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La moralidad del capitalismo

ciudadcapitalistaAXEL KAISER Sin lugar a dudas uno de los fracasos más evidentes del mundo liberal ha sido la incapacidad de explicar de manera persuasiva la profunda moralidad que subyace al capitalismo .La prueba más clara de que se ha avanzado poco en esta materia es el hecho de que el concepto “capitalismo” en sí se encuentra cargado de una connotación de inmoralidad que lleva a un rechazo irreflexivo por parte de millonesde personas.

En parte, esto se debe a que este concepto, como recuerda Tom Palmer, ha sido acuñado por los enemigos y no por los partidarios de la libertad, siendo desde un inicio vinculado con la idea de abuso. Sus abundantes detractores, como es sabido, se han encargado de que este manto de inmoralidad no se desvanezca a pesar del irrefutable éxito del sistema capitalista en sacar de la miseria a miles de millones de personas; en incrementar su libertad a niveles sin precedentes en la historia mundial; en abrir camino a la democracia moderna y en haber contribuido, sin lugar a dudas, a generar un sostenido declive de la violencia, permitiendo así que hoy vivamos en la sociedades más pacíficas desde que el hombre habita este planeta1.

Contrario a lo que se suele pensar, esta derrota moral del capitalismo no ha sido obra de las mayorías, sino de élites intelectuales. Como bien ha explicado Friedrich Hayek, son los intelectuales, desde sus oscuras cátedras universitarias y publicaciones generalmente desconocidas, quienes desarrollan las ideas que pasan a formar gradualmente parte de la opinión de las mayorías, defi niendo de esta manera el curso de la evolución social. En palabras de Milton Friedman, un cambio en la política económica es siempre precedido por un giro en el clima de opinión intelectual.

Nada puede ser, por lo tanto, más peligroso para la causa de la libertad humana que atribuir el sustancial incremento del tamaño de los estados occidentales y el correspondiente deterioro del capitalismo en el último medio siglo a leyes históricas o económicasinsoslayables. Pues, como se ha dicho, la expansión estatal que ha llevado a la profunda crisis económica actual –y que con alta probabilidad llevará a una crisis aún mayor en el futuro–, ha sido fundamentalmente el resultado de una derrota filosófica y no de leyes sociológicas o económicas inevitables.

Estados Unidos, la tierra por excelencia del capitalismo y la cuna de la democracia moderna, representa el ejemplo más emblemático de que Friedman y Hayek tenían razón cuando advirtieron que el problema que enfrentamos es de naturaleza principalmente intelectual.
Hasta que la ideología progresista comenzara a tomar cuerpo a principios del siglo pasado, el gasto total del Estado norteamericano no representaba más del 6% del Producto Interno Bruto (PIB) incluyendo gobiernos locales, estatales y el gobierno federal. Hoy, tras setenta años de hegemonía progresista, el Estado consume más de un 40% del PIB, mientras el poderdel gobierno federal alcanza niveles que los padres fundadores habrían considerado enteramente incompatibles con la libertad personal que tanto se empeñaron por proteger. Solo la expansión de la productividad capitalista ha impedido que el sistema colapse definitivamente. Pero la resistencia de este sistema, anclado en una serie de instituciones como el estado de derecho, una fuerte sociedad civil y la democracia liberal, está mostrando claros síntomas de fatiga producto del intervencionismo estatal. Es más, nunca en la historia norteamericana la sociedad civil ha estado más debilitada que hoy2. Al mismo tiempo, la ideología progresista ha llevado a una degradación del estado de derecho que amenaza por primera vez con destruir los fundamentos de la prosperidad y libertad norteamericanas3.

Incluso intelectuales de izquierda, como es el caso del Nobel de economía Joseph Stiglitz, han llegado a concluir que el vasto Estado norteamericano y su sistema político se encuentran capturados por grupos de interés que extraen beneficios de la mayoría, llevando así a una creciente desigualdad de la que el mercado no puede ser culpado4.

