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Inflación: si van por los costos insisten en el error

ROBERTO CACHANOSKY 

Ni Capitanich ni Kicillof han hecho declaraciones sobre cómo piensan resolver los problemas que tienen la economía. Sobre el tema inflación no se explayaron demasiado pero dieron a entender que van a trabajar analizando la cadena de costos y los márgenes de ganancias de las empresas. En rigor esto es lo que hizo Moreno y fracasó. ¿Y por qué fracasó Moreno y fracasaría Kicillof y Capitanich si insisten en seguir el mismo camino? Aquí va la respuesta.

En primer lugar, los precios no son otra cosa que la expresión de las valoraciones que la gente le otorga a los bienes y servicios que se ofrecen en la economía. Sabemos que los recursos son escasos y las necesidades son ilimitadas, por lo tanto la gente elige, de acuerdo a sus necesidades, a qué bienes les otorga más valor y a cuáles menos. Definida esa escala de valores asigna sus recursos. Esto quiere decir, compra o deja de comprar.

Obviamente que el valor que cada consumidor le otorga a cada bien y servicio que se ofrece en la economía es subjetivo, esto quiere decir que unas cosas tienen más valor para unas personas y menos para otras. Como decía recién, esas valoraciones que hacen los millones de consumidores de los bienes y servicios se transforman en los precios del mercado junto con la oferta. Los precios de los bienes y servicios son expresiones de valoraciones subjetivas. Cuánto dinero está dispuesta a pagar la gente por determinado bien o servicio. Típico ejemplo de curso de economía: ¿cuánto pagaría una persona sedienta por un vaso de agua en el desierto y esa misma persona en su casa con agua potable abundante?

Esto nos lleva al primer problema de los controles de costos que implementaría el gobierno para frenar la inflación. Aquí hay un error conceptual. No son los costos los que determinan los precios, sino que son los precios los que determinan los costos en que puede incurrir una empresa. Si yo contrato a 50 secretarias para mí solo, me desplazo en helicóptero, alquilo un edificio entero en el lugar más caro de Buenos Aries para hacer mis análisis económicos y otras excentricidades, luego sumo los costos y le agrego mi ganancias, termino pidiendo por cada conferencia U$S 1 millón que nadie va a estar dispuesto a pagar. ¿Cómo calculo los costos? Veo cuánto está dispuesto a pagar por mis conferencias el mercado y ese precio por la cantidad de conferencias que me contraten determinará mis ingresos, que definirán los costos en los que puedo incurrir.

Puesto en otras palabras, los costos en los que puedo incurrir los determinan mis clientes. No yo. Lo mismo pasa con todos los bienes y servicios de la economía. Los costos de producción en que pueden incurrir las empresas los determinan los consumidores cuando definen qué precios están dispuestos a pagar por cada producto. Y cuando digo los costos en que pueden incurrir las empresas los definen los consumidores me refiero a los salarios, los insumos, etc. Por eso, pretender controlar los costos para regular las utilidades es un error conceptual profundo dado que supondría que un señor sentado en un escritorio conoce qué valor le otorga cada uno de los 40 millones de consumidores a cada bien y servicio y, por lo tanto, qué precios está dispuesto a pagar por cada producto.
Si a esto se le agrega el control de la rentabilidad de las empresas, el panorama se complica más.

Primero porque no es lo mismo hundir una inversión en un país sin respeto por los derechos de propiedad e incertidumbre en las reglas de juego, que en otro en el cual la propiedad privada y la calidad institucional es respetada. La tasa de rentabilidad que se le pide a una inversión en un país con alto riesgo institucional siempre va a ser mayor a la que se le pide a una inversión con bajo riesgo institucional. ¿Cómo determina un funcionario cuál es la tasa de rentabilidad adecuada? Comparar con países con calidad institucional no es correcto. ¿Qué referencia tomarán para decidir si una empresa gana más de lo que él considera correcto?

Por otro lado, las rentabilidades extraordinarias que surgen de la competencia son el indicador para asignar los recursos productivos. Cuando una empresa logra tener utilidades más altas que el promedio de la economía, sin restricciones a la competencia, es porque descubrió una necesidad insatisfecha de los consumidores. Mejoró la vida de la gente al invertir en ese nicho no explotado. Si el Estado no impide el ingreso de nuevos competidores al mercado, habrá más inversiones compitiendo con la empresa que obtiene utilidades extraordinarias, crece la oferta, bajan los precios y se reduce la rentabilidad extraordinaria hasta igualar al resto de los sectores de la economía. El que llega primero obtiene una utilidad extraordinaria, hasta que llegan los competidores y le quitan mercado, reducen precios y rentabilidad.

Eliminar este punto de referencia que es la rentabilidad de las empresas es dejar sin rumbo a los inversores. Nadie sabe dónde invertir y se frena el crecimiento, la creación de nuevos puestos de trabajo y los salarios reales no crecen o decrecen. Si se elimina este proceso de descubrimiento para saber qué demanda la gente, la economía va a producir cosas que la gente no quiere o no las considera prioritarias. Esto quiere decir ineficiencia económica y dilapidación de los recursos productivos.

El problema inflacionario no está entonces por el lado de los costos y de la tasa de rentabilidad de las empresas. El problema está en la expansión monetaria que hace el BCRA para financiar al tesoro destruyendo el poder adquisitivo de la moneda y generando lo que comúnmente se conoce como inflación, que más que una suba de precios es una pérdida en el poder adquisitivo de la moneda generada por el mismo Banco Central.
Pero claro, para frenar la inflación hay que meterse con el gasto público y eso es un sacrilegio de acuerdo a la ideología imperante en el gobierno. Combinar expansión monetaria con controles de precios es la fórmula ideal para llevar la economía al desabastecimiento, el cierre de plantas, aumento de la desocupación y caída del salario real.

La opción es muy clara. O aceptan que se acabó la fiesta de consumo artificial y giran 180 grados o terminarán deprimiendo aún más la actividad económica profundizando el desabastecimiento y la mala calidad de los productos que hoy compramos los argentinos, con el agravante que el problema inflacionario no lo resolverán. En todo caso lo agravarán.

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