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El alma partida de América Latina

ÁLVARO VARGAS LLOSA

Cuando Michelle Bachelet asumió el mando en 2006, Evo Morales acababa de llegar al poder y no habían sido electos Rafael Correa y Daniel Ortega, ni se había producido la fatídica reelección de Hugo Chávez de aquel año. El populismo autoritario no era un bloque sino una insinuación. En Argentina, el kirchnerismo parecía una travesura pasajera, no un proyecto de continuidad con afanes dinásticos.

La izquierda era Lula da Silva, que aun no había sido reelecto pero que, en parte gracias al auge de los “commodities”, proyectaba la imagen de un hombre moderno capaz de compaginar tres cosas que parte de la izquierda había tenido dificultad en creer compatibles en estas impacientes tierras: democracia, capital privado y paternalismo asistencialista.

Cuando Bachelet dejó el poder, las cosas habían cambiado: un bloque populista autoritario había acampado en la región y capturado el liderazgo de la izquierda, en parte con la anuencia de Lula: Sudamérica le había quedado chica y concentraba su fosforescente presencia internacional en BRIC y el resto del mundo. El kirchnerismo, por su parte, ya hablaba de “Cristina eterna”. El boom de los “commodities”, iniciado en 2003, parecía no menos inmortal.

La América Latina que recibe hoy a Bachelet es de composición parecida a la de 2010, con una diferencia sustancial: el declive de Brasil por el agotamiento del modelo basado en el consumo inducido y el dirigismo, el descalabro económico del populismo autoritario y el desinfle de las materias primas. Frente a ello, de forma algo vergonzante y levantando cejas en el subcontinente, ha surgido la Alianza del Pacífico, que reúne al modelo más razonable y a cuyo núcleo fundador están pretendiendo sumarse, con distinto grado de concreción, Costa Rica, Panamá, Uruguay y tal vez Paraguay.

No hay dos bloques enfrentados, me apresuro a decir: las relaciones entre unos y otros son magníficas y la Alianza tiene mucho temor a adoptar una voz política, prefiriendo cederle todo el liderazgo, acabamos de verlo otra vez en la OEA, al bloque populista, con la santificación de Brasil. Aun así, los países empiezan a gravitar hacia un lado o hacia el otro. Howard Wiarda dijo en su libro The Soul of Latin América que las reformas borbónicas del siglo 18 “partieron el alma” de América Latina. Bachelet está hoy frente a una América Latina otra vez con el alma partida.

El dilema para ella, Presidenta para colmo de un “país-faro” de la Alianza, es que todo -su instinto, sus amigos, sus referentes internacionales y la presión de Dilma- la inclina hacia los que están fracasando, pero su sentido común, la clase dirigente de su país, la dinámica institucional y hasta el angustioso precio del cobre la empujan hacia la Alianza. De cómo resuelva ella este desgarramiento -que ni ella ni nadie de su gobierno aceptaría siquiera que existe- dependen tres cosas: el espíritu de su política exterior, el equilibrio de corrientes o modelos de sociedad en la comunidad sudamericana y, de un modo más sutil, los vasos comunicantes entre el mundo exterior y la política doméstica de Chile.

Quizá opte, como Piñera, por casarse con la Alianza y tirar una cana al aire de tanto en tanto con los demás, pero el riesgo es que las cosas ocurran al revés. Si ello sucede, las consecuencias las pagará no tanto Chile, cuyo modelo está más o menos definido, como esa Sudamérica que, en vista del fracaso del modelo alternativo en sus dos variantes, la democrática y la autoritaria, busca un puerto donde atracar. Ojalá que la Mandataria tenga esto muy en cuenta.

Buena suerte, Presidenta.

Tomado de eldiarioexterior.com

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