En pocas palabras, como han planteado en un elocuente artículo sobre esta materia el Nobel de economía Edmund Phelps y el académico Saifedean Ammous, el modelo capitalista en Estados Unidos –y ciertamente también en el resto de Occidente– ha sido corrompido por la expansión estatal transformándose en un sistema de tipo corporativista-fascista al estilo de la Alemania de Bismarck en el siglo XIX o de laItalia de Mussolini en el siglo XX5. Esta gran degeneración, como la ha llamado el profesor de Harvard Niall Ferguson, confi rma que la batalla por el conjunto de instituciones y valores que permiten la existencia del capitalismo liberal es esencialmente una detipo filosófico, particularmente de filosofía política.

Como insistiera Hayek, el rol del filósofo político es hacer políticamente posible aquello que se cree imposible, pues es él quien imagina y justifica las posibilidades del orden social. Y para ello este debe responder necesariamente a la pregunta en torno a la justicia, es decir, a la moralidad del sistema económico. Este libro atiende a esa pregunta proponiendo una respuesta que se opone a la progresista al rescatar los fundamentos éticos del sistema capitalista.

La obra que el lector tiene en sus manos hace un aporte fundamental en tiempos en que el capitalismo se encuentra, no solo cuestionado intelectualmente como no lo ha estado desde tiempos de la Guerra Fría, sino también severamente desnaturalizado por la expansión del poder estatal. Se trata entonces de un libro urgente que permite entender, como pocos, en qué consiste el alma del capitalismo y por qué no hay una alternativa moralmente superior. Al lector le quedará claro, tras estudiar este conjunto de profundos ensayos, que no hay otro sistema que haga de la libertad y responsabilidad de los seres humanos, de su capacidad de solidaridad espontánea, de la honestidad y el respeto mutuo, de la pasión por el trabajo bien hecho y de la colaboración pacífica entre personas, su eje valórico. El liberal –y los autores de este libro lo son– promueve precisamente ese conjunto de valores.

Ahí donde el estatista ve egoísmo desmesurado y un juego de suma cero en el que unos ganan porque otros pierden, el liberal encuentra el deseo de unos miembros de la comunidad de colaborar pacíficamente con otros miembros de la comunidad en la satisfacción de sus necesidades generando una mejora en las condiciones de vida de todos. Ahí donde el estatista muestra una concepción empobrecida del hombre que concibe la bondad como realización a través del poder estatal y entiende la solidaridad como la confiscación y redistribución violenta de los frutos del trabajo de las personas por parte del poder político, el liberal, que desconfía de los poderosos y pone su fe en el hombre común, entiende la solidaridad como un acto de generosidad espontáneo del espíritu humano que se materializa a través de la filantropía. Y ahí donde el estatista ve personas incapaces de salir adelante por sus propios medios transfiriendo la responsabilidad de la superación personal nuevamente al poder político, el liberal confía en el poder creativo del individuo y en su potencial para salir adelante incluso en las condiciones más duras.

El liberal, en pocas palabras, reconoce que cada persona es el artífi ce de su propia prosperidad y felicidad  en un marco complejo de colaboración con otros. El estatista, en cambio, concibe el progreso como la obra de expertos dirigiendo los destinos ajenos desde el poder estatal mediante la coerción. Al defender el capitalismo, el liberal se pone del lado del hombre común y de su libertad. Al atacarlo, el socialista se pone del lado de los poderosos y del control de estos sobre la vida de los demás. No es una exageración sostener que, en la práctica, la ética que fundamenta el capitalismo es la única que permite considerar a cada ser humano como un fin en sí mismo, esto es, como un ser único cuyos derechos no pueden ser aplastados por intereses políticos o privados disfrazados de bien común. Es por eso que el capitalismo se convierte en una condición necesaria para la libertad integral. Y es por eso también que en cada parte del mundo donde este ha sido destruido por ideologías colectivistas,la libertad ha desaparecido totalmente junto a él.

Si hay algo que enseña la historia es que solo un sistema que reconoce en cada persona un sujeto titularde derechos anteriores a todo poder político y un agente capaz de perseguir sus fines con medios propios, puede al mismo tiempo dar curso al libre despliegue de las fuerzas espontáneas responsables del progreso humano. El potencial de ese progreso, del que depende finalmente la vida de cada uno de nosotros, está así inseparablemente ligado al destino del sistema capitalista, y este último, a su vez, depende estrechamente de esfuerzos intelectuales como el que el lector podrá apreciar en las siguientes páginas.

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