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La Revolución Nacional de 1952: una estimación crítica del populismo boliviano

H.C.F. MANSILLA

Uno de los obstáculos principales al desarrollo efectivo de Bolivia en los últimos setenta años ha sido el surgimiento de partidos políticos con fuertes rasgos populistas, que bajo consignas radicales y altisonantes (empezando por los nombres de los partidos) han tratado de inducir procesos de cambio global e inclusión social. El Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) ha sido el más importante de ellos, sobre todo mediante su contribución al renacimiento de tradiciones socio-culturales que no son favorables a la moderna democracia pluralista.
El paradigma nacionalista de desarrollo ─recubierto a menudo con un barniz de socialismo radical─ ha gozado de una popularidad masiva y de una notable reputación intelectual durante una buena parte del siglo XX. Dos factores relacionados entre sí divulgaron esta concepción en extensas porciones de América Latina: la idea de que el orden tradicional, rural y preindustrial, constituiría un sistema político injusto, carente de dinamismo e históricamente superado, y la ilusión de que el progreso técnico-económico traería consigo simultáneamente la justicia social.

Usando una perspectiva comparada de lo ocurrido en casi todos los países latinoamericanos en las dos últimas generaciones, se puede afirmar que la Revolución Nacional de abril de 1952 en Bolivia fue, en el fondo, innecesaria y superflua. Los efectos modernizadores generados por este proceso hubiesen tenido lugar, más tarde o más temprano, bajo un régimen dominado por las élites tradicionales, como ocurrió en la mayoría de las naciones latinoamericanas. En el área rural la derogación de relaciones personales y laborales de tipo servil, la apertura de los mercados agrícolas, la generalización de mecanismos contemporáneos de intercambio y la mejor utilización de la red de transportes y comunicaciones se hubieran hecho realidad en años posteriores sin la violencia y las arbitrariedades que acompañaron a la reforma agraria de agosto de 1953. El incremento de la movilidad social y la expansión de oportunidades de educación básica se hubieran dado igualmente bajo gobiernos de diverso signo. Y lo mismo puede aseverarse del voto universal y del desarrollo acelerado de las regiones orientales. Sesenta años después de los sucesos de abril de 1952 Bolivia sigue siendo uno de los países más pobres y menos desarrollados del continente.

Los diferentes gobiernos del MNR, los esfuerzos de sus presuntos estadistas y sus mutaciones ideológicas y programáticas no han podido o no han sabido sacar a Bolivia del atraso y la pobreza, lo que nos muestra en el fondo la poca originalidad teórica y la mediocridad fáctica del experimento iniciado en Bolivia en abril de 1952.

 

Por otra parte, el MNR ha contribuido poderosamente a consolidar prácticas y valores convencionales, propios del mundo premoderno, rejuveneciendo así los elementos y las rutinas menos rescatables del orden tradicional. Menciono aquí tres puntos esenciales: la consolidación de la cultura política del autoritarismo, la formación de élites muy privilegiadas que pasan a constituir las nuevas clases altas y la desinstitucionalización de la vida público-política, con su secuela inevitable, la corrupción en gran escala.
La principal herencia a largo plazo de la Revolución Nacional ha sido la preservación y exacerbación de normativas premodernas, convencionales y retrógradas en el campo socio-cultural bajo el manto de reformas modernizadoras en el terreno técnico-económico. Este legado histórico ha permanecido, por ejemplo, muy activo en la configuración actual de la vida política y en la estructuración interna de muchos partidos desde entonces. Estos últimos han sido organizaciones donde predominan prácticas muy arraigadas y difíciles de modificar, cuyo carácter es básicamente conservador-tradicional, como el caudillismo y el prebendalismo, la propensión a la maniobra oscura y a la intriga permanente.

La popularidad del MNR estuvo vinculada con un renacimiento de la cultura política tradicional a través de su accionar cotidiano. Las corrientes liberal-democráticas intentaron a su modo modernizar la mentalidad política y la esfera institucional durante los periodos 1940-1943 y 1946-1952, iniciando tímidos pasos para afianzar el Estado de derecho, fomentando una educación ciudadana moderna y dando más peso al Poder Legislativo mediante la estrategia de pactos interpartidarios (como es lo usual en los estados democráticos del presente). Estos esfuerzos no tuvieron éxito porque precisamente una genuina cultura liberal-democrática nunca había echado raíces duraderas en la sociedad boliviana y era considerada como extraña por la mayoría de la población. En el caso de la Revolución Nacional de 1952 se puede decir que la lucha contra la "oligarquía minero-feudal" encubrió eficazmente el hecho de que el MNR de entonces detestaba la democracia en todas sus formas y, en el fondo, representaba y prorrogaba la tradición autoritaria, centralista y colectivista de la Bolivia profunda, tradición muy arraigada en las clases medias e inferiores, en el ámbito rural, en la población indígena y en todos los grupos sociales que habían permanecido secularmente aislados del mundo exterior.
En función gubernamental de 1952 a 1964 el MNR dedicó una parte de sus energías a debilitar el Estado de derecho, a tolerar la existencia de códigos paralelos en la esfera pública, a fomentar modelos dilatados de corrupción y, sobre todo, a desmantelar las instituciones estatales de índole moderna. En ese periodo se pudo percibir la instrumentalización del aparato judicial en favor de planes y decisiones políticas del Poder Ejecutivo.

Para concluir paso a unas reflexiones de largo aliento. Desde el primer momento los dirigentes del MNR no aprendieron a dudar acerca de su propia praxis gubernamental. Siempre tenían razón en el momento de emitir un juicio o realizar una actuación. No cambiaron sus hábitos porque desconocían el moderno principio de la crítica y el autoanálisis. El MNR jamás se distanció de sus acciones "heroicas": los asesinatos de Chuspipata (1944) y los campos de concentración de Curahuara de Carangas y Coro-Coro (1953-1956). Sus dirigentes nunca se disculparon ante la opinión pública por estos crímenes.
Como corolario se puede aseverar lo siguiente. La renovación social y política, propugnada permanentemente por los partidos populistas, se ha restringido a lo llamativo y superficial. La utilización de computadoras y teléfonos celulares no significa que los políticos hayan dejado de lado sus hábitos y designios premodernos, sus viejas mañas y triquiñuelas que han variado poco en el curso de los siglos. Todo ello ha encubierto los anhelos profundos de los adherentes del MNR y de los movimientos populistas: el ascenso social y la consecución de una rápida fortuna. Estos aspectos no han merecido la atención de la opinión pública, porque la historia la escriben los vencedores, en este caso los nacionalistas y marxistas, que no están interesados en un esclarecimiento crítico de la historia nacional.

*Filósofo y escritor

Tomado de eldia.com.bo