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Chile: por un par de dólares más

AXEL KAISER 

El ideal del capitalismo, explicó Max Weber, es el del sujeto honrado y digno de crédito. Lamentablemente, poco o nada hay de ese tipo de reflexiones en el análisis económico actual, dominado por una visión de corte materialista y reduccionista que concibe la economía y su operación como si se encontrara absolutamente desconectada de una profunda dimensión ética. La verdad, sin embargo, es que la confianza en el otro, el cumplimiento de la palabra empeñada, el honor y la perseverancia, el amor por el trabajo bien hecho y el respeto por la propiedad del otro son valores sin los cuales el mercado no solo deja de funcionar, sino que pierde su legitimidad moral como sistema.

Por eso es tan grave lo que ha ocurrido en casos como la Polar y Cascadas. Por un par de dólares más, los pocos hombres de negocios y empresarios responsables de estos escándalos han contribuido, en el peor momento imaginable, a tender un manto de sospecha sobre todos sus colegas y de paso a nutrir el arsenal de aquellos que quieren sofocar el sistema de libre empresa en Chile. Algunos hemos estado dispuestos a defender ese sistema en un país en que hablar de libertad y lucro se ha convertido en una herejía. Y lo hemos hecho porque creemos tener una responsabilidad para con nuestros conciudadanos, especialmente con los más pobres, y porque nos asiste la convicción de que el camino de la libertad individual, de la solidaridad voluntaria, de la buena fe y del respeto por la propiedad ajena, es el único que nos permitirá salir adelante y dejar una sociedad mejor para las nuevas generaciones. Pero todo tiene un límite.

El liberalismo no es la defensa de ciertas personas, intereses o empresas, sino de valores e ideas. Los mismos valores e ideas que una minoría inescrupulosa —conocida en la Polar y aun por determinar en el caso Cascadas— ha decidido aplastar en una muestra de codicia casi patológica que por cierto nada tiene que ver con la sana ambición del empresario bien inspirado cuya riqueza deriva de la creación de valor y no del engaño o de la captura del Estado.

Se podrá decir que en todo esquema de libertad existe la posibilidad de abusar de ella. También se podrá argumentar que desde el Estado muchos políticos y funcionarios públicos desfalcan aun más a los ciudadanos que los privados. Pero esas excusas son insuficientes. En un país como Chile, pocos tienen expectativas en torno a que los políticos y burócratas hagan un buen trabajo y menos aun esperan que sean demasiado honestos. Tampoco la posibilidad de abusar de la libertad defiende sin más las instituciones que la garantizan.

Chile no es EE.UU. Aquí el liderazgo empresarial es homogéneo y pequeño y el chileno se relaciona casi personalmente con él mediante la prensa y los servicios y bienes que este provee. Por eso el estándar de conducta esperada para mantener la legitimidad del sistema es mucho más alto y el margen de error y de inmoralidad mucho más limitado. Además, mientras enEE.UU. hay tribunales que funcionan aplicando penas severas a quienes defraudan, en Chile eso no ocurre del mismo modo. Todo lo anterior implica que quienes son la cara más visible del éxito que permite nuestra institucionalidad favorable a la libre empresa, no solo deben actuar con ejemplar rectitud en los negocios que hacen, sino que también deben abogar por la libertad para competir y, más importante aún, sacar la voz condenando los desaguisados de sus pares. De lo contrario queda la impresión de que todos tienen “tejado de vidrio”, lo cual es nefasto para la legitimidad del mismo sistema que les ha permitido enriquecerse y es además injusto para esos miles de empresarios y trabajadores que desempeñan su labor de manera honesta y no pocas veces heroica.

Ya es suficientemente peligrosa la cortoplacista actitud de muchos empresarios, denunciada con toda razón por Sebastián Edwards, de pretender beneficiarse del sistema de libre empresa sin comprometerse con su defensa a nivel de ideas. Pero no estar dispuestos a incomodarse por defender públicamente el honor y la reputación de su rol en la comunidad supera lo que una elite con estándares mínimos de credibilidad puede exigir al resto.

La libertad es como la salud: no se aprecia hasta que se pierde. Por eso todos debemos cuidarla y defenderla día a día. Los líderes empresariales, que sin duda han hecho una gigantesca contribución a la prosperidad del país, deben asumir el costo de corto plazo que implica defender públicamente la decencia sobre la que descansa una institucionalidad de libertades como la actual. Nadie dice que sea fácil, ¿pero acaso fue fácil sacar a Chile del pantano tercermundista-estatista en el que se encontraba para convertirlo en un modelo de desarrollo de categoría mundial? ¿Se ha olvidado buena parte de nuestra elite empresarial del sacrificio y trauma que implicó llegar a donde estamos e incluso del esfuerzo que esta misma hizo para ayudar a sacar a adelante a este país? ¿Es que no ven la advertencia que está dando el tono populista que han tomado las candidaturas presidenciales sobre lo que nos podría pasar si toda esta desconfianza en la libertad, el emprendimiento y la empresa privada se siguen profundizando?

Es demasiado lo que está en juego como para dejar que se vaya todo al hoyo por la inmoralidad de unos pocos. Llegó la hora de reaccionar. Los chilenos y chilenas esperan más de su élite empresarial que la indignación de salón o los reclamos a puertas cerradas. Si estos no dan el ancho frente al público en materia de credibilidad y no defienden los principios fundamentales que sustentan nuestro sistema de libre emprendimiento, en particular los de competencia justa, honestidad y creación de valor, habrá quienes se encarguen de que la falsa idea según la cual todos están dispuestos a abusar y a engañar por un par de dólares más, se extienda como la gangrena en la sociedad. Y eso, en un país en que ya casi nadie confía en las instituciones, terminaría siendo un pésimo negocio.

Axel Kaiser es Director Ejecutivo de la Fundación para el Progreso (Chile).

Tomado de elcato.org

Este artículo fue publicado originalmente en El Mercurio (Chile) el 5 de noviembre de 2013.

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