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Sobre la avaricia y la codicia

IVÁN ARIAS 

Nuestra vida cotidiana, privada y pública está siendo atacada, destruida y confinada a la nada por la avaricia. Las noticias que escuchamos aquí y allá tienen un común denominador: las ansias desenfrenadas de tener y mostrar poder. El enriquecerse a la rápida y a como dé lugar y el ufanarse del poder del dinero están minando nuestra vida y sus valores.

Uno de los siete pecados capitales es la avaricia que es una ansiedad desordenada y un deseo de poseer riquezas, dinero, prestigio y bienes materiales. Ésta es la raíz de todos los problemas de la economía nacional, de cualquier economía, no importa que hablemos de capitalismo, de comunismo o de la familiar.

Sobre los estados de la avaricia se ha escrito desde Aristóteles hasta nuestro tiempo. Ya en La Política el sabio griego señaló que la avaricia de la humanidad es insaciable al observar su entorno y percatarse de que siempre que se satisfacía un deseo, uno nuevo aparecía para ocupar su lugar. Lewis Lapman (1920) decía que no importa cuáles son sus ingresos, un número deprimente de americanos creen que si tuviesen el doble de lo que poseen, heredarían el estado de la felicidad que se les prometió en la Declaración de la Independencia. El hombre que percibe 15.000 dólares al año está convencido de que suprimiría sus penas si tuvieses solamente 30.000 dólares al año; el hombre con un millón al año sabe que todo iría bien si tuviese dos millones al año.

Como dice el bloguero Fran Carreira, la avaricia es algo contra lo que nadie ha legislado aún y tal vez debería haber alguna ley que luchase contra ese afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. Y no hay que luchar contra la parte del afán desordenado de poseer y adquirir riquezas, salvo por tratar de que no sea desordenado. Contra lo que hay que legislar es contra el hecho de que el único fin sea atesorarlas. Poseer y adquirir riquezas es una práctica razonable para estar tranquilo ante una eventual desgracia imprevista (que sea resoluble con dinero, que no todo lo es), pero más allá de ciertos límites, atesorar riqueza carece de sentido y utilidad y se vuelve absurdo.
En cierto modo, es como si la sociedad de consumo hubiera aumentado nuestros ingresos, y al mismo tiempo nos hubiera hecho más pobres. Por suerte, cada vez es más y más gente la que se va dándose cuenta de que no es más rico el que más tiene, si no el que menos necesita. La sociedad de consumo no es más que una necesidad impuesta por el entorno, y como necesidad adquirida que es, siempre podemos deshacernos de ella.

Y es que en nuestra sociedad los valores giran en torno a tres ejes: el tener, el placer y el anhelo de poder. La idea de ser una persona de éxito se mide a base de la posesión y ostentación de riquezas y bienes materiales, o al menos en dar la apariencia de que se poseen, así como en la supremacía que se ostente sobre instituciones, empresas y/o individuos.

Para satisfacer este deseo por adquirir o poseer se requiere dinero. Es éste el elemento que facilita que los deseos se lleven a cabo. Cuando el deseo es muy grande, el afán por conseguir dinero también lo es. Un individuo mentalmente sano puede controlar sus deseos o tal vez se plantee obtener mayores recursos con mayor trabajo, pero un individuo ansioso, que no obedece a la razón, sino a sus impulsos, hará lo que sea con tal de conseguir lo que anhela. Es aquí cuando se puede caer en la corrupción y la búsqueda del dinero fácil como una vía para obtener riqueza, es decir, cuando se pierde el dominio sobre uno mismo.

Durante el ejercicio de la función pública, el hecho de ver que algunos funcionarios tienen conductas en las que se aprovechan de ciertas situaciones, obteniendo ventajas económicas o de otra índole, motiva a otros a hacer lo mismo, sobre todo si estos últimos son débiles de personalidad o carentes de principios positivos. Sin embargo, la base de los Estados de avaricia está en la ignorancia humana que es considerada como la madre de todas las pasiones humanas, la causa para que el hombre realice verdaderas bestialidades. Como decía Nietzsche: la mayor pasión que tiene la humanidad es el amor por la ignorancia.


Finalmente, la codicia es el deseo excesivo por apropiarse de algo. Este vicio, que no tiene límites, anhela poseer lo que otro tiene. El ser humano nunca está satisfecho con lo que posee debido a que es codicioso por naturaleza. No importa cuánto posea, ni la cantidad o calidad de los bienes que tenga, siempre ambiciona más. Apenas consigue lo que deseaba cuando ya tiene algo nuevo para codiciar. La ambición del hombre y la codicia son motivos que dan lugar a la mayor parte de los crímenes voluntarios. Basta la codicia de un solo hombre en el Gobierno para que sirva de ejemplo y se extienda en cascada. Al respecto, el filósofo Lao Tse escribió: "No hay mayor error que consentir los deseos. No hay mayor desgracia que ser insaciable. No hay mayor vicio que ser codicioso. Quien sabe contenerse siempre estará saciado”.

Ciudadano de la República de Bolivia.

Tomado de paginasiete.bo

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