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El populismo en Ecuador y Nicaragua

H.C.F. MANSILLA 

El actual régimen ecuatoriano no posee una especificidad que lo diferencie sustancialmente de los otros modelos contemporáneos de populismo, y tampoco de las prácticas políticas anteriores del propio país. La figura del caudillo representa el aspecto claramente predominante, justificada por medio de la argumentación convencional de que él representa la unidad de la nación, la integración de las masas oprimidas y la esperanza de los explotados. El indigenismo ecuatoriano y la exaltación de las culturas aborígenes se mantienen dentro de límites rutinarios, es decir retóricos. La “defensa” de los recursos naturales y la inclinación ecologista del nuevo texto constitucional tienen, en el mejor de los casos, una función programática, que no interfiere en las actividades sociales y económicas de la vida cotidiana. En el Ecuador los especialistas en relaciones públicas han asumido posiciones estratégicas en los aparatos estatales, cuyas actuaciones políticas están acompañadas por encuestas de opinión pública y por campañas focales dedicadas a ganar influencia sobre grupos sociales y étnicos de relevancia para el gobierno respectivo.

En lo que respecta a la esfera de la política cotidiana, el modelo populista ecuatoriano exhibe una fuerte tendencia a transformar la actividad pública en una escenificación fácilmente comprensible de una lucha permanente entre el caudillo bien intencionado y bien encaminado y los turbios opositores que se hallarían permanentemente en afanes conspirativos. Se trata de un gobierno que aprovecha con virtuosismo los progresos técnicos en la esfera de las relaciones públicas. Al "vender" exitosamente su propia imagen, el gobierno populista denigra a los opositores, simplifica todos los temas en debate e impulsa a un plebiscito permanente sobre la persona del líder.

Esta situación de un proceso electoral perenne conlleva una especie de confrontación maniqueísta entre lo a priori bueno que representa el gobernante populista y lo malo per se que encarna la oposición "neoliberal". Esta confrontación es tolerada y aprobada por una buena parte de la ciudadanía porque simultáneamente se establece la ilusión de una comunicación directa y espontánea entre el caudillo y la población, comunicación que no es mediada ni por los desprestigiados partidos políticos ni por complicados canales institucionales.

Pero este vínculo directo tiene sus aspectos problemáticos: se trata de una relación asimétrica, en la cual el caudillo adoctrina y enseña a las masas y estas aprenden y asimilan lo que viene de arriba. El presidente Rafael Correa, por ejemplo, es como el profesor que da cátedra a todos los ecuatorianos, el preceptor de la nación que está muy por arriba de las masas que lo adoran, pero que no tienen la capacidad de iniciar un debate con el primer mandatario.

Él es el ser superior ─aunque de origen modesto─ que de manera privilegiada maneja los códigos que conducen a la modernidad y al desarrollo, es decir a las metas normativas que anhelan los ecuatorianos, aunque estas metas provengan del detestado modelo civilizatorio de Occidente. Estos caudillos son percibidos como si fuesen de extracción popular, pero superiores a la media del pueblo a causa de sus facultades carismáticas, su sabiduría innata y su astucia política.

El más convencional y rutinario de los regímenes populistas es el que prevalece en Nicaragua. El primer periodo gubernamental del Frente Sandinista de Liberación Nacional (1979-1990) terminó en la usual repartición de activos materiales y espacios de poder entre los funcionarios de la élite estatal, es decir en la privatización de bienes y funciones estatales y, por consiguiente, en la reproducción de los giros más habituales y detestables de la historia latinoamericana. Desde 2001, aún antes de comenzar su segundo periodo gubernamental, el FSLN ha promovido un "sistema" de distribución de cargos, prebendas y favores entre los antiguos adversarios acérrimos (liberales y sandinistas), un sistema que, de un lado, asegura la continuidad en el disfrute del poder a los partidos asociados en estas actividades y, por otro, garantiza la impunidad a los servidores públicos de estos partidos que se hayan propasado en el ejercicio de sus cargos. El resultado en el segundo periodo gubernamental (a partir de 2007) ha sido una "presidencia matrimonial", en el fondo una "monarquía teologal", como asevera el distinguido sociólogo nicaragüense José Luis Rocha Gómez. Esta presidencia matrimonial (el presidente Daniel Ortega y su todopoderosa esposa y ministra) recurre a un providencialismo de tintes religiosos para legitimar su posición y sus decisiones. Mediante argumentos y sentimientos religiosos este providencialismo es instrumentalizado con mucha destreza por el régimen sandinista para justificar un gobierno y unas políticas públicas que han caído en creciente descrédito.

Este providencialismo enaltece la figura del gobernante fuerte y sabio que no está limitado en sus atribuciones por el Estado de derecho y por mezquinas regulaciones de origen liberal-democrático. Estas últimas se manifiestan además como fuera de lugar si el providencialismo apela a una instancia superior para validar sus decisiones: la esfera divina como fuente de autoridad y legitimidad. El presidente Daniel Ortega es considerado como el intermediario entre la voluntad divina y la esfera de la praxis política cotidiana. Entonces la libertad de criticar y disentir aparece como un detalle secundario que no merece la protección legal-constitucional.

"El presidente oficia de teólogo-instructor de las masas", afirma Rocha Gómez. Es superfluo añadir que el providencialismo práctico es manejado por políticos generalmente agnósticos o ateos que se han distinguido por un comportamiento distanciado o cínico con respecto al ámbito de las ideas. El aspecto pragmático reside en el hecho de que la ideología actual del sandinismo se ha revelado en la praxis cotidiana como una doctrina relativamente simple para tomar y consolidar el poder político. El sandinismo actual no se comporta según principios ideológicos o programáticos, sino de acuerdo a una lógica muy convencional de corte particularista-familiar para controlar porciones de territorio e ingresos.

*Filósofo y escritor

Tomado de eldia.com.bo