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Hacia la generación de valor público

IVÁN ARIAS 

En todas partes se da por hecho que el empleado público es un zángano e improductivo, que sólo espera su salario al final de mes y que durante los 30 días se dedica a rascarse las guayabas.
En parte, esta apreciación no se aleja de la realidad. En la asistencia técnica sobre "Generación de valor público a partir de la gestión pública” busco sentar las bases para revertir esta situación, que no debería ser así.

Entre las varias bibliografías y metodologías que empleo, en esta oportunidad quiero compartir con usted, estimado lector y lectora, los elementos que da Patrick Lencioni, un consultor de negocios, sobre "Las tres señales de un trabajo miserable”.
En todo caso, un trabajo miserable no es lo mismo que un mal trabajo. Es un trabajo que hace que el empleado esté frustrado y desmoralizado al finalizar su horario laboral, lo que le quita entusiasmo, energía y autoestima.

El síndrome del cubículo crónico o síndrome del "quemado” lo padece gran cantidad de empleados en la actualidad, caracterizados por desmotivación e insatisfacción. Un trabajo es bueno o malo, dependiendo de la perspectiva de quien lo mire, de acuerdo con sus necesidades: salario, prestigio, horario, responsabilidades, tipo de trabajo, etcétera. Un trabajo miserable hace a la persona perder su entusiasmo y autoestima, la convierte en derrotista y pierde la pasión.

Según Patrick Lencioni, las tres señales de un trabajo miserable son:
1. Anonimato: los empleados perciben que su superior no tiene interés en ellos como individuo, al demostrar poco conocimiento de su vida, aspiraciones e intereses. Es la sensación que tiene un empleado cuando su jefe no tiene ningún interés en conocerlo, saber dónde vive, cuáles son sus aspiraciones, etcétera.
Cientos de jefes parten de la idea de que tienen máquinas, animales de trabajo y que el cargo, por supuesto ocasional, les permite no sólo maltratar, sino ignorar a las personas y sus circunstancias. Los argumentos para justificar este desprecio son varios, como la falta de tiempo, el no confundir el trabajo con la vida personal, o simplemente asumir que uno da órdenes y el resto debe obedecer.
Se nos olvida que también estuvimos alguna vez en lo más bajo de esta cadena. Que tu jefe no sepa ni cómo te llamas o cuál es tu función es la mejor demostración de que estás en un sitio donde se cumple la primera regla de un trabajo miserable.

2. Ausencia de medición: es un error el creer que la gente no tiene ganas de superarse y de alcanzar desafíos, porque son personas conformistas y borregos a los que sólo hay que arrear. Por ello en casi todas las instituciones no existen indicadores de desempeño ni objetivos claros que permitan a los empleados evaluar su éxito, fracaso o contribución. Generalmente, los trabajadores reciben opiniones subjetivas de sus supervisores. La palabra original es "inmeasurement”. El empleado no sabe qué tan bueno es su trabajo o contribución.
Es importante medir el trabajo cada día, cada semana o cada mes. No dejar al empleado con percepciones subjetivas de progreso. Ponerse metas y resultados es central, porque sólo ello permite evaluar y crecer todos juntos. Así lograremos que los empleados muestren sus capacidades y conocer sus inquietudes para mejorar en los aspectos que requieran. Esto por supuesto obliga a tener una comunicación fluida y asertiva con su supervisor, mediante la cual se pone en claro sus necesidades, motivaciones e intereses.

3. Irrelevancia: el empleado siente que no deja huella ni crea una diferencia en la vida de otros, ya sean ciudadanos, clientes, jefe, compañeros de trabajo. El empleado no sabe cómo su trabajo hace una diferencia en la vida de otros.
Los empleados necesitan saber que el trabajo que hacen impacta a otras personas. Los jefes no deben partir de la idea de que la gente sabe el norte y la importancia de las labores particulares. El empleado necesita saber que el trabajo que hace es importante para otros. Si el empleado no ve la conexión entre su trabajo y el valor que le da la sociedad no se sentirá satisfecho y se remitirá sólo a cumplir, y a veces siempre mal, sus limitadas funciones. Incluso los trabajadores más cínicos necesitan saber que su trabajo le importa a alguien, si no es la sociedad, por lo menos a su jefe.

Así es que si usted, jefe o empleado, pregúntese si está o no en un trabajo miserable donde se destruye la moral y se incrementan las contrataciones, los proyectos sin norte ni fin y donde uno es sólo una ficha, un objeto, no un sujeto, un habitante, no un ciudadano.
En todo caso, ¿dónde reside la fuente para la probable cura a este mal endémico? Está en las manos de una sola persona: el jefe inmediato. Está más que demostrado que la relación del empleado con el jefe inmediato es un factor determinante en el nivel de satisfacción del empleado, independientemente del sueldo, beneficios, etcétera.

Iván Arias Durán es ciudadano de la República Plurinacional de Bolivia.

Tomado de paginasiete.bo

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