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Venezuela, después de Chávez

ÁLVARO VARGAS LLOSA

La dictadura venezolana ha pretendido convertir el cuarto aniversario de la muerte de Hugo Chávez (sí, cuatro años ya) en una experiencia mística, que es la forma en que regímenes de esa naturaleza renuevan su oxígeno político, o al menos lo intentan, para garantizarse la eternidad.

Lo primero que a uno lo asalta ante esta efeméride es la comprobación de que el chavismo ha sido capaz de sobrevivir más de lo que nadie que no fuera un fanático anticipaba. Si nos situamos en 2013, nada parecía garantizar que Nicolás Maduro, un hombre muy gris en comparación con el difunto y con una legitimidad que le venía mucho más de La Habana que del propio chavismo (a pesar de que Chávez lo había nombrado a dedo), sería capaz de sobrevivir en el poder. Todo apuntaba al desfondamiento del régimen -a corto o mediano plazo- ante la ausencia de esa “argamasa” del chavismo que era el comandante que había colocado a su país bajo un sistema populista autoritario y lo había enfeudado en gran medida al dictado de Cuba.

Se conjeturaba (¿lo recuerdan?) que Diosdado Cabello, quien controlaba la Asamblea Nacional y como militar tenía predicamento en los cuarteles, desencadenaría una lucha por el poder, amparándose en que la asunción de Maduro violaba -y es verdad que lo hacía- las propias normas sucesorias de la Constitución chavista. Además, el hartazgo y la desesperación de millones de venezolanos ya impregnaban el aire; la comunidad internacional empezaba a tomar clara distancia del chavismo, al que había tolerado todos sus abusos y legicidios durante muchos años. El chavismo sin Chávez no podía durar mucho tiempo. Pero no, no fue así como se desenvolvió la historia (que por lo demás rara vez se desenvuelve como se predice: el historiador es un profeta al revés, decía Federico Schlegel, el escritor alemán del periodo romántico: pudo haber dicho, más bien, que la profecía es la historia que sale al revés). ¿Por qué fue capaz Maduro de sobrevivir?

El factor determinante fue la naturaleza misma del régimen. Su estructura, que debe mucho al diseño cubano, puede parecer desde afuera hechiza y precaria, tercermundista a más no poder. En muchos sentidos, lo es. Pero hay una viga muy férrea que la sostiene: el control de la vida militar que el chavismo ha sido capaz de lograr. El sistema de soplonería e intimidación que responde al diseño cubano se ha visto reforzado gracias a ese elemento que sostiene a las mafias: la complicidad en el delito. La corrupción ha actuado como gran aglutinante de personajes que de otro modo estarían haciéndose la guerra entre ellos. Todos entienden que tienen un interés común en preservar una estructura de poder que es la única garantía de que no acabarán presos o incluso linchados. Es cierto: todo conspiraba contra la sostenibilidad del chavismo, incluso teniendo en cuenta la eficacia cubana para controlar a los militares y el interés común de los uniformados y los civiles en evitar que se viniera abajo todo el andamiaje. Entre otras cosas, el descalabro económico y el aislamiento internacional. Pero está comprobado que un país nunca toca fondo: siempre se puede estar peor. En cuanto a la falta de respaldo exterior, no es la primera vez que un gobierno sobrevive sin él. Pensemos en el ejemplo de Robert Mugabe, el carnicero de Zimbabue, a quien la orfandad mundial -y en su momento la hiperinflación- no ha impedido perpetuarse.

En estos cuatro años, dos momentos decisivos ayudaron a Maduro. Uno fue el casi seguro fraude electoral contra Henrique Capriles en abril de 2013, cuando la comunidad internacional amagó con un cierrapuertas que luego mudó en tolerancia ante Caracas. La victoria cuestionada de Maduro dio pie, no mucho tiempo después, a la movilización de los líderes más tenaces y envalentonados de la oposición, de los que el propio Capriles se distanció. Entre ellos estaba La Salida, esa sombrilla bajo la cual Leopoldo López, María Corina Machado y el alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, iniciaron una resistencia cívica a la que el gobierno respondió con violencia y represión. Decenas de muertos y varios presos políticos fueron un saldo triste pero también un arma eficaz para Maduro. Le permitieron ganar tiempo.

El segundo momento clave son los últimos meses de 2016, cuando la oposición trata de forzar un referéndum revocatorio que de acuerdo con la propia Constitución chavista era la única forma de sacar del poder a Maduro por la vía legal. Si Maduro sobrevivía a 2016, el gobierno tenía garantizada la continuidad, pues en caso de que fuera derrotado en un revocatorio ya no se convocaría a elecciones (como ocurriría si era revocado en 2016): más bien, el Vicepresidente asumiría el mando para cumplir el periodo. El chavismo, pues, tendría la doble seguridad de permanecer en el gobierno y presidir las elecciones presidenciales de 2018 desde el poder.

A pesar del amplio respaldo internacional y de millones de venezolanos que de múltiples formas (firmando, marchando, hablando por medio de encuestadoras serias) se pronunciaron, el revocatorio no fue posible. El gobierno, con la inverosímil participación de tres ex gobernantes democráticos -el español José Luis Rodríguez Zapatero, el dominicano Leonel Fernández y el panameño Martín Torrijos- y del Vaticano, convocó a la oposición a un “diálogo” que era una simple puesta en escena parecida a otras que se habían dado en el pasado. Lo que importaba era atontar a los líderes de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) para que perdieran la concentración y el rumbo. También, sembrar discordia entre los adversarios y romper esa unidad que les había dado buenos resultados anteriormente. Pasó lo que Maduro tenía previsto: una parte de la MUD se prestó a la farsa, gracias a lo cual murió 2016 y nació 2017, y el gobierno cruzó la frontera que le garantizaba la supervivencia. La operación provocó una enconada división en la oposición. Mientras tanto, Maduro siguió moviendo fichas en su ajedrez interno, nombrando Vicepresidente nada menos que a Tareck El Aissami, un personaje al que ningún gobernante querría tener cerca: figura en la lista de cómplices del narcotráfico en los Estados Unidos y está acusado de haber sido el facilitador de muchos envíos de droga desde Venezuela.

Mientras todo esto sucedía, las diversas manifestaciones del descontento ciudadano se multiplicaban. Tres cuartas partes de la población repudiaban al chavismo, según todas las encuestas serias. El agravamiento de las condiciones de vida contribuía a este divorcio entre la población y el chavismo. Caracas es ya la ciudad más violenta del mundo: 120 asesinatos por cada 100 mil habitantes. La inflación alcanza ya en términos anualizados cerca de 800% y la caída del PIB, que superó 8% el año pasado, probablemente llegue al 10% este año. Esto puede sonar demasiado estadístico, pero la realidad es el padecimiento del que se tiene noticia cada mañana por la escasez de alimentos y medicinas.

Para hacerse una idea de la magnitud del legado económico del chavismo, se puede leer, por ejemplo, el reciente informe de Miguel Angel Santos y Douglas Barrios, investigadores de Harvard, según el cual en los últimos cuatro años Venezuela perdió más del 25% (sí, la cuarta parte) de su PIB. Harían falta, creciendo al 2,3%, 25 años para que ese país volviera a tener el tamaño económico que tenía en 2012. Este descenso en el horror tiene un efecto político perverso. Al mismo tiempo que perjudica al gobierno, daña a la oposición, porque la ausencia de resultados políticos tangibles lleva a muchos ciudadanos a perder la fe en ella. No son pocas las encuestas que ya registran un descenso del nivel de aprobación de la oposición aun cuando sigue más de 10 puntos por encima de la del gobierno. Los venezolanos parecen exasperados por su incapacidad para traducir aquella épica victoria electoral de 2015 que le dio el control de la Asamblea Nacional en la salida del chavismo del poder.

El “diálogo”, que quedó en agua de borrajas, ha contribuido a hundir a muchos venezolanos en el escepticismo y el cinismo. Quizá no haya un enemigo peor para una oposición organizada que ese estado de ánimo. Que 82% de los venezolanos hoy viva en la pobreza tampoco ayuda: cuando la meta es sobrevivir, hay menos tiempo y menos ganas para hacer resistencia cívica.

La dictadura ha aprovechado esto para asestarle un golpe legal a la oposición, exigiendo que los partidos renueven su inscripción ante el Consejo Nacional Electoral si quieren participar en los comicios futuros. Unos comicios, por cierto, que dependen enteramente del capricho oficial. Por ejemplo, a finales de 2016 el gobierno suspendió indefinidamente las elecciones para gobernadores de los estados.

Las reglas -cambiantes, imprevisibles- hacen imposible que los más de 50 partidos existentes puedan renovar su inscripción, de manera que no es difícil concluir que está empezando a cocinarse el fraude de 2018. La MUD ha respondido diciendo que cualquier partido que se inscriba representará a toda la oposición en su conjunto, pero existe la posibilidad de que el gobierno no permita reinscribirse a ninguno de ellos o haga inscribir a algún testaferro con disfraz.

La oposición ha sido más eficaz cuando se ha enfrentado con resolución y unidad a la dictadura, y cuando la comunidad internacional ha criticado a Caracas. En lo inmediato, tardará un poco que la oposición recupere su unidad y sus bríos, pero ya hay síntomas de que, picada por la operación electoral del régimen contra ella, la MUD quiere recobrar su liderazgo. Capriles, entre tanto, ya habla de “dictadura” y “narcoestado” con un tono muy desafiante que recuerda al que emplean desde hace rato López (en la cárcel), Machado (libre con restricciones) y Ledezma (en arresto domiciliario). Pero en lo inmediato es el frente externo, el que puede dar algunos dolores de cabeza a Maduro y compañía.

El secretario general de la OEA, Luis Almagro, ha retomado el informe en el que a finales de 2016 puso en evidencia las razones por las que se hacía necesario invocar la Carta Democrática Interamericana contra Venezuela. Desde entonces varios gobiernos -Argentina, Brasil, Perú- han elevado su voz contra Caracas. En Washington, el Senado, con respaldo de la Casa Blanca, ha emitido una resolución dando un apoyo resuelto a Almagro y denunciando a Maduro.

Siempre es peligroso poner las esperanzas en la OEA (a pesar de que su actual secretario general actúa de forma impecable en esta controvertida materia), pero todo indica que en las semanas que vienen el frente externo estará movido. A la espera, claro, de que se ponga en movimiento también el otro frente, a la larga más importante: el de la resistencia cívica.

Tomado de eldiarioexterior.com 

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