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Los Delitos de Corrupción

CIRO AÑEZ

(Introducción a su libro "Los Delitos de Corrupción")

¿Qué hacer como sociedad contra el ataque de la corrupción?, fue la pregunta que me lanzó en una entrevista un periodista de una Revista especializada en Economía, teniendo en cuenta el impacto que conlleva este flagelo a la economía y a la sociedad.
Esta interrogante me dio la oportunidad de considerar detenidamente de que en más de una década de mi vida profesional era por demás de evidente que esta batalla se ha realizado de forma invariable, no solo en Bolivia sino en los demás países, mediante dos frentes de ataque comunes y bien definidos: 1) arremeter contra los actos de corrupción mediante leyes drásticas y mecanismos de persecución a través de autoridades competentes y 2) potenciando las instituciones públicas de persecución; sin embargo, el resultado ha sido siempre el mismo: la corrupción continúa y en algunos casos se ha acrecentado.

El Índice de Percepción de la Corrupción 2011 de Transparencia Internacional, estableció que “más de dos tercios de los (183 países y territorios) clasificados obtuvieron una puntuación inferior a 5”, donde 0 (cero) es “sumamente corrupto” y 10 es “muy transparente”.
En el año 2009, dicha organización ya había denunciado en su informe anual la omnipresencia de la corrupción, con las siguientes palabras: “resulta evidente que ninguna región del mundo está exenta de los peligros de la corrupción”.

En Bolivia, según el portal de Internet del Ministerio de Transparencia Institucional y Lucha Contra la Corrupción , se registraron en el país hasta marzo de 2012 un total de 9.400 casos de corrupción.
Por lo expuesto y sin lugar a duda, la lucha contra la corrupción requiere de más creatividad, imaginación y compromiso social además de que los servidores públicos estén dispuestos a rendir cuentas y a dar el ejemplo.
Benavente , por su parte, plantea dos cuestiones interesantes denominadas esenciales para la lucha contra la corrupción: a) el fortalecimiento del individuo y de la sociedad civil; y, b) la contención del poder; evitando el surgimiento de la cleptocracia.
Recuerdo que en una de mis clases dictadas en una Universidad, un estudiante consideraba el progreso o el éxito desde una perspectiva eminentemente económica (de cuánto dinero se ostenta) y de alcanzar algún puesto de jerarquía.

Si bien esa percepción podría ser para algunos cierta; sin embargo, medir el progreso únicamente desde el parámetro del crecimiento económico puede resultar catastrófico si no va acompañado del presupuesto: respeto y cumplimiento de principios y valores morales, éticos y sustentables.

Al emplear el término valores “sustentable” me refiero a no ver a los principios y a los valores morales como algo ideal, inmaterial o hasta etéreo por algunos, sino todo lo contrario.
Los valores pueden ser aglutinados y vistos desde dos macroformas o formas generales: 1) Los valores situacionales y 2) los valores sustentables (también llamados valores sostenibles).
Los primeros se basan en el egoísmo (fuente de muchos males, entre ellos la corrupción) y por consecuencia las relaciones impulsadas por valores situacionales involucran cálculos acerca de lo que está disponible en el aquí y el ahora (lo inmediato, lo que me satisfaga en este preciso instante a cualquier costo sin importar las consecuencias). Se vinculan con aprovechar oportunidades de corto plazo, sin llevar una vida coherente con los principios que sostienen la prosperidad en el largo plazo. Por ejemplo, el colapso económico global se debió a que muchas compañías financieras estuvieron desconectadas de sus valores fundamentales y de su pensamiento sostenible de largo plazo.

Los bancos, las entidades financieras y los accionistas en lugar de nutrir una colaboración sostenible resultó que buscaron relaciones de corto plazo basadas en niveles incorrectos de confianza y durabilidad; por lo tanto, pasaron por alto la interdependencia moral y el resultado es el que hoy todos conocemos: países envueltos en graves crisis económicas más que otros con el riesgo de que siga agravándose en algunos lugares. Lo mismo ocurre en la atención a los clientes que buscan una solución a su conflicto sea o no judicial, el cual debe ser analizado con pensamiento sostenible de largo plazo, es decir, no ceñirse únicamente en el conflicto actual sino que es menester analizar las consecuencias para determinar la mejor salida al problema.

Es así que los valores sostenibles a diferencia de los situacionales, se vinculan con lo que debemos hacer y no con lo que podemos hacer. Sostienen las relaciones a lo largo del tiempo. La transparencia, la integridad, la honestidad, la verdad, la responsabilidad compartida y la esperanza son valores que nos conectan profundamente.
Como diría Seidman , la verdadera ventaja está en los valores porque son fuente de estimulo del liderazgo inspirador; sirven como baluarte contra el riesgo y el daño, mientras guían e impulsan conductas que desencadenan la innovación y profundizan las conexiones.
Por lo tanto, el progreso en los países deberían ser medidos desde tres aristas: 1) crecimiento económico; 2) crecimiento de la calidad educativa; y, 3) crecimiento y desarrollo de valores morales sustentables. Esto con el fin de alcanzar un progreso integral y debidamente equilibrado, donde no solo se pondere el valor dinero sino principalmente la calidad humana, que es lo que al final realmente importa; porque los corruptos también tienen mucho dinero en el bolsillo pero sería un total despropósito considerarlos como personas prósperas y personas de ejemplo para la humanidad.

La inversión en el CAPITAL HUMANO constituye una estrategia imprescindible si se pretende implementar cambios verdaderamente profundos y duraderos.
En Bolivia, siguiendo con el enfoque tradicional de atacar los actos de corrupción y potenciar las instituciones de combate contra dichos delitos, se promulgó la Ley de Lucha Contra al Corrupción, Enriquecimiento Ilícito e Investigación de Fortunas (Ley N° 004 de 31 de marzo de 2010), el cual trajo consigo la agravación de las penas para algunos delitos, la creación de más delitos de corrupción además de determinadas disposiciones normativas que ameritan su análisis y modificación por resultar restrictivas y atentatorias de derechos y garantías constitucionales.

El año pasado ocurrió un acontecimiento que cambió la percepción de lo que se debe entender por delitos de corrupción desde una perspectiva jurídico penal, me estoy refiriendo al caso Ostreicher, el cual es una muestra de cómo la corrupción es capaz de irrumpir en el núcleo central del debido proceso, arruinar la confianza y la certidumbre; y, al mismo tiempo de cómo los comportamientos de buena fe pueden verse tergiversados y engañados, al extremo que conlleva a una crisis de credibilidad en la administración de justicia.
Este libro no solo busca analizar y explicar cada uno de los delitos de corrupción previstos en la Ley N° 004 de 31 de marzo de 2010 sino que pretende dar una propuesta respondiendo con mayor amplitud aquella pregunta inicial ¿qué hacer como sociedad contra el ataque de la corrupción?, ofreciendo al lector reflexiones sobre el espíritu de la Ley N° 004, analizando brevemente el caso Ostreicher como el colmo de la corrupción y el cambio de paradigma en los ilícitos penales de corrupción sin que esto implique permanecer en el pesimismo pues este libro apuesta principalmente por la proactividad dado que propone una serie de sugerencias para lidiar de mejor manera el combate contra este mal mediante una estrategia diferente, poniendo en consideración herramientas de protección, prevención y lucha contra la corrupción para personas naturales, servidores públicos y empresas de toda índole incluido el sistema financiero formal (Bancos, Entidades Financieras, Cooperativas de Ahorro y Crédito, etc.).

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