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La fuerza más poderosa del universo

ALFREDO BULLARD 

Cuando un rey en la India, maravillado por el ajedrez, descubrió que había sido inventado por Seta, uno de sus súbditos, este quiso recompensarlo. Seta le contestó que se conformaría con que colocara un grano de trigo en el primer casillero del tablero de ajedrez y que duplicara en cada casillero la cantidad del anterior. De tal forma que en el segundo colocaría 2, en el tercero 4, en el cuarto 8 y así hasta completar los 64 casilleros del tablero.

El rey se sorprendió de un pedido tan modesto. Sin embargo, luego descubrió que el pedido significaba más de 18 trillones de granos y que para almacenar esa cantidad se requerían 12.000 km3. Por otro lado, si se usara un granero de 4 metros de alto y 10 metros de ancho, su longitud habría tenido que ser de 300’000.000 km, o sea, el doble de la distancia que separa la Tierra del Sol. Como es natural, el rey nunca pudo cumplir su promesa.

Una vez le preguntaron a Albert Einstein cuál era la fuerza más poderosa del universo. Este contestó, pues, que era el interés compuesto. Cuando debes dinero el interés compuesto se aplica como el pedido de Seta, no solo al casillero inicial, sino a la cantidad incrementada. El carácter compuesto del cálculo convierte el efecto bola de nieve en un huaico avasallador.

Hace unos días el profesor Robert Cooter de la Universidad de Berkeley y, además, uno de los representantes más importantes en el mundo del análisis económico del Derecho inició la conferencia de incorporación como profesor honorario de la Universidad del Pacífico citando a Einstein, pero para referirse a una fuerza más poderosa aún: el crecimiento compuesto de los países.

Si el Perú creciera a la tasa de 5% anual, esta tasa se aplica también al crecimiento del año anterior, y este al de más atrás (como los casilleros de ajedrez). El resultado sería que en 100 años nuestra economía sería de 131 veces el tamaño de la actual. Y si la tasa fuera del 10%, creceríamos casi 14.000 veces. Ello equivale a tener un sueldo de mil dólares y pasar a ganar 14 millones.

Uno de los crecimientos más espectaculares en un siglo es el que convirtió a EE.UU. en una potencia mundial. Ese crecimiento se produjo a la modestísima tasa de 2% anual y “solo” multiplicó el tamaño de la economía de dicho país por 7 veces en 100 años.

Como bien explicó el profesor Cooter, con las tasas actuales de crecimiento del mundo, reducidas por las crisis recientes, el futuro es mucho más promisorio del que tenía EE.UU. hace cien años. Solo hay razones para ser optimista. Me comentó, luego de su conferencia, que solo algo tan trágico como el impacto de un meteorito gigante contra la Tierra podría poner en riesgo un futuro tan promisorio.

Pero la verdadera pregunta es qué explica el disparo del crecimiento. La respuesta es simple: la innovación. Innovaciones de todo calibre, muchas que revolucionaron la tecnología, otras solo mejoraron el proceso de una pequeña empresa, aumentaron la productividad global y empujaron el crecimiento compuesto de manera exponencial. ¿Pero acaso las generaciones anteriores no eran igual de inteligentes y creativas? Es probable que sí. Pero las ideas sin capital no pueden rendir frutos.

Para que la gente con ideas y sin dinero consiga que las personas con dinero pero sin ideas les entreguen capital, se requiere confianza. Esa confianza fue generada por el Derecho, que creó contratos sofisticados, derechos de propiedad y estructuras corporativas (la más importante la sociedad anónima) que permitieron a los capitalistas confiar en los innovadores. Hoy invertimos en empresas sin saber nada de los negocios que hacen porque hay reglas legales que protegen la confianza de inversionistas e innovadores. Con ello conseguimos convertir todos los días ideas en resultados prácticos. Como dice el informático estadounidense Alan Kay, “la mejor manera de predecir el futuro es inventarlo”.

Alfredo Bullard es un reconocido arbitrador latinoamericano y autor de Derecho y economía: El análisis económico de las instituciones legales. Bullard es socio del estudio Bullard Falla y Ezcurra Abogados.

Tomado de elcato.org

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