Buscar en nuestras publicaciones:

La autonomía desata pasiones

EDUARDO BOWLES

Cuando se observan las reacciones de los operadores políticos del Gobierno se puede advertir cuánto miedo siente el régimen por el movimiento autonómico, pese a que durante los últimos años no ha hecho más que hostilizar, perseguir y encarcelar a todo aquel que tenga la osadía de cuestionar el centralismo, acentuado hasta límites nunca antes vistos en el país.

Casi el 90 por ciento de los recursos de este país son controlados por la plaza Murillo, de ahí la fiereza con la que se aferran a un modelo que constituye la supervivencia de una élite improductiva y que explica en gran parte por qué Bolivia es uno de los países más atrasados, más pobres y con menos perspectivas de cambio en el continente.

Eso explica también por qué el oficialismo ha soltado a sus peores elementos a las calles para empañar el proceso de adecuación de los estatutos autonómicos, derivando en situaciones bochornosas, cargadas de violencia, amenazas y falsedades.

Lo ocurrido en Montero y en Warnes, donde sujetos de dudoso prontuario pero muy bien aleccionados, se encargaron de estropear el debate y la exposición de propuestas es nada más que una señal que la autonomía es simplemente un eslogan que maneja el Gobierno, pues en la realidad se trata de una estafa que ha dado como resultado una mayor concentración del poder y de los recursos, un monopolio de la política que busca perpetuar los esquemas políticos que amenazan con postergar para siempre las aspiraciones democráticas y de prosperidad de los pueblos.

Acabamos de presenciar el bochornoso espectáculo denominado programa “Bolivia cambia, Evo cumple”, resultado de la hiperconcentración de las decisiones, de los proyectos y del dinero que se invierte. Esa es la manera más segura de dilapidar el dinero de los bolivianos, de postergar las obras y perpetuar las redes institucionalizadas de corrupción que operan desde el nacimiento del país, donde el modelo colonial, consistente en el saqueo y la expoliación no ha cambiado en lo más mínimo, salvo que ahora, los portadores del botín tienen facha de populacheros.

En realidad esa es la cuestión de fondo en todos los sucesos que hemos ido viendo en los últimos años, desde el cerco a Santa Cruz, la toma de Cochabamba, el caso Rózsa, el derrocamiento del prefecto de Pando y el golpe a decenas de autoridades elegidas democráticamente. Todo responde a una misma directriz que consiste en mantener incólume el centralismo que más allá de los rostros y colores que va cambiando con el tiempo, sigue siendo el mismo muro que impide el verdadero cambio de Bolivia.

En todo este caminar, es lamentable por supuesto, que los actores políticos que estaban con la responsabilidad de buscar los mínimos resquicios para ejercer la autonomía, hayan perdido el tiempo y en todo caso hayan bajado los brazos en una lucha que debe continuar. Lo más trágico ha sido haber fortalecido el centralismo, cediéndole competencias, recursos y espacios físicos que no fueron defendidos como correspondía.

Los estatutos autonómicos de Santa Cruz no solo representan las aspiraciones de una región, en ellos está contenido un largo proceso que aprobado por el 86 por ciento de los votos y que ha costado la sangre, la cárcel y la persecución de muchos bolivianos que consiguieron contagiar a todo un país que ahora se mantiene rehén de un régimen que busca la perpetuación de una vieja impostura de la humanidad que ha sido erradicada en aquellos países que optaron por la democracia, el humanismo, el equilibrio, la armonía del progreso y en definitiva el avance cultural y civilizatorio.

Tomado de eldia.com.bo

Búscanos en el Facebook

Artículos del autor