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Vieja receta en un mundo nuevo

EDUARDO BOWLES

De acuerdo a lo que se desprende de los discursos, análisis y proyecciones que hace el Gobierno nacional, la receta seguirá siendo la misma para el país, es decir, más extractivismo, más desarrollismo, más estatismo, más economía primaria dirigida hacia la exportación y, en el plano social, simplemente paliativos a través de bonos y subsidios.

Vender energía para que la use y la aproveche otro parece ser la eterna vocación de nuestro país. Los más optimistas creen que eso está bien porque “algo nos va a tocar a los bolivianos” (en la Constitución dice que somos prioritarios), pero con lo de la fábrica de cemento de Potosí ha quedado demostrado que llevarle gas a los nuestros “resulta demasiado caro”, “es poco rentable”, “no hay buena relación costo-beneficio”. Es la única vez que nuestros gobernantes socialistas se vuelven capitalistas recalcitrantes, incluso en el discurso, porque en realidad siempre han sido tan mercantilistas como los fenicios.

Ahora queremos vender electricidad “porque vamos a ganar más”. Vamos a destruir los ríos, las selvas y todas las riquezas naturales a cambio de un puñado de dólares que, tal como se ha visto, se pueden esfumar sin dejar rastro alguno. La vieja receta nos dice que las grandes obras de infraestructura como carreteras o las plantas de energía son capaces de generar desarrollo por sí mismas, pero en los tiempos de hoy, cuando las ideas y la innovación son más importantes que las máquinas e incluso que el capital, no se va a conseguir absolutamente nada diferente si no nos enfocamos en los recursos humanos, el aspecto más descuidado del país.

La bonanza de los precios de las materias primas, las peleas políticas y los conflictos por la repartija de los ingresos públicos (esos que no los sembró nadie más que la naturaleza) nos han dejado ciegos. No nos han permitido ver que en estos años se ha dado un hecho histórico que ha sido reflejado en los datos del Censo de 2012. Por primera vez en la vida del país, la cantidad de personas en edad de trabajar supera el 50 por ciento, algo que muchos países desarrollados envidiarían pues la tendencia mundial es el envejecimiento poblacional, algo que más temprano que tarde ocasionará graves dificultades.

El hecho es que tenemos gente joven pero la estamos desperdiciando de manera criminal, aspecto reflejado en las estadísticas. El desempleo juvenil es del 25 por ciento y en algunas regiones alcanza el 40 por ciento; más de dos tercios de los trabajos son precarios y lo peor de todo es que el mercado laboral no exige ningún tipo de capacitación; nuestros adolescentes no tienen horizontes, casi la mitad deja el colegio y para muchos la única esperanza que les queda es emigrar.

Está claro que el Gobierno hace política con la educación y con la salud, pero no hay políticas públicas en estos campos dirigidas hacia la búsqueda de la calidad. Esta es la mejor manera de condenar nuestro capital humano al fracaso. Mientras que los países desarrollados, aquellos que triunfaron en la era agraria y en la revolución industrial, están apostando ahora a la sociedad del conocimiento, a la ciencia y a la explosión de las ideas, nosotros nos damos el lujo no sólo de seguir destruyendo nuestra casa, sino que también aniquilamos el futuro de la gente, reducida a los mendigos de un sistema populista que esclaviza con sus prebendas y migajas.

eldia.com.bo

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