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¿Cuál capital?

petrolera-400x300HANA FISCHER 

¿Por qué hay pobres en el mundo? Esta pregunta deriva naturalmente en esta otra: ¿Por qué en algunos países la prosperidad es visible por doquier, mientras que en otros, la miseria se extiende por amplias capas de la sociedad?

Estas son interrogantes que muchos se hacen. Sin embargo, son pocos los que buscan respuestas analizando con rigor y en profundidad, las causas de tales realidades.

Aquellos que no le han dedicado ni un minuto de reflexión a este tema, suelen escandalizarse y exclamar: “¡Cómo pueden haber tantos pobres en el mundo cuando en ciertos lugares abunda la riqueza!”

Como esta visión está tan extendida, consideramos que para comprender por qué hay tantos pobres, hay que comenzar por analizar el concepto de “riqueza”.

¿Qué es la riqueza? Para la gran mayoría de las personas, un país es “rico” cuando cuenta con abundantes recursos naturales. Pero ocurre, que en muchas naciones “bien dotadas” por la naturaleza, una gran proporción de su población vive en forma miserable. Los ejemplos para probar esta afirmación abundan. Sólo para nombrar unos pocos, señalaremos a Venezuela, Argentina o el Congo.

Frente a esas realidades que saltan a la vista, muchos pseudointelectuales suelen recurrir a la siguiente falacia: “La pobreza generalizada en los países que poseen cuantiosas riquezas naturales, se origina en la expoliación de la que son objeto por parte de los países ricos”.

A veces asombra cómo esta explicación falaz despierta tantas adhesiones, cuando es tan fácil demostrar que esto no es así. Simplemente pensemos que desparecen los países pobres, ¿dejarán por ello de existir las naciones opulentas? O, analicemos esta otra variante: ¿Si no hubiera países ricos, por ese simple hecho, las naciones subdesarrolladas dejarían de serlo? Es obvio que la respuesta a estas dos interrogantes, es que no. Pero ya se sabe, que los que recurren a las falacias no tienen interés en razonar correctamente y por eso apelan a las emociones, a lo que es psicológicamente persuasivo.

Por otra parte, no hemos analizado aún lo esencial. ¿Qué es la riqueza? Los denominados recursos naturales, per se, ¿pueden ser considerados como “capital natural”?

Aunque muchos se extrañen por lo que vamos a afirmar, la respuesta es que no. A no ser que consideremos como “riqueza” al aire, los alimentos que la naturaleza nos ofrece en forma silvestre o el agua. En pocas palabras, la sobrevivencia en base a la caza y la pesca. Es indudable que casi nadie consideraría esos recursos naturales como “capital”. En consecuencia, la naturaleza no produce riqueza. De ahí se sigue, que el estado “natural” de la humanidad, es el de pobreza generalizada.

El siguiente ejemplo ilustrará con claridad lo que queremos expresar: Antes de que se inventara el motor a explosión, el petróleo era simplemente una maldición. Cuando un granjero hacía un pozo profundo en busca de agua, y por la tubería comenzaba a salir ese líquido oscuro, aceitoso, y que para colmo de males, prendía fuego con facilidad causando grandes incendios, podemos imaginar el fastidio que debe haberle dado.

Lo que convirtió un producto agreste como es el petróleo en “capital natural”, fue la inventiva del hombre. Es decir, que la riqueza no es algo “dado”, sino que es fruto de la actividad intelectual humana. Es “creada” por un individuo concreto. Los minerales y las tierras fértiles no serían nada, si la creatividad, genialidad o inspiración súbita de una persona específica no hubiera tornado esos elementos —en principio sin valor—en algo cotizado, gracias al invento de un producto cultural.

Y esta perspectiva nos lleva a analizar otro tipo de capital, al que muchos le atribuyen la riqueza o pobreza relativa de las naciones. Nos estamos refiriendo al denominado “capital humano”. Es un activo intangible, cuya base es la formación de la población. Su valor sube o baja, de acuerdo al nivel de educación, destreza o experiencia de las personas involucradas en la producción.

En un artículo publicado por Gary Antonio Rodriguez, el autor se maravilla que Israel —siendo un país tan pequeño— sea líder mundial de empresas “startup” (innovación y tecnología) junto con EE.UU. y China. Y que además, sobresalga en número de empresas que —no siendo estadounidenses— cotizan en el Nasdaq. Desde su punto de vista, el “secreto” de tal realidad reside, en que “la educación de su gente es obligatoria, así como el aprendizaje del inglés”.

No hay duda que el “capital humano” es un muy relevante, como factor de creación de riqueza. Pero nos parce que en la educación obligatoria, concepto en el cual está implícita la idea de la intervención del Estado en el sistema educativo, no está la clave del bienestar general. De ser así, Uruguay y Argentina serían unas potencias. En nuestra opinión, la fuente de la opulencia de las naciones es el "capital social", concepto que pasaremos a aclarar a continuación.

Nosotros concebimos al “capital social”, como las pautas culturales de un pueblo cuyos fundamentos son la ética del trabajo y el ahorro. Parafraseando a Francis Fukuyama, lo definiríamos como “la expectativa que surge dentro de una comunidad de comportamiento normal, honesto y cooperativo, basada en normas comunes, compartidas por todos los miembros de dicha comunidad”. El resultado es un ambiente de confianza que impregna las relaciones sociales.

Además, la ética mencionada promueve el fortalecimiento de ciertos valores morales muy específicos, que son transmitidos por las familias de generación en generación. Entre ellos sobresale, un aprecio muy acentuado por la autonomía económica. La consecuencia es, que la reputación personal es considerada un valor enorme. Eso que antiguamente se denominaba “cuidar el buen nombre”. Simultáneamente, esa cultura compartida hace que la población apoye las instituciones, que tienden a limitar el poder gubernamental en forma efectiva.

Desde nuestra perspectiva, no todas las naciones cuentan con este patrimonio. Por lo menos no, de acuerdo a lo que nosotros entendemos por “capital social”. Y si una sociedad carece de ese acervo moral y cultural, de nada sirven los contratos ni las leyes, porque serán olímpicamente ignorados. Tampoco los recursos naturales ni que la población sepa leer y escribir.

En conclusión, la riqueza es hija de valores intangibles, fundamentalmente del “capital social”, tal como nosotros lo hemos definido. Las naciones que lo poseen, son las que han asombrado al mundo con sus “milagros” económicos. Y ahí reside la clave para comprender, por qué algunas naciones son ricas… y otras miserables.

Hana Fischer es analista política uruguaya.

Tomado de elcato.org