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En economía, mordiéndonos la cola

IVÁN ARIAS 

Mientras los países emergentes se mueven en una constante espiral de avances, ajustes y reformas, los bolivianos estamos en un eterno círculo vicioso de privatizaciones y estatizaciones. Así, mientras unos alcanzan cimas, nosotros damos vueltas como sabuesos queriendo morderse la cola.

Fernando Molina (2010) explica las razones de este desastre nacional a partir de la "tesis librecambista del desarrollo boliviano”, que plantea que se deben dar todas las ventajas a la actividad extractiva privada para que, luego, se produzca el "goteo” (trickle-down) sobre el resto de la economía, generando el desarrollo integral del país. Sin embargo, como lo explica el mismo Molina, no se produce el goteo sobre el resto de la economía. ¿Por qué? Por la escasa o nula rentabilidad del área menos productiva. Los capitales, que siempre buscan el mayor lucro, prefieren salir del país antes que "volcarse” sobre el atrasado agro boliviano.

Esto alimentó una idea que ha sido pertinaz en la izquierda boliviana: los excedentes del núcleo extractivo no se emplean en la propia economía nacional por razones psicológicas e ideológicas: la oligarquía que controla esos excedentes carece de "compromiso nacional” o, en muchos casos, es extranjera, por lo que desvía la riqueza en provecho propio y perjuicio nacional.

Pero la verdad es que el capitalismo no suele tener preferencias nacionalistas o políticas. Es sólo un problema de rentabilidad y el agro boliviano registra una baja rentabilidad debido a la escasez de factores productivos.

Pese a la gran extensión del país, de 1.100.000 km2, su difícil topografía, que en un 40% está por encima de los 3.000 metros sobre el nivel del mar, y en un 60% por debajo de los 1.000 metros, ha resultado en una carencia de tierras cultivables fértiles. Con lo que resulta que la vocación productiva de la tierra es la siguiente: 25% es forestal, una actividad que, a causa de la geografía del país, tiende a ser muy parecida a la explotación minera o petrolera. Otro 25% es ganadera. Y de la mitad restante sólo un área relativamente pequeña está habilitada para la agricultura extensiva. Los terrenos de los valles y del altiplano, al norte, no sirven más que para agricultura intensiva, que en muchos casos sólo es de supervivencia.

Por otra parte, la baja rentabilidad tiene causas político-sociales. Las condiciones creadas por la Reforma Agraria (sobre todo la prohibición de reconcentración de la tierra) y el predominio de un sindicalismo étnico y agresivo en el área rural hacen muy difícil que alguna inversión privada prospere allí. Frustrado el efecto "goteo”, lo siguiente que ocurre es el malestar generalizado de la sociedad y la disputa por el destino de la renta extractiva. La población, que observa que sólo una pequeña élite se beneficia de la extracción, procura apropiarse de los excedentes, en lucha contra los inversionistas.

Como resultado de esta presión, se incrementan los impuestos y las demandas de participación estatal en el negocio. Esto fue lo que ocurrió en las décadas de los 30, 40 y 50 para el caso del estaño, y en la primera década de este siglo para el gas. Luego de desplegarse por un tiempo, la disputa por la renta acaba en la nacionalización de las empresas extractivas, con la justificación de que así los excedentes generados por los recursos naturales se usarán de forma planificada en la industrialización y el crecimiento del resto de la economía. El MNR nacionalizó la minería del estaño en 1952 y el MAS la industria petrolera en 2006.
Cuando se produce la nacionalización, como reflejo defensivo, la inversión extranjera desaparece o cae significativamente. Al mismo tiempo, la reinversión del Estado en sus propias empresas se ve obstaculizada e incluso eliminada por las demandas de redistribución de la sociedad.

La nacionalización del estaño, en 1952, derivó en lo siguiente: parte de los excedentes estatizados se usó para la sustitución de importaciones mediante la creación de industrias intermedias no extractivas. Bolivia organizó empresas estatales en muchos giros.
Una vez más, sea vía privatización o estatización del área dinámica, nos encontramos con el mismo problema: la resistencia del resto de las actividades productivas a modernizarse. A esto hay que agregar un fenómeno financiero: la "enfermedad holandesa” (la abundancia de divisas producida por la actividad extractiva incrementa la capacidad de consumo).
Para evitar que este aumento de la demanda provoque inflación se tiende a fijar un tipo de cambio que abarate la importación de bienes. De este modo, la prosperidad extractiva no estimula a la industria nacional, sino que se disipa en importaciones. Fue y es un proceso de "bienestar insostenible”.

La única política pro-industrial de este momento es la creación de empresas estatales, un recurso demostradamente ineficiente, en especial si estas empresas se erigen también en el área moderna con el propósito de competir con las firmas privadas que ya operan en giros como la industria láctea, papelera, etcétera.
La ausencia de reinversión en las empresas estatales extractivas, la quiebra por ineficiencia y otros problemas de muchas empresas estatales no extractivas generan, después de algunos años, un rebrote privatizador. El ciclo comienza otra vez después de la nueva oleada privatizadora.

Nuevamente se produce acumulación y fuga de capitales, se reactiva la disputa por la renta, las creencias básicas de los bolivianos son desafiadas y la reestatización pasa a la orden del día. De esta manera, mientras los bolivianos no aprendamos a romper este círculo, seguiremos hundiéndonos en el pozo de los lamentos y el eterno retorno.

Ciudadano de la República de Bolivia

Tomado de paginasiete.bo

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