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Grecia ante el abismo

ÁLVARO VARGAS LLOSA

Este domingo tendrán lugar las elecciones más importantes del mundo. Ocurrirán en el extremo sur de la península Balcánica, en un lugar improbable del que pende el destino inmediato de Europa y puede decirse, sólo con una pizca de hipérbole, de la humanidad: Grecia.

De lo que suceda o deje de suceder después de estos comicios dependerá que la depresión que atraviesa ese país -su PBI ha caído 25 por ciento en cuatro años y ya un tercio de la población es pobre- derive en el desmadejamiento del euro y el derrumbe de buena parte de los construcción europea. Si esto se diera, el impacto en el resto del mundo occidental sería inmediato y duradero: por lo pronto, Estados Unidos, cuya economía representa la cuarta parte del producto bruto mundial y se está desacelerando otra vez, se resentiría dramáticamente. Es posible que no sea exagerado decir que Barack Obama se juega la reelección en Grecia.

Las elecciones griegas de este domingo 17 de junio son, en realidad, una repetición de las del 6 de mayo, que pasmaron a Europa por el inesperado segundo lugar de la Coalición de Izquierda Radical (Syriza). El éxito de esta fuerza política, producto de la ira de los griegos contra los infinitos planes de austeridad aplicados desde 2009, sorprendió incluso a su líder, Alexis Tsipras, el joven y turbulento impugnador de las condiciones impuestas por Europa y el Fondo Monetario Internacional a Atenas, a cambio de los rescates financieros aprobados en mayo de 2010 y marzo de 2012. El triunfo insuficiente de los conservadores de Nueva Democracia y el relego de los socialistas del Pasok al tercer lugar, convirtieron a Syriza en la sensación y el terror de Europa. Tsipras, su jefe, impidió la formación de una mayoría parlamentaria y por tanto, de un nuevo gobierno, a las dos fuerzas tradicionales que respaldan las condiciones impuestas por la comunidad internacional. De allí las elecciones de este domingo.

Desde entonces hasta ahora, dos cosas han ocurrido. Una: Syriza ha alcanzado a Nueva Democracia en los sondeos y le disputa el primer lugar. Dos: la sombra ominosa de la salida de Grecia del ámbito del euro, lo que se conoce como “Grexit”, planea sobre la Unión Europea. Aunque Tsipras insiste una y otra vez (la última nada menos que en el Financial Times, el miércoles pasado) en que no quiere abandonar el euro, sino cambiar los planes de austeridad por planes de estímulo, en las capitales europeas, en Estados Unidos y en Pekín existe la convicción absoluta de que si Syriza gana los comicios y logra formar gobierno provocará un desbarajuste financiero que, independientemente de sus intenciones finales, sacará a Grecia de la moneda única. Y el contagio forzará la salida de los otros países en problemas.

Es difícil, en la vorágine actual, recordar cómo llegó Grecia a convertirse en el país más importante del mundo después de ser, durante muchos años, el menos importante de la unión. Quizá una forma de contar la historia para que se entienda bien desde América Latina, sea comparar a Grecia con Argentina. Porque lo cierto es que el hundimiento griego tiene mucho en común con los sucesivos hundimientos argentinos a lo largo de décadas (para no ir demasiado lejos, la hiperinflación de los años 80, el colapso de la convertibilidad en 2001 y la debacle actual, que ha hecho a ese país perder más de seis puntos porcentuales en términos de crecimiento del PBI en un solo año). En ambos casos, las causas son autoinfligidas y en ambos casos, también, tienen que ver con una cultura política antimoderna ampliamente extendida.

Un hecho ocurrido en 2009 resume bien los años de irresponsabilidad que llevaron a Grecia a la catástrofe. Fue con ocasión de la elección que ganó el Pasok, liderado por Yorgos Papandreu, ese año. A poco de asumir el mando, el nuevo primer ministro reveló que el déficit heredado de manos de la Nueva Democracia de Konstantinos Karamanlis no ascendía a 3,7 por ciento, sino a 12,7 por ciento. ¿Qué había sucedido? Sencillamente, que las cuentas públicas eran una colosal estafa desde hacía mucho tiempo. Lo habían sido en tiempos del propio Pasok, que había gobernado hasta 2004, y de Nueva Democracia, que había ocupado el gobierno hasta 2009. Con ayuda de Goldman Sachs y otros bancos de Wall Street, los griegos habían empleado derivados para endeudarse, de tal forma que Europa no advirtiera que este país había sobrepasado los límites permitidos.

Habían emitido deuda en diversas monedas, incluyendo yenes, a cambio de adelantos en euros por parte de la banca a una tasa de cambio histórica, es decir, con escasa relación con la actualidad, y luego habían usado otros derivados, en este caso, una permuta de tasas de interés, de cara a la devolución de los créditos en el futuro. Todo ello, comprometiendo diversas fuentes de ingresos -como los peajes de las carreteras-, sin que la obligación figurara oficialmente. Como no es infrecuente con los derivados, la apuesta le estalló al jugador en la cara, cuando los referentes a los que estaban vinculados estos instrumentos complejos se movieron en su contra. Los efectos de la revelación, una vez que el nuevo gobierno hizo público el déficit real, fueron instantáneos: los mercados financieros castigaron a Grecia implacablemente, las calificadoras de riesgo rebajaron la calificación de la deuda progresivamente, hasta reducirla a “basura”, y empezó una incesante lista de planes de austeridad que incendiaron la pradera.

