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Otra vez Iraq

soldadosiraqÁLVARO VARGAS LLOSA

Once años después de la ocupación estadounidense, Irak vuelve a sumir a Estados Unidos y sus aliados en una crisis muy grave.

El avance contundente y repentino de los islamistas sunitas agrupados en el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) en el norte y el oeste del país ha dejado al gobierno shiíta de Nouri al-Maliki, respaldado hasta ahora por los líderes de Occidente, en situación extremadamente precaria. Los shiítas, desconcertados al principio, han reaccionado ahora y todo apunta a una guerra civil sectaria con vasos comunicantes con Siria e Irán y, más ampliamente, toda la región del Medio Oriente.

En realidad, a juzgar por el debate que se ha abierto en Estados Unidos, los vasos comunicantes también llegan hasta el otro lado del Atlántico: en su hora más baja, Barack Obama, que se opuso en su día tenazmente a la ocupación de Irak, se ve ante la presión de tener que intervenir militarmente para impedir el regreso de los sunitas al poder once años después del derrocamiento de Hussein o abstenerse y correr el riesgo de que la guerra sectaria amplifique de forma exponencial la violencia y la inestabilidad que ya se vive en aquella zona, recomponiendo quizá el mapa estratégico (por ejemplo, si los sunitas derrocan al régimen de Maliki y luego derrocan al de Assad en Siria o, en el caso diametralmente opuesto, si Irán acaba involucrándose para sostener a un gobierno shiíta excluyente en Irak y refuerza a Assad en Siria de forma irreversible).

Da una idea de lo complejo de la trama el hecho de que Washington y las capitales europeas tienen cada vez menos fe en al-Maliki, el supuesto símbolo de las consecuencias benéficas, es decir democráticas, de la ocupación de 2003. Reelecto recientemente por haber obtenido su partido la primera minoría en los comicios generales (una cuarta parte de la representación parlamentaria), al-Maliki, o eso se suponía, era producto de un evolución institucional relativamente aceptable y prueba de que, retiradas las tropas estadounidenses desde fines de 2011, el país podía manejarse con arreglo a una democracia mínimamente funcional.

Aunque pertenece a la mayoría shiíta, Maliki simbolizaba, en principio, la inclusión de las otras Corrientes importantes, es decir la sunita y la kurda. Y esto, siempre en el terreno de la suposición, servía de propaganda a los partidarios de la ocupación de 2003, es decir los republicanos, pero también a los demócratas que se opusieron a aquella intervención militar porque implicaba que el calendario de retirada de las tropas había sido prudente.

Todo era, claro, ficción pura: el desarrollo de las últimas dos semanas ha hecho estallar por los aires esos supuestos y expuesto la realidad con todas sus desagradables vísceras. Las consecuencias de la ocupación no son hoy la democracia y la estabilidad sino un régimen crecientemente autoritario y excluyente, sólo que esta vez shiíta en vez de sunita. También, unas divisiones sectarias que no permiten estabilidad e involucran a potencias regionales con conexiones con las distintas corrientes. Pero, asimismo, queda en grave entredicho la decisión de retirar a las tropas a fines de 2011, pues es evidente que no estaban las cosas bien atadas desde el punto de vista institucional y que no se podía confiar en que Maliki se comportara como esperaban de él los ex ocupantes. Esta doble contradictoria lectura es la que ha reabierto en Estados Unidos, en un muy mal momento, el amargo y enconado debate sobre la política exterior de cara a Irak.

Encabezados por Dick Cheney, el ex Vicepresidente que fue el hombre clave de la Administración Bush en esta materia, los “halcones” han acusado a Obama de haber provocado el desmadejamiento del ovillo y haber descuidado gravemente una situación que pudo haberse prevenido. Advierten el riesgo de que Irak pase a ser una base de al Qaeda para planificar atentados contra Estados Unidos. En el Wall Street Journal, Cheney y su hija Liz publicaron el jueves un artículo que empezaba con este misil: “Rara vez un gobierno de los Estados Unidos se ha equivocado más sobre tantas cosas a expensas de tantos”.

Otros nombres emblemáticos de la ocupación, como Paul Bremmer, el primer administrador civil que tuvo Irak tras la operación interventora de 2003, y Paul Wolfowitz, ideólogo de la “guerra preventiva”, el esquema de política exterior que sirvió para justificar el uso de la fuerza, han aprovechado la ocasión para golpear a Obama sabiendo bien que el mandatario está en sus horas más bajas y que su manejo de los problemas internacionales está siendo duramente cuestionado.

Los demócratas, a su turno, se dividen entre aquellos que apoyaron en un primer momento la intervención y quienes desde el inicio mostraron su rechazo frontal. Son sobre todo estos últimos los que han salido a defender a Obama, pues los primeros tienen una autoridad bastante resquebrajada en este caso. Entre ellos se encuentran nada menos que John Kerry, el Secretario de Estado, que votó por la ocupación en 2003 en el Senado, y la propia Hillary Clinton, favorita para hacerse con la nominación de su partido como candidata a la Presidencia (que también votó por la guerra siendo senadora).

