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¿Quién lidera Europa?

ÁLVARO VARGAS LLOSA 

Liderar a 28 países es asunto sencillo. Pero nadie puede ignorar que la crisis de Ucrania ha desnudado, una vez más, el problema identitario central de la UE: que, siendo una, es muchas. En los últimos seis años, por ejemplo, las cuestiones relativas a la crisis financiera, desde el rescate griego hasta la política monetaria del Banco Central Europeo, pasando por la discusión sobre una mayor centralización de la gestión fiscal o la supervisión bancaria, han expuesto la penuria de liderazgo.

Ahora, Putin ha vuelto a desvelar esta pudenda verdad. La respuesta a la pregunta del título es que quien conduce hasta cierto punto a Europa es Estados Unidos (cuya autoridad, por lo demás, ha disminuido). Las sanciones tímidas contra Rusia por la anexión de Crimea -congelamiento de activos y negación de visados a ciertos personajes- han sido impulsadas por Washington y sus aliados de la “nueva Europa”, léase los países de Europa Central, según la provocadora clasificación que hizo Donald Rumsfeld en su día.

Sugiero reducir el problema a tres aspectos. El medular es que Alemania, la gran potencia, quiere liderar a Alemania, no a Europa. Su liderazgo se limita a tratar de prevenir ciertos excesos de sus vecinos en las instituciones comunitarias y a hacer lo mínimo para cumplir con sus obligaciones. Un segundo aspecto es que Francia vive un debilitamiento político y económico que le resta fuerza para dirigir a terceros. Puede organizar aventuras militares en las repúblicas africanas de la “Francofonía”, pero no más que eso. Por último, la autoridad del Reino Unido está muy limitada, porque su relación con la Unión Europa es ambigua: quiere y no quiere estar.

Existe la tentación de achacar la debilidad de la voz alemana frente a lo hecho por Putin a intereses comerciales. Creo que es un error. No niego la amplitud de esas relaciones: el intercambio asciende a más de 100 mil millones de dólares al año y hay unas seis mil empresas alemanas registradas en Rusia que han invertido más de 20 mil millones de dólares en años recientes. Alemania depende de Rusia para sus suministros de energía, a cambio de los cuales envía de todo un poco, incluyendo los químicos que usan los rusos para refinar crudo. Pero esto no basta como explicación.

Alemania no tiene una política exterior: la está inventando o, mejor dicho, reinventando. A ello se refería, sin decirlo así, el ministro Frank-Walter Steinmeier a inicios de año, cuando anunció que su país será “más activo” en el futuro. La tendencia hacia una mayor proyección lleva unos años y tiende a acentuarse, pero no equivale aún a una política exterior. Ese vacío -tratándose de la gran potencia europea- contribuye al desorden de voces europeas cada vez que hay que tomar una decisión.

Ahora, Putin ha sembrado la discordia entre los europeos. Alemania se opone a cualquier cosa que vaya más allá de lo ya realizado. Italia, que depende del suministro ruso de hidrocarburos para la tercera parte de su consumo de energía, ni siquiera quería estas tímidas sanciones. Polonia, cuya dependencia es aun mayor (importa de Rusia todo su petróleo), ha pedido medidas mucho más duras y advertido, por medio del primer ministro Donald Tusk, que “sólo la solidaridad euroatlántica” permitirá reaccionar con contundencia frente a la estrategia “expansiva” de Moscú. El Reino Unido quiere apretar un poco más las tuercas, pero no tanto como los centroeuropeos (teme el efecto en la City de una disminución de capitales rusos); propone, más bien, centrar todos los esfuerzos en acabar con la dependencia de Europa en relación con el gas natural de Rusia en 25 años.

La ausencia de liderazgo europeo frente a Putin tiene antecedentes. Ya en 2006 y 2009 Moscú castigó, a partir de una disputa con Ucrania, a todos los europeos que importan gas natural, reduciendo considerablemente la presión del suministro. Para no hablar de la intervención militar rusa en Georgia en 2008. Cuando ese mismo año George W. Bush propuso que la Otan iniciara el proceso de incorporación de Ucrania y Georgia a la Alianza Atlántica, Francia y Alemania se opusieron. Lo hicieron por la misma debilidad que hoy exhiben frente a un Putin considerablemente más vulnerable de lo que se piensa.

Lo que está en juego no es académico. Es legítima la discusión -que por ejemplo está viva en Estados Unidos- sobre si uno debe inmiscuirse en asuntos de terceros y llevar la política exterior más allá de las relaciones comerciales y culturales. El problema es que, violando un acuerdo del que su país es signatario junto a Washington y Londres para preservar la integridad de Ucrania, Putin se ha engullido una porción de ese país eslavo en las narices de Europa. Si frente a eso no hay liderazgo, ¿frente a qué podría haberlo?

De allí que tenga que ser Estados Unidos, a pesar de la reticencia íntima de Obama a complicarse la vida en el exterior, quien haga algo y pida a los demás hacerlo también. En este caso, aumentar las sanciones y llevar a cabo con renovado énfasis los ejercicios militares con participación de Ucrania previstos para el verano -Rapid Trident 2014- cerca de la frontera polaca.

Nada de esto hará que Putin abandone Crimea. Pero de lo que se trata es de otra cosa: en un mundo donde hay un constante forcejeo entre los valores de la civilización expresados en la democracia liberal, el comercio y las relaciones pacíficas entre países, quienes encarnan esos valores no pueden hacer abdicación de una cierta responsabilidad sin que esos mismos valores se deterioren seriamente. Si no, ¿de qué sirve la noción de “Derecho internacional”?

Tomado de eldiarioexterior.com 

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