Esta semana recibí correos electrónicos de personas vinculadas al Foro Económico Mundial (al que pertenezco), alarmadas porque algunos de los participantes extranjeros en la reciente reunión de esta organización ocurrida en Lima se habían llevado la impresión de que hay un giro populista y acaso autoritario en el gobierno del Perú. “¿Es cierto que Humala ha vuelto a sus raíces?”, me preguntaba uno.

Esta anécdota da una idea de lo que una sucesión de graves errores cometidos por el presidente en las últimas semanas ha provocado en gente que hasta hace muy poco tiempo hablaba de él con entusiasmo. El respaldo muy activo a Nicolás Maduro en Venezuela, la promulgación de un decreto que amplía la injerencia de la empresa estatal Petroperú exponencialmente, la confirmación de un interés del Estado peruano en los activos de Repsol que le darían el monopolio de los combustibles y la negativa a descartar una posible candidatura ilegal de su esposa a la Presidencia han introducido una desconfianza en amplios sectores del país, por primera vez en lo que va de su mandato (el jueves, ante la presión de los críticos, el gobierno anunció que desistía de su intención de comprar los activos de Repsol). Lo cual nos coloca en posición nada sencilla a quienes hasta ahora nos ufanábamos de haber acertado cuando, en la segunda vuelta de las elecciones en 2011, afirmamos nuestra fe en que Humala respetaría el juramento democrático que había hecho y la “Hoja de Ruta” con la que se había comprometido a llevar a cabo sus políticas de inclusión social sin revertir el modelo económico exitoso que había heredado.

Casi desde los inicios del gobierno de Ollanta Humala, la clase política y eso que los sajones llaman las “chattering classes” han vivido obsesionadas con la posibilidad de que la Primera Dama, Nadine Heredia, sea candidata presidencial en 2016. Ella, con coquetería, ha eludido descartarlo porque, como explicó recientemente su propio marido, sus adversarios se han metido a sí mismos en una trampa contribuyendo a instalar en el imaginario colectivo esa figura y ella no tiene por qué ayudarlos a salir de allí.

Este juego ha sido hasta ahora relativamente inofensivo. Lo peor que se podía decir de él es que volvía aburrida la política peruana, que es cualquier cosa menos aburrida. Sin embargo, los acontecimientos han ido dando algo de gravedad a lo que antes tenía un peso leve. A medida que la cercanía con las autocracias populistas de la región ha empezado a tener consecuencias (como el respaldo de Unasur a la elección de Nicolás Maduro, promovido desde Lima, que ejerce la Presidencia pro témpore) y que ciertas iniciativas estatizantes han hecho asomar el fantasma del primer Ollanta Humala, la posibilidad de una argentinización de la política peruana ha empezado a asustar a no poca gente. El juego del misterio se ha vuelto peligroso.

Ollanta Humala tiene una popularidad significativa y su esposa, que probablemente está siendo juzgada no como cogobernante sino como cónyuge, todavía más. La inseguridad de los primeros meses ha sido reemplazada por una mayor afirmación del poder y, crecientemente, un tono de mando y un cierto desdén por las “chattering classes”. El Congreso peruano, donde se suponía que el gobierno estaba en minoría, ha perdido buena parte de su capacidad de hacer contrapeso porque Perú Posible, el partido de Alejandro Toledo, para evitar ser avasallado por sus adversarios, ha preferido dejar pasar por alto cosas con las que está en desacuerdo.

Todo esto ha invertido la situación, de tal modo que lo que era una trampa en que se había metido la oposición se está convirtiendo en una trampa de la que no puede salir el propio gobierno. Me explico: ya no hay palabra o acto que no sea percibido, justa o injustamente, como parte de una estrategia para continuar en el poder. En un país traumatizado por la experiencia de los años 90, no es difícil de entender que incluso gente muy bien dispuesta hacia el gobierno tenga hoy temor.

En un país de instituciones todavía precarias, pocos dudan que si Nadine Heredia se lo propone tendrá poca dificultad en sortear el obstáculo legal que le impide ser candidata (algunos magistrados de instancias clave adelantaron opinión en favor suyo hace algunos meses, provocando una dura reacción). La Constitución prohíbe la reelección, pero no impide que la cónyuge o el cónyuge de quien ejerce la Presidencia se postule a ese cargo. Es la Ley Orgánica de Elecciones la que fija el impedimento.

Dicha prohibición fue introducida en su momento por Alberto Fujimori para cerrarle el paso a su esposa, convertida en su adversaria, que tenía pretensiones presidenciales. Pero la democracia mantuvo en los últimos 13 años el impedimento, que abarca al “cónyuge y parientes consanguíneos dentro del cuarto grado, y los afines dentro del segundo, del que ejerce la Presidencia”. La Primera Dama podría escoger varias vías para eludir la prohibición, desde modificar la ley a través del Congreso (sumamente improbable) hasta pedir al Tribunal Constitucional que la declare inconstitucional (dado que la Constitución no le prohíbe expresamente ser candidata) o solicitar al Jurado Nacional de Elecciones directamente su inscripción bajo la misma premisa.

He aventurado la opinión, porque me lo han preguntado algunas veces, de que ella se abstendrá de hacer eso (he tenido, además, oportunidad de compartir con ella mi criterio sobre esto hace algún tiempo). Su instinto de preservación es más poderoso que su ambición, si la tuviera: ella sabe el daño que esa candidatura haría al gobierno de su esposo, que pasaría a ser considerado otro más de los que tuvieron un origen legítimo y mudaron de piel.

