Buscar en nuestras publicaciones:

Los vericuetos de la petropolítica

petrolera-400x300ÁLVARO VARGAS LLOSA

La caída del precio del barril de petróleo ha desatado el pánico por las consecuencias que pueda traer a las grandes empresas petrolíferas y a países productores ya que sus ingresos descenderán considerablemente.

La caída en picado del precio del petróleo tendría que ser una gran noticia. La reducción de los precios del crudo empuja la reducción de los costos de medio mundo: al abaratar la energía, ella hace menos oneroso tanto producir como transportar toda clase de bienes. Sin embargo, se ha desatado un pánico universal a propósito de la caída del Brent y el WTI por debajo de los 30 dólares. Un pandemónium digno del famoso libro de Charles Mackay, “Extraordinary Popular Dilusions and the Madness of Crowds”, sobre las burbujas y los delirios que las acompañan en la euforia inicial y el desastre posterior. Entre otras cosas, esto ha gatillado un fuerte desplome de las Bolsas alrededor del globo.

El dominó de consecuencias políticas, algunas involuntarias y otras fríamente calculadas o al menos aprovechadas, tiene innumerables fichas. Pero antes de glosar algunas, quizá sea razonable ver qué está pasando realmente y por qué.

No hay una conspiración (desgraciadamente para las mentes afiebradas). La verdad es más pedestre: hay abundancia. Eso quiere decir que algo menos de 2 millones de barriles diarios de producción “sobran” en el mercado y por tanto han desajustado la oferta y la demanda que nos tenían acostumbrados a pensar el futuro en función de los 100 dólares el barril. Nadie que haya estado despierto en los últimos años ignora que la revolución tecnológica del “fracking”, especialmente en Estados Unidos, ha sido gran responsable del aumento de la producción y de las previsiones de una abundancia futura. Si a esto le añadimos el factor “Irán”, es decir el anuncio, esta semana, de que se han levantado las sanciones que pesaban sobre Teherán en castigo por su programa nuclear, se entiende que las expectativas hayan “empeorado”, es decir que se prevea una oferta aun mayor.

¿Cuánto mayor? El Presidente iraní, Hassan Rouhani, un tipo aparentemente sereno en el fanatizado régimen teocrático de ese país, dice que es capaz de colocar medio millón de barriles diarios adicionales en el mercado. Pero los occidentales que conocen bien la capacidad iraní y el mercado de crudo afirman que no serán más de 350 mil barriles por ahora. Aun así, hablamos de una oferta ampliada y, a mediano plazo, con la previsible mejora de la industria petrolera de Irán sin la presión política occidental, quizá la cifra sea superior a esa.

Es tanto el petróleo, que hay cargueros dando vueltas por ahí sin atracar en puerto alguno porque no hay dónde demonios desembarcar los contenidos. Los almacenes están llenos en tierra y, aunque los hay también flotantes, no queda mucho espacio allí tampoco; el que queda, es un problema más que una solución: para que sea rentable almacenar el petróleo en el mar, tiene que haber un “spread” entre el precio del crudo de hoy y el que se espera en el futuro (este último debe, obviamente, ser mayor). Sin embargo, en esta situación las previsiones de un precio mayor son ilusas, o al menos así lo indican los mercados de futuros. Por tanto, todo ese petróleo que se pasea por los mares en cargueros gigantes no tiene destino inmediato. Así de abundante es la malvada abundancia petrolera de estos días (hace años el mundo andaba angustiado porque se estaba acabando el oro negro…).

Se calcula que unos 100 millones de barriles están retenidos de esta forma, a la espera de hospitalidad portuaria. Son tantos, que no es previsible una modificación al alza en lo inmediato.

Las consecuencias económicas, antesala de las políticas, deberían ser evidentes. Mientras que los consumidores se benefician del petróleo a 28 dólares, los productores y los gobiernos que dependen de él para sus ingresos se perjudican. Arabia Saudita, principal productor de la OPEP, por ejemplo, tuvo un déficit de 15% del PIB el año pasado que lo obligó a pedir mucho dinero prestado.

Para Venezuela y Rusia, que llevan un año tratando presionando a la OPEP para que reduzca la producción y así provoque un aumento del precio, las consecuencias económicas son fáciles de medir: un crecimiento negativo de proporciones serias. Las de Venezuela son casi surrealistas.

En general, varios países, democracias y dictaduras, se están viendo perjudicados. Desde Noruega hasta Canadá, México y Ecuador, por ejemplo. Pero, para efectos internacionales, importa aun más Estados Unidos. Las compañías petroleras grandes han tenido que congelar casi 400 mil millones de dólares en inversiones de capital; en la Bolsa han cedido en el último año y medio unos 3 billones (trillones en inglés) de dólares. Si se tiene en cuenta, asimismo, que las empresas de “fracking”, por lo general pequeñas y medianas, están quebrando a un ritmo acelerado porque no pueden cubrir sus costos, se tiene una idea aproximada del batacazo.

Ahí no para la cosa. Muchas empresas energéticas emitieron deuda: las buenas y las malas. Por tanto un porcentaje alto, más de la cuarta parte, de la deuda de pobre calidad (“high yield”) tiene que ver con la industria energética. ¿Por qué importa esto? Porque ese mercado de deuda está entrando en crisis debido a las suspensiones de pago o quiebras de los emisores. La posibilidad de contagio al mercado de deuda en general no es menor; en todo caso, el acceso al crédito sufre dificultades adicionales. Por si fuese poco, los bancos tienen activos cuantiosos vinculados a la industria energética. El Bank of America tiene unos 21 mil millones de dólares. Ellos dicen que eso es sólo el 2 por ciento de sus préstamos relacionados con el sector energético. Pero son cifras considerables que, sumadas a las de muchos otros bancos, están provocando una onda expansiva psicológica importante. Ya se sabe: la psicología lo es casi todo en tiempos de pánico.

