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La envidia y la igualdad

AXEL KAISER

Si en un área, argumentó Marx, usted construye modestas casas pero todas iguales, tendrá un barrio en que la gente convivirá en armonía. Pero si en ese mismo barrio usted luego construye un palacio, la convivencia no tardará en verse tensionada e incluso destruida. Y es que la desigualdad, sugirió Marx, resulta intolerable para el que tiene menos, aun cuando lo que tenga le baste para llevar una vida digna. La razón se encuentra en un sentimiento tan generalizado como primitivo: la envidia. Este es, como bien demostró el sociólogo alemán Helmut Schoeck, el fundamento de todas las teorías igualitaristas. Si bien este torcido sentimiento ha existido siempre en todas las culturas y en todos los tiempos, solo en los últimos dos siglos alcanzó el estatus de una filosofía con nombre propio que habría de inspirar partidos políticos en todo el mundo.

En el Chile actual, la envidia ha dado lugar a un debate completamente distorsionado cuyas consecuencias serán fatales para nuestra prosperidad. Se dice que tenemos un problema de desigualdad escandalosa y que la solución es más intervención del Estado a través de impuestos y políticas redistributivas.

La falacia de este discurso consiste en que considera a la igualdad como un bien en sí mismo. ¿Acaso a usted estimado lector, le parece preferible la situación de Zimbawe que tiene una mejor distribución de ingreso que Chile, a la de nuestro país? Si pensáramos que la igualdad es un bien en sí mismo debiéramos preferir siempre una sociedad mucho más pobre pero con mayor igualdad a una mucho más rica con menor igualdad. Si no pensamos eso entonces no debiéramos escandalizarnos de que algunos tengan mucho más que otros, especialmente si todos tienen suficiente como para vivir dignamente. Salvo claro, que seamos envidiosos. Usted dirá que en Chile no todos tienen para vivir dignamente y por tanto el Estado debe actuar.

Aquí entramos en la esencia del problema, a saber, que un gran sector de la población chilena es poco productivo. De ahí sus bajos ingresos. No se trata entonces de repartir dineros para que la desigualdad disminuya sino de aumentar la productividad de los sectores de menores ingresos para que todos tengan más. Y para eso se necesita crecimiento económico, es decir, menos impuestos y menos Estado. Lo otro es hacer trampa atacando los síntomas en lugar de la causa del problema. Es como si en un curso en el que la mitad de los alumnos obtiene siempre nota siete se transfirieran permanentemente dos puntos a la otra mitad de alumnos de nota tres. Un igualitarista estaría feliz, pues ahora todos tendrían un cinco promedio y problema resuelto. Esto es lo que plantean los redistribuidores en Chile, quienes, azuzando la envidia entre las masas para ganar popularidad, dedican sus energías a ver cómo hacer para que algunos no tengan mucho más que otros en lugar de ocuparse por mejorar la situación de todos. Lamentable.

Tomado de latercera.com

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