No necesito decir que si Heredia es candidata, el Perú entrará en la vía argentina. El abuso de poder y la corrupción campearán, como ocurre con todo gobierno que abre entre sus miembros la perspectiva de la eternidad, y a la previsible resistencia seguirían seguramente leyes de medios de comunicación y persecuciones. La dinámica de la reelección mediante cambios en las reglas de juego siempre lleva a eso en América Latina.

¿Cuánto tiempo durará el juego del misterio? Hasta que el país fuerce una definición, lo que quiere decir hasta que el costo del misterio pase a ser mucho mayor que el de la claridad. Una precipitación de Humala en las encuestas (ya ha habido un bajón) y una pérdida definitiva del control de la agenda política obligarían a la pareja presidencial a tomar una decisión: o perseverar en el ejercicio de hacer planear sobre la cabeza del Perú el riesgo de un régimen continuista y provocar un creciente trauma político y tal vez económico, o devolver al país tranquilidad y previsibilidad.

El famoso pintor peruano Fernando de Szys lo dijo esta semana que la negativa del Presidente y su esposa a descartar la posible candidatura de la segunda era el problema central de un gobierno que empieza a suscitar sospechas en mucha gente que tenía buena disposición hacia él. En tono mortificado, lamentó que, cuando parecía que el Perú por fin había logrado combinar exitosamente la democracia y una economía moderna, haya vuelto a surgir la perspectiva de un retroceso institucional que, aun si no se confirma, ya ha hecho daño. Esa observación encierra la clave del desánimo que se ha apoderado no sólo de las “chattering classes” sino, ahora, de un amplio sector de clase media emergente que empieza a ver en Humala, no al hombre que supo vencer la desconfianza del país en la segunda vuelta electoral de 2011, sino al nacionalista con simpatías por el chavismo de la primera hora.

La gran incógnita, por el momento, es si todo esto va a tener, en efecto, el costo en las encuestas que muchos prevén, o si los sectores menos pudientes, donde mantiene aceptación, reaccionarán con entusiasmo ante la posibilidad de que el militar enfrentado a la “clase política” ponga en su sitio a tanto parlanchín. Nunca fue difícil para un caudillo militar en la historia del Perú despertar entusiasmo popular enfrentándose a los civiles y yo estoy bastante menos seguro que otros peruanos de que su popularidad se va a venir en picada. Lo que sí sé es que la democracia peruana probablemente estará más protegida si Humala pierde algo de apoyo que si ese respaldo aumenta, porque las actitudes de las últimas semanas no han sido las de un hombre demasiado sensible al temor que despierta el chavismo y el populismo en la clase media emergente y los sectores productivos.

La economía peruana, que venía galopando, empieza a dar señales de una cierta desaceleración, que podría acentuarse. En el mes de marzo, el último que registran las estadísticas, cayó la importación de bienes de capital con respecto al año anterior, lo que calza con el retraimiento de ciertas inversiones y la parálisis de otras, y sectores tan importantes para la demanda interna como la construcción pueden haberse empezado a resentir, a juzgar por la disminución pronunciada del ritmo de consumo de cemento. El crecimiento de las manufacturas, la pesca y la agricultura ha sido muy leve. A ello se suma la caída de las exportaciones mineras. Esto último en gran parte se debe a la bajada de los precios pero en el debate público peruano es fácil de relacionar con la paralización de muchos proyectos de inversión, atascados hoy en la burocracia.

Si la tasa de crecimiento pierde un par de puntos porcentuales, como algunos economistas pronostican, las consecuencias para el Fisco, y por tanto para las políticas de inclusión social de Ollanta Humala, serán graves. Lo obligarán a elegir entre lesionar el buen manejo fiscal o desatender las expectativas sociales que, al tiempo que las ha ido satisfaciendo con un aumento exponencial de los presupuestos asistenciales, ha seguido alimentando en sus discursos (ellas explican una parte de su aceptación popular).

¿Qué tiene esto que ver con el misterio de la reelección? Esencialmente una cosa: la falta de claridad puede agravar el enrarecimiento del clima político y del clima de inversiones. Acaban de publicarse estudios de medición de las expectativas según los cuales entre 70 y 80 por ciento de los empresarios peruanos desconfían del gobierno. Muchos creen que la falta de celeridad en las concesiones o la intervención del Estado en ciertos mercados prepara el terreno para un proyecto más estatista de largo plazo. En este contexto, el misterio de la pareja presidencial sobre la posible candidatura de la Primera Dama agrava la percepción.

Me han preguntado, en estos días, si me arrepiento de haber votado por Ollanta Humala. La respuesta es que no. No voté por Winston Churchill sino por un hombre con antecedentes alarmantes en un Perú con una vida política todavía precaria que había evolucionado mucho y que representaba, frente a su rival, una mayor garantía. ¿Por qué? Precisamente porque, independientemente de la buena voluntad que tuviera Keiko Fujimori, quienes la rodeaban habían demostrado estar dispuestos a avalar cualquier cosa en el gobierno de su padre, mientras que quienes optábamos por el ex militar nacionalista en la segunda vuelta sabíamos que ante la menor posibilidad de que se desviara de su juramento democrático y de la “Hoja de ruta” reaccionaríamos con mucha energía. Eso sigue siendo cierto.

Tomado de eldiarioexterior.com

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