No pretendo alarmar a ningún lector innecesariamente. Hay mucho de exageración en la reacción mundial que estamos viendo. Una exageración, por lo demás, que guarda vinculación con China, al que el mundo cree en estado de crisis terminal o poco menos, cuando lo que allí sucede tiene que ver con un cambio de modelo, un regreso a la normalidad en términos de la demanda de commodities, incluido el petróleo, y algunos desajustes financieros que no son mucho mayores que los de otros países. Pero la suma de todo, los vasos comunicantes, llevan a los actores financieros en todas partes a contagiarse unos de otros.

Las consecuencias políticas son importantes. En Estados Unidos, si el mercado de crédito entra en crisis, el efecto podría ser para los demócratas y el gobierno de Obama similar al que fue para los republicanos en tiempos de George W. Bush la de 2008, en plena campaña electoral. Por mucho que Hillary Clinton se distanciara de Obama, y no puede distanciarse demasiado en ningún caso, la ventaja para su rival, Donald Trump o quien fuera, sería mayúscula. Se empieza a sentir temor en filas oficialistas.

En América Latina, el efecto de la caída del crudo, si ese efecto pudiera aislarse de otros, implica en principio buenas noticias para países compradores y pésimas para los vendedores. Ya lo estamos viendo en la abracadabrante Venezuela y en Ecuador, donde Correa patalea desde hace meses para evitar una erosión política mayor de la ocurrida. Esta situación también zahiere a Colombia muy directamente en plenas negociaciones con los narcoterroristas de las FARC, lo que no refuerza precisamente la posición del Estado y las instituciones de cara a ese eventual acuerdo. O a México, que precisamente en el momento en que abría el mercado petrolero a la inversión privada después de muchas décadas, ha visto su industria golpeada por estos precios.

Pero resulta que muchos factores están concatenados entre sí, de manera que los países latinoamericanos que en principio son beneficiarios del bajo costo de la energía están viendo “compensadas” las buenas noticias por el miedo a que en este ambiente la capacidad de compra de sus interlocutores comerciales se vea aun más mermada, así como la capacidad de inversión de quienes alojan sus capitales en esta región.

Que hayan salido de China en el mes de diciembre casi 150 mil millones de dólares o las reservas cayeran en unos 500 mil millones de dólares durante todo el año pasado, no ayuda a devolver serenidad a las expectativas sobre ese país. Por tanto el factor psicológico tampoco ayuda a sostener los precios de ciertos commodities como el cobre, de por sí golpeados por el desajuste entre la oferta y la demanda (si tenemos como referencia los precios del “boom”). Mala noticia para Chile y Perú, que ven así compensado el efecto beneficioso de la bajada de los costos energéticos, por ejemplo. En plena campaña electoral peruana, evidentemente esto no beneficia a la candidatura del gobierno y a la lista parlamentaria del partido oficialista, algo que compromete la posición de Humala y su mujer, a quienes les lloverán seguramente denuncias una vez que dejen el poder en julio. Tampoco le hace bien al atribulado Alejandro Toledo, que está en en el sexto lugar en las preferencias y podría verse aun más relegado si la percepción de que fue aliado del oficialismo se convierte en un factor que los votantes toman en cuenta.

En Chile, a quien menos convienen estos efectos compensatorios es al gobierno de la Presidenta Bachelet. Lo afectarían en circunstancias normales, pero en un contexto de iniciativas reformistas muy controversiales no le ofrece un escenario cómodo ni mucho menos.

Aun más importante para la política internacional que todo esto, es la dinámica política derivada de los precios del crudo en el Medio Oriente. Arabia Saudita e Irán están enfrentados acérrimamente porque ambos quieren mandar en la zona del Golfo Pérsico (además de que uno representa a los sunitas y el otro a los chiítas). El levantamiento de las sanciones a Irán refuerza a Teherán en el intento por recuperar posiciones perdidas. La reducción del precio del crudo provocada por el aumento de la oferta iraní puede llevar a Arabia a ver su posición debilitada. Hasta ahora, los sauditas, por tener los costos de producción más bajos, habían resistido las presiones de Rusia y Venezuela para recortar producción y así elevar los precios. En esta coyuntura, Riad pretende quebrar a las empresas de “fracking” y menoscabar a productores con más altos costos para ganar cuotas de mercado. Pero si el precio sigue cayendo, Riad, que ya está pagando un costo económico y político alto pues para tener adormecida a su población descontenta gasta mucho en subsidios, puede verse en agobiantes aprietos.

No interesa a Washington, que ha visto con buenos ojos la decisión de los sauditas de no provocar un aumento de los precios y así erosionar a Venezuela y Rusia, que su gran aliado en el Golfo entre en crisis. Ello reforzaría a Vladimir Putin en Siria, por ejemplo, donde actúa en alianza tácita con Irán.

Ello, a pesar de que los precios están, como queda dicho, dañando a empresas energéticas estadounidenses que son parte importante del tejido industrial petrolero. Pero la política es la política.

Tomado de eldiarioexterior.com 

Búscanos en el Facebook