Obama, como suele ser costumbre en él, ha optado por sopesar con cuidado los riesgos, de allí su renuencia a bombardear a las milicias de EIIL, como se lo han pedido distintos sectores. El mandatario teme verse envuelto en una guerra sectaria que, como dijo David Petraeus, el ex comandante de las fuerzas multinacionales en Irak, “convierta a este país en la fuerza aérea de un grupo sectario”, en este caso del grupo shiíta al servicio de Maliki. El Primer Ministro iraquí pretende que Estados Unidos le dé cobertura aérea para debilitar a las fuerzas insurgentes con miras a consolidar su régimen, no a establecer un ambiente plural, de convivencia pacífica e instituciones democráticas.

La razón de la reticencia norteamericana es doble: no sólo es consciente Obama del riesgo de verse envuelto en un conflicto del que no habrá cómo salir antes de muchos años a un alto costo, sino que, además, entiende muy bien la naturaleza del gobierno de Maliki, una dictadura sectaria. Hillary Clinton lo dijo esta semana con claridad al calificar a ese gobierno de “disfuncional, no representativo y autoritario”.

Otro factor que gravita en contra de una intervención directa es el conjunto de regímenes sunitas frontalmente enemistados con el shiísmo en la zona, empezando por Arabia Saudita. Aunque Riad es adversaria del sunismo radical de al Qaeda y por tanto en teoría de EIIL, tiene mucho que ganar si el enemigo shiíta está bajo amenaza. Con un Maliki empujado contra la pared, será mucho más difícil para Irak actuar en alianza con Irán para apoyar al régimen de Siria. Las dictaduras sunitas no hacen una distinción entre gobiernos más o menos democráticos y gobiernos autoritarios sino entre sunitas y shiítas.

Para intervenir, convendría a Obama el respaldo de Turquía: las bases de ese país serían las más útiles para la operación. Sin embargo, el Primer Ministro, Recep Tayyip Erdogan, ha señalado que está en contra de un bombardeo. En su caso también hay una preferencia sectaria contra los shiítas pero, además, está haciendo política interna: sus compatriotas están conmocionados porque 49 turcos fueron secuestrados por EIIL hace pocos días en Mosul. Un bombardeo podría poner en riesgo sus vidas directamente o como producto de una represalia.

Si Estados Unidos decide actuar aun en contra de la opinión de los países de la zona, ya dispone para ello de un portaaviones, un destructor y otros buques en el Golfo Pérsico. Está en condiciones de lanzar misiles Tomahawk desde el mar o de enviar aviones tanto tripulados como no tripulados. Pero la operación no tiene nada de sencilla por las razones que explicó el Jefe del Estado Mayor Conjunto, Martin Dempsey: no hay suficiente inteligencia para apuntar a un blanco enemigo. El riesgo de que se acabe bombardeando a fuerzas amigas o a la población civil es muy grande. Los yihadistas de EIIL están camuflados entre la población de las ciudades que han tomado y se movilizan en camiones pick-up. Como Estados Unidos no ha hecho un seguimiento detallado a EIIL al interior de Irak, no cuenta con suficiente información.

Una forma en que Obama se protege del riesgo político que esta situación supone para él es la coordinación con el Congreso. Se ha reunido con los líderes de su partido, pero también con el líder de la minoría republicana en el Senado y el Presidente de la Cámara de Representantes (también de oposición). Con una popularidad en picada (41%. según la NBC, porcentaje que en Estados Unidos se considera calamitoso) y con cifras que lo sitúan muy por debajo incluso de George W. Bush en cuanto a cualidades como “competencia” y “liderazgo”, lo último que necesita Obama es un fiasco en Irak. Especialmente si, como es su caso, debe su Presidencia en cierta forma a la impugnación de la política de Bush en Irak.

El fiasco no sólo puede darse por el hecho de acabar sometido a las luchas sectarias iraquíes sino también por tener que recostarse en el enemigo, incluyendo Irán. Siendo los shiítas los interesados en sostener a Maliki, no extraña que el gobierno iraní haya sido el primero en ofrecer a Estados Unidos apoyo para bombardear al país vecino. Y como de estos giros están hechas la política y la diplomacia, Estados Unidos ha tenido que admitir que tuvo un contacto con Teherán al inicio de la crisis para cambiar ideas. Luego, ante las críticas, no ha retomado contacto pero el episodio ilustra la ausencia de buenas opciones. Un bombardeo que contara con respaldo de Irán tendría como beneficiario tácito a Assad en Siria: no sólo es aliado de Irán y de Maliki sino que justifica su régimen ahora con el argumento de que está combatiendo al yihadismo vinculado a al Qaeda. De hecho el Estado Islámico de Irak y el Levante ya tiene en Siria una presencia importante. Tan importante que una razón clave para la reciente toma de Tal Afar en Irak por parte de ese grupo islamista ha sido su conexión directa con localidades sirias que ya controla, lo que le sirve para el envío de suministros.

Obama sabe que toda intervención tiene un precio impredecible. Incluso las que se realizan con prudencia, como sucedió en Libia, donde Washington solo proveyó ayuda aérea. Hoy Libia es un campo de Agramante y las distintas facciones han exportado armas y terroristas a Africa del Norte y Africa subsahariana. De allí que la Casa Blanca se resista a toda la presión para “hacer algo”. Pero lo último que quiere Obama es ser recordado como el líder bajo el cual la “Primavera Arabe” que tanto prometía acabó convirtiéndose en un infierno sectario en el que las opciones se reducen a escoger entre el shiísmo sometido a Irán y el sunismo interpretado por al Qaeda.

Tomado de eldiarioexterior.com

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