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Ser profesional en Bolivia

EDUARDO BOWLES

Ha causado estupor un reciente estudio relacionado con los graduados de las universidades públicas del país que indica que sólo el 10 por ciento de los que llegan a titularse en cualquiera de las carreras ofrecidas a nivel nacional logran conseguir un empleo formal.

El dato equivale a decir que por lo menos 3.600 nuevos profesionales cada año pasan a ser desempleados inmediatamente después de haber conseguido un título universitario y se ven obligados a conseguir algún puesto en el comercio o alguna otra rama de la informalidad que abarca el 70 por ciento de la economía nacional.

El informe sólo contempla las once universidades públicas del país, de las que cada año se gradúan alrededor de cuatro mil jóvenes. Si se toma en cuenta el número de egresados de las instituciones privadas, los organismos técnicos y otras entidades educativas el número podría llegar a ser abismalmente superior.

Inicialmente, el problema se encuentra al interior de las universidades, cuyo modelo educativo no coincide con las necesidades del país, que a su vez tampoco tiene una estructura productiva que permita a las instituciones formativas orientarse sobre el perfil de profesional que requiere el mercado y las ramas de mayor demanda.

El otro factor negativo es la calidad de la formación. Las universidades siguen produciendo profesionales que son capaces de repetir conceptos, reproducir esquemas y memorizar teorías, pero todavía estamos muy lejos de poner al servicio de la sociedad, recursos humanos competentes, con suficiencia para iniciarse exitosamente en el mercado laboral. Las empresas son en definitiva las encargadas de terminar de hacer el trabajo formativo, que a veces toma varios años y muchos costos adicionales. Por eso es que las instituciones productivas casi siempre se inclinan por el personal experimentado.

El mercado también aporta su cuota de responsabilidad en este problema. Como decíamos, la economía informal no es apta para absorber la cantidad de profesionales que se gradúan en el país y para colmo, la informalidad tiende a crecer en Bolivia, dado que el régimen político castiga a las empresas formalmente establecidas y favorece con fines electoralistas a los emprendimientos que no pagan impuestos, que se benefician del contrabando y que desde el punto de vista del empleo son absolutamente inseguras e inestables, sin las posibilidades de abrirles las puertas a los profesionales. A esto debe sumarse la escasa oferta de la educación técnica, una opción que estaría más de acuerdo con la realidad nacional.

El mercado laboral boliviano tampoco es la mejor salida de formación para los jóvenes, pues la estructura productiva nacional es de baja incidencia tecnológica, muy poco innovadora y con sistemas rudimentarios de trabajo, lo que demanda una mano de obra de baja calificación. Según el INE, apenas el 8,17 por ciento de los que trabajan en Bolivia son profesionales, mientras que de acuerdo al CEDLA, el 61 por ciento de los jóvenes bolivianos están ocupados en sectores informales, sobre todo en el comercio; el 17 por ciento en producción y el 22 por ciento en otras ramas.

Tomado de eldia.com.bo

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