Estos planes arrancaron con la decisión de Yorgos Papandreu de reducir los salarios públicos en 10 por ciento, subir la edad de jubilación, aumentar el IVA y los impuestos selectivos. Pero nada de eso bastó, como no bastaron varios “paquetazos” posteriores. En mayo de 2010, la Unión Europea y el FMI le echaron a Grecia el primero de dos cables: los famosos rescates. El primer rescate fue por 110 mil millones de euros y el segundo, en marzo de este año, fue por 130 mil millones y vino a remolque de una quita de deuda, llamada, como suele hacerse eufemísticamente en estos casos, “reestructuración”. Lo cierto es que se les puso a los acreedores una pistola en la sien y se les dijo: “O aceptan perder 106 mil millones de dólares que le prestaron en su día a Grecia o los pierden, aunque no lo acepten”.

El primer rescate tuvo dos efectos: sentó el precedente que luego sería replicado en Irlanda (noviembre de 2010) y Portugal (abril 2011) y que, de un modo algo distinto, se está replicando ahora en España, y acabó de reforzar en el imaginario colectivo la conexión entre el sufrimiento de la crisis y la responsabilidad de Europa. Hasta ese momento, la austeridad era más el resultado de decisiones internas que de una imposición externa. A partir del rescate, el gobierno griego se escudaba en que no tenía otra salida que aplicar planes de austeridad (recortes, aumento de impuestos, venta de activos estatales), porque las condiciones europeas eran draconianas. La población iba desarrollando una intensa ira contra los socios de Grecia en la Unión Europea, en especial los alemanes.

El resultado de todo eso fue la irrupción exitosa de Syriza y de otros grupos radicales, sin excluir al grupo neonazi Aurora Dorada, que obtuvo nada menos que siete por ciento de los votos. Era la resaca antieuropea, enemiga de la austeridad impuesta desde el exterior.

La otra forma en que se manifestaban los ciudadanos, en este caso los pudientes, contra el estado de cosas, era la fuga de capitales: más de 200 mil millones de euros han salido desde 2008.

Los griegos, que se habían creído ricos hasta hacía my poco tiempo, a medida que se habían equiparado gradualmente a la media europea, se habían despertado del sueño convertidos en pobres. El despertar no era sino la confirmación de que el euro había constituido la ilusión de la riqueza, no la riqueza misma. En la práctica, los bajos intereses “alemanes” del euro habían emborrachado de consumismo y conformismo a los griegos, como había sucedido con otros europeos del sur, y había exacerbado una cultura del despilfarro y la corrupción en el Estado que venía de muy atrás, postergando la necesidad de se más competitivos. Aunque ciertos sectores (el naviero, por ejemplo) habían despuntado por su productividad y dinamismo, otros habían vivido una irrealidad que la debacle financiera originada en Estados Unidos en 2007 había puesto al descubierto con efectos empobrecedores muy súbitos.

La desconfianza en las elecciones del domingo ha llevado a gobiernos, organismos multilaterales y bancos a prepararse para la eventualidad de que Grecia tenga que abandonar el euro y regresar al dracma. Una corriente de pensamiento europea aboga por eso mismo, a pesar de los costos, como única salida a la crisis griega y como “cortafuegos” a la expansión de la crisis. Con una moneda devaluada, sostiene esta corriente, Grecia podrá exportar más y pagar menos deuda; por la vía de la inflación, atenuará los efectos del ajuste que vienen sufriendo los griegos. El “desenganche”, además, evitará a Europa seguir asumiendo la responsabilidad financiera de sacar a Grecia del infierno.

Otros, en cambio (y aquí se mezclan gobiernos y organismos multilaterales), creen que el costo sería demasiado alto y que el efecto “contagio” más bien acabaría con el euro en poco tiempo, deshaciendo décadas de ejercicio constructivo en la Unión Europea. Quienes así piensan cifran el costo en 11,500 euros por persona, es decir, por griego, y en unos 400 mil millones para la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario si se cuentan las ayudas y los bonos griegos en poder de esas entidades. Ello, sin contar los bonos griegos en poder de bancos comerciales europeos.

Es difícil hacer vaticinios porque, a pesar de los augurios catastrofistas, no puede descartarse que el líder de Syriza tenga razón, cuando dice que su eventual rechazo a los planes de austeridad no necesariamente implicará la expulsión de su país del euro o la cancelación de lo que queda por desembolsar de la ayuda. Según Tsipras, Europa está mintiendo para asustar a los votantes griegos y no se atreverá a provocar la salida de Grecia del euro, algo que dice no pretender, aun si Atenas desconoce los compromisos asumidos por gobiernos anteriores. Pero si es así, toda la premisa de los rescates -dinero a cambio de austeridad- caerá por tierra. Irlanda y Portugal pedirán ser exonerados de sus propios compromisos, lo mismo que España cuando se decida en Europa cuáles condiciones ponerle a cambio de rescatar a su banca.

En la mitología griega, Europa era una fenicia a la que el Dios Zeus, convertido en un toro manso que le llamó la atención, sedujo o violó, según de qué versión se trate. La llevó sobre su lomo hasta Creta, la isla griega, donde ella acabó siendo reina. Desde entonces, Europa es Grecia y Grecia es Europa. Es posible que nunca hayan estado ambas más cerca de decirse adiós que con ocasión de las elecciones de este domingo.

Tomado de eldiarioexterior.com

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