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La Cuba revolucionaria y las nuevas élites

H.C.F. MANSILLA

La constante mención positiva de la Revolución Cubana y de Fidel Castro en los discursos de los presidentes Evo Morales (Bolivia) y Hugo Chávez (Venezuela) y en las declaraciones de los movimientos radicales hace imprescindible recordar algunos hechos asociados a este fenómeno. Globalmente la historia de la Cuba castrista no es reconfortante, a pesar de la inmensa propaganda montada a favor de esta revolución. Desde el comienzo la economía cubana ha carecido de criterios realistas y de éxitos materiales.

Los gobernantes han fomentado decisiones irreales, pero autoritarias y perentorias, mientras que en los niveles inferiores se han extendido la negligencia y la apatía como normas diarias. La realidad cotidiana de la isla consistía y consiste en la desproporción entre las metas teóricas y los efectos prácticos, en el desorden habitual de la administración pública, en la pérdida de tiempo que significaba cualquier trámite para el ciudadano común y en las colas delante de las pocas tiendas y expendios existentes que aun no están dolarizadas.

Las privaciones, la desorganización de la vida pública, la muy manifiesta mentira oficial y el terror policial han fomentado una atmósfera de miedo: el que sienten los individuos atomizados frente a un Estado omnipotente. Los aparatos represivos (actualmente: 200.000 personas de los órganos paramilitares y policiales, sin contar al ejército regular, numéricamente uno de los más grandes del mundo) protegen a la población de todo pensamiento o acción pecaminosa y fortalecen el dogmatismo gubernamental.

La falta de normas legales bien definidas, el estilo carismático de los hermanos Castro y su horror a la institucionalización de procedimientos estatales y el mal funcionamiento de la economía en general han dado lugar, por un lado, a una anarquía legal, y por otro, al surgimiento discreto pero seguro de una nueva clase de privilegiados: gente mejor informada, con poder de decisión, con un nivel de vida más elevado que el promedio cubano, gente que, finalmente, no tiene que perder personalmente su tiempo en colas, trámites y asambleas laborales y que puede, por ende, hablar enfáticamente del "Hombre nuevo" y despreciativamente de los "problemas materiales". La "nueva clase" estatal se destaca por todas las características que son propias de élites extremadamente privilegiadas en sistemas totalitarios: su insolencia es enorme, porque su base material y su continuidad son muy precarias: dependen de los juegos aleatorios del poder supremo y del capricho impredecible del dictador.

En esta atmósfera de extremos la cúpula dirigente tenía que establecer todo un sistema dilatado de control social, resucitando viejos elementos masoquistas de la tradición ibero-católica. La consigna: "Revolución es sacrificio" (de 1969) tenía y tiene su función dentro del renacimiento del caudillismo más prosaico, fundido con un ensayo de modernización forzada y, al mismo tiempo, con las carencias cotidianas más evidentes. Así tuvo Cuba hasta 2006 a un pueblo de espartanos obligados, por un lado, y a un epicúreo como conductor (Fidel Castro), por otro, quien se daba el lujo de gobernar la isla autocráticamente y de hacer constantemente promesas que nunca fueron cumplidas. El pueblo está acostumbrado a callar y a obedecer. Fidel Castro encarna al último gran caudillo latinoamericano del siglo XX en la mejor tradición hispano-árabe, de índole paternalista-patriarcal, histriónica y extrovertida, de carácter patológicamente egocéntrico y megalomaníaco, con manifiestos elementos dinásticos. Y por todo ello bastante popular.

En este sentido es sintomática la concepción de democracia que tenía Ernesto Che Guevara. La debemos mencionar someramente porque mucha gente ingenua y desinformada cree aun hoy que Guevara, este santón moderno, poseía una concepción de socialismo más profunda, humana y original que la de los hermanos Castro y el aparato del partido. Socialismo no significaba para Guevara la democracia de los producentes o la posibilidad del debate libre en las bases, sino primordialmente el reemplazo exhaustivo del mercado por el plan, al cual él atribuía cualidades casi mágicas ─ pero no explicitadas ─ de democratización total.

En su intento de acabar con todos los fenómenos de alienación, los que según Guevara, están indefectiblemente ligados a la prevalencia del mercado, él patrocinó abiertamente la identificación total de los intereses individuales y los estatales, la subordinación de la libertad ciudadana bajo la voluntad gubernamental y la supresión definitiva de toda elección entre contendientes políticos. Toda relación de dominio y dependencia dentro del sistema socialista sería, según Guevara, resuelta o, mejor dicho, diluida en la gran comunión de intereses entre la jefatura y el pueblo. Fue Guevara quien resucitó un viejo precepto de Stalin y que lo solía citar positivamente: "Los cuadros deciden todo y siempre tienen razón". La organización propuesta por Guevara era un sistema de planificación altamente centralizado y absorbente, típico de la era estalinista, dentro del cual todos los órganos de mando se hallaban en el vértice del aparato estatal, enteramente libres de todo control popular. Las cosas no han variado mucho desde entonces.

Como se sabe, la gestión de Guevara fue un fiasco total y Castro lo destituyó prontamente (1965). Pero ha persistido el rechazo de todo organismo que pueda reducir y fiscalizar las instancias superiores del partido y del Estado. Castro calificó el parlamento, la libertad de prensa y las elecciones como meros "anacronismos", que ya no estarían a la altura de las nuevas técnicas estatales para la movilización de masas. El "máximo líder" aseveró que el pluripartidismo constituye una pluriporquería. Desde entonces la esfera política no cambió mucho. Y eso es lo preocupante: en algunos países del antiguo mundo socialista (China, Vietnam, Cambodia, Laos y ahora Cuba) se vislumbra un "nuevo" modelo social, que parece consistir en totalitarismo político unido a un cierto liberalismo económico, que favorece otra vez a una élite convencional.

*Filósofo, cientista político y escritor

Tomado de eldia.com.bo