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Bienvenido al neoliberalismo

EDUARDO BOWLES 

El presidente argentino está dedicado a organizar cumbres, reuniones y seminarios para promover las inversiones en su país. La crisis azota con fuerza y los capitales no se atreven a pisar suelo rioplatense porque todavía están con el trauma que les dejó la ola populista de 12 años de la pareja Kirchner-Fernández. El venezolano Nicolás Maduro no podría hacer lo mismo porque sería incurrir en humor negro y aquel señor ni siquiera sirve para hacer chistes. Al nuevo gobierno brasileño le falta mucho para convencer y en Bolivia los datos hablan por sí mismos: una caída del 73 por ciento en la inversión extranjera directa durante el primer trimestre del 2016. Y la tendencia es a empeorar, pese a los grandes esfuerzos de propaganda que han hecho las autoridades en los últimos años.

A finales de los años '80 la región vivió una fuerte crisis y al iniciar la nueva década los organismos financieros internacionales idearon un conjunto de diez fórmulas para ayudar a los países subdesarrollados a salir del atolladero. Ese paquete fue denominado “Consenso de Washington” y la izquierda se apresuró a tildarlo como “neoliberalismo” y satanizarlo como un avance del imperio capitalista para extender y profundizar sus dominios.

Las recetas eran tan racionales como: disciplina fiscal, reducción de los subsidios y aumento de inversión, ampliación de la base tributaria, tipos de cambio competitivos, promoción de las inversiones extranjeras, mejor supervisión de las entidades financieras, seguridad jurídica sobre los derechos de propiedad y disminución de las trabas para invertir y emprender nuevos negocios.

A los socialistas y estatistas no les gustó que también se recomendara la promoción del libre comercio y la privatización de las empresas públicas, aspectos que costaron mucho trabajo, puesto que la tradición intervencionista latinoamericana causaba terror entre los inversionistas y algunos gobernantes tuvieron que vender a precio de gallina muerta y aún así, solo se atrevieron a venir los oportunistas como Enron o la Vasp. Las empresas serias no se atrevieron porque sabían (y cuánta razón tuvieron) de que pisar estas tierras era muy arriesgado.

Las dos grandes petroleras que se “salvaron” del capital fueron la mexicana Pemex y la brasileña Petrobras. En el primer caso, el Gobierno de Enrique Peña Nieto ha tenido que aplicar una profunda reforma para atraer inversiones en el sector hidrocarburos y pese a todos los esfuerzos, el interés ha sido insuficiente. En el caso de Brasil, la “joya de la corona” ha sido reducida a un harapo y será misión imposible restaurarla. Así lo ha considerado el nuevo gobierno de Michel Temer y se propone abrir la industria a la incursión extranjera, tal como lo está haciendo Bolivia con grandes ventajas para los valientes que arriesguen sus billetes.

En conclusión, el continente se prepara para una nueva incursión “neoliberal” y tal como sucedió en los años '90, será una penetración inducida por una crisis que ha sido provocada por gobernantes que no han dejado de despotricar todos estos años contra el odiado neoliberalismo.

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