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Estado versus Sociedad

EDUARDO BOWLES 

En Brasil, las multitudinarias protestas que se han propagado por todo el territorio, sin respetar la cumbre futbolística que se celebra en las principales capitales, han conseguido sus primeras victorias. En principio, han recibido el reconocimiento de la presidente Dilma Rousseff de que se trata de manifestaciones plenamente democráticas y en ningún momento ha tratado de descalificarlas; en segundo lugar, ha ofrecido encarar reformas estructurales en el país y como para tratar de ponerle fin al gigantesco malestar, el Congreso brasileño ha aprobado en tiempo récord una ley destinada a castigar con mayor rigor a los corruptos, que hasta ahora gozaban de una vergonzosa impunidad.

Esta es una pequeña muestra de la madurez que puede estar anidando en los países latinoamericanos, donde hasta ahora ha habido un absurdo divorcio entre sociedad y estado, lo que da como resultado una insatisfacción constante de la población respecto de la forma de actuar de sus dirigentes. La ventaja es que en Brasil, por primera vez en mucho tiempo, la sociedad entera llega a un consenso transversal que pone en jaque a sus autoridades y las obliga a recobrar la seriedad.

En Latinoamérica, tal como lo expresa muy bien el escritor Fernando Mires, los gobiernos siempre han hecho grandes esfuerzos por mantener a la sociedad y el Estado en compartimientos estancos, como si se tratara de instancias separadas, cuya única vinculación es el paternalismo, el prebendalismo y, por supuesto, la represión y la sanción.

El estatismo ha sido el modo como el que los regímenes de todas las ideologías, dictatoriales o democráticas han impedido la conformación de sociedades que sean capaces de actuar orgánicamente, pensar y buscar mejor formas para conseguir el bien común. Los gobiernos han insistido siempre lograr cómo la población dependa de los estamentos políticos, esté sujeto a ellos y por consiguiente no tenga maneras de interpelarlos y menos oponerse a ellos.

Mires pone de ejemplo a Venezuela, como un país donde casi toda la población depende de la renta petrolera, situación que se aplica muy bien a Bolivia, donde el “proceso de cambio” apenas está tratando de profundizar el estatismo con la finalidad de que la sociedad esté supeditada a un Estado Plurinacional que busca controlarlo todo y que, como se observa diariamente, ataca a la iniciativa privada, socava la propiedad y cercena las libertades individuales, manera correcta de desactivar a la sociedad y eliminar la conciencia ciudadana.

Aquí no se trata de la dicotomía tradicional, izquierda o derecha, socialismo o liberalismo, porque todas las ideologías dominantes que a su turno han ejercido el poder en Bolivia han bloqueado todas las posibilidades del individuo de tejer una sociedad más activa, no solo desde el punto de vista político sino también desde un enfoque económico, pues una sociedad más dinámica, siempre es más emprendedora y constantemente va en procura de su bienestar personal y colectivo.

Iniciativas como la “Revolución Jigote” por ejemplo, cuyo objetivo es lograr la toma de conciencia colectiva y maneras de actuar individuales que redunden en beneficios para el resto de la sociedad es una respuesta que busca romper con el divorcio del que hablamos. Pero al observar cómo algunos socialistas de viejo cuño atacan a los jóvenes de Jigote, se puede entender cómo estos buscan profundizar el abismo, a través de la teorización de un “Estado Integral” basado en las dádivas pero también en la inmovilización ciudadana.

Tomado de eldia.com.bo

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