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Tiempo de vacas flacas

ÁLVARO VARGAS LLOSA

Los que seguimos la discusión tributaria que se ha desatado en Chile desde fuera, vemos su silueta recortada contra lo que pasa al otro lado de la cordillera, es decir Argentina, y contra el conjunto de América Latina. Más exactamente, contra los pronósticos cada vez más ennegrecidos sobre el futuro económico de la región que disparan los organismos internacionales, los académicos y los divulgadores que se ocupan de estas costas cada cierto número de semanas.

La primera constatación es que -si puedo usar estas categorías cada vez más asexuadas- Chile gira a la izquierda en el preciso instante en que, vapuleada por la realidad, Argentina gira a la derecha. No digo: la oposición argentina o el país en su conjunto. Digo: el gobierno peronista de izquierda. Mientras Chile sube los impuestos, aprieta un poco al capital y promete un aumento de la recaudación propio de tiempos de vacas gordas, Argentina, exhausta tras una década de justicia (y justicialismo) social, ha devaluado 15 por ciento la moneda, recortado en 20 por ciento las subvenciones a la tarifas de luz y agua, sincerado en parte sus cifras de inflación y producto bruto interno y relajado algunos controles.

Ahora ruega, suplica, implora a los capitales extranjeros que regresen allí de donde nunca debieron irse, razón por la cual, después de 13 años de no pagarle, está renegociando su situación con el Club de París y ha ofrecido a Repsol 5 mil millones de dólares en compensación por haber expropiado YPF. Señales, todas ellas, de contrición donde las haya. Se admita o no.

Perdonen la indiscreción pero es exactamente lo que este escriba pronosticó en esta misma columna a raíz de la paliza electoral sufrida por el kirchnerismo en las legislativas. Contra las cuerdas, la presidenta no tuvo más remedio que llamar a Jorge Capitanich a la jefatura del gabinete y decirle: poné un poco de orden en la casa antes de que se derrumbe conmigo adentro. Digo bien “un poco” porque las medidas tomadas son menos de un 10 por ciento de lo que Argentina necesita hacer para corregir una década de justicia social que lo único que ha conseguido, como hemos visto esta semana, es una nueva huelga general de los supuestos beneficiarios de tanta redistribución.

Pero el contexto más amplio -siempre viendo a Chile silueteada contra la región- es el que hay que tener en cuenta (y que explica en buena parte la aceleración del fracaso argentino: si el contexto internacional no hubiese cambiado, tal vez la presidenta hubiese podido hacer durar un poco más el embrujo). No hay mes en que un nuevo aviso “autorizado” no anuncie una disminución de las previsiones de crecimiento para América Latina y el Caribe. Esta semana, el FMI habló de 2,5 por ciento y el Banco Mundial de 2,3 por ciento para 2014. A medida que avance el año, veremos esos vaticinios seguir en descenso, hasta situarse muy cerca de dos por ciento. Estamos hablando de un ritmo que representa la mitad del que se dio en promedio entre 2004 y 2012, la etapa del “boom”, cuando parecía que el desarrollo es a tiro de piedra.

La explicación de este aterrizaje en la pedestre realidad no es ciencia atómica: los precios de las materias primas han caído 25 por ciento desde 2011, los capitales se han retraído ante la perspectiva de que suban los intereses en Estados Unidos y persiste una (más bien hiperbólica) rumorología sobre la desaceleración china. Una razón por la que los sombríos pronósticos de esta semana podrían ser algo optimistas y corregidos en el futuro cercano es que algunos países dependen de materias primas cuyos precios probablemente sufran una baja adicional.

Es el caso del cobre, por ejemplo, debido a la sobreproducción, calculada en alrededor de dos por ciento de la demanda gobal para este año, fruto de las inversiones que se hicieron en los años de la bonanza. La producción mundial subió ocho por ciento el año pasado, rozando los 18 millones de toneladas. Si esta enorme cantidad de cobre y la que está por sumársele hacen bajar los precios a niveles similares a los que se dieron inmediatamente después de la crisis de 2008, como sostienen algunos expertos, Chile y Perú no lograrán las tasas de crecimiento, de por sí mermadas, que se pronosticaron esta semana (algo más de cinco por ciento en el caso de Perú y menos de cuatro por ciento en el de Chile).

Si México, que está teniendo algunas dificultades para dar seguimiento a sus interesantes reformas por el sabotaje de las legislaturas de los Estados, que las están aguando, no pisa el acelerador, podría tardar un poco más de lo esperado en recobrