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Sobre revolucionarios, desubicados, e impostores

IVÁN ARIAS

Cuando teníamos 17 años, a quién no le gustaba esta bella trova, cantada por Mercedes Sosa y Leon Gieco: “Solo le pido a Dios que lo injusto no me sea indiferente. Si un traidor puede más que unos cuantos, que esos cuantos no lo olviden fácilmente. Desahuciado está el que tiene que marchar a vivir una cultura diferente”. O esta de Silvio: “Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan, para que no las puedas convertir en cristal'”. Y así podría enumerar un sinfín de canciones de protesta que alimentaron nuestros ideales de pueblos libres, justos e igualitarios. Eran años en que la guitarra era el arma y la poesía las balas que asediaban y derrotaban a los tanques, la soberbia, el poder del dinero, la tortura y las dictaduras.

Ernesto Cardenal (“Dios mío, por qué me has abandonado?/ Soy una caricatura de hombre/ el desprecio del pueblo/ se burlan de mí todos los periódicos/ me rodean los tanques blindados”) y Eduardo Galeano ( “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”), entre otros, le daban contenido a nuestra inconformidad y búsqueda de respeto y dignidad entre las personas.

Después de la caída del muro de Berlín, allá por el año 90 del pasado siglo, el socialismo se mostró en su verdadera dimensión y aún hoy se puede ver sus secuelas en las mafias rusas que de bolcheviques se convirtieron en prósperos empresarios con base en la riqueza acumulada durante más de 70 años de dictadura a nombre del proletariado, al que sólo empobrecieron, explotaron y engañaron. Abiertos los ojos y tras la caída de la cortina de hierro, decenas de países que estaban bajo la espada del socialismo optaron por la democracia y varios de ellos son ahora miembros de la Unión Europea. Así aprendimos que ante la mejor de las dictaduras es preferible, mil veces, la imperfecta democracia. La libertad se abrió campo ante la jacobina propuesta de la igualdad.

Sin embargo, para algunos intelectuales latinoamericanos, esos vientos de fracaso socialista nunca les llegaron o los esquivaron. Esto dio lugar a que algunos, con buena fe de desubicación y otros con puro oportunismo impostor, sigan postulando el socialismo como modelo de sociedad. Tal cual dice nuestro Presi, “no puedo entender” cómo el pueblo cubano que dice tener elevados niveles de educación puede aguantar 50 años de dictadura. Algunos consideran que el socialismo debe transitar por el “exitoso” camino chino y vietnamita que, todos sabemos, es capitalismo puro con represión unipartidista. Los románticos latinos, a la práctica dictatorial y absolutista la llamaron, a finales de los 90, el socialismo del siglo XXI que, en pocas palabras, consiste en tomar el poder a través del envilecimiento de la democracia hasta reducirla a su mínima expresión y destruir, desde su interior, a toda la institucionalidad que la hace madura.

Recordando el origen de nuestras luchas me pregunto: ¿acaso éramos sólo una ambición de poder?, ¿acaso el fin justifica los medios?, ¿acaso sólo buscábamos, como dice la canción, “que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda”? ¿Que los perseguidos y torturados de ayer sean hoy los carceleros de la libertad?, ¿los excluidos de ayer, los excluidores de hoy?

En Bolivia cientos y miles de desubicados e impostores creen que estamos en camino de una revolución liberadora. No se dan cuenta que han empoderado a lo peor del capitalismo, aquel que es salvaje, depredador y consumista. Para no quedar solos en su obstinación andan a la caza de desubicados globales. Y no es difícil hallarlos, en realidad se hallan mutuamente. Los cantores y poetas de ayer se han petrificado y aburguesado. Por ello León Gieco, Silvio Rodríguez, Eduardo Galeano y los que vendrán son el bálsamo que tranquiliza la impostura. Cantando a la igualdad sin preguntarse si estamos construyendo una sociedad inclusiva y respetuosa de todos.

A estos que sólo creen en las formas, hay que recordarles esta canción: “pobre del cantor de nuestros días, que no arriesgue su cuerda por no arriesgar su vida. Pobre del cantor que fue marcado para sufrir un poco y hoy esta de rodillas. Pobre del cantor que no halle el modo de tener bien seguro su proceder con todos”.

Iván Arias Durán es ciudadano de la República Plurinacional de Bolivia.

Tomado de paginasiete.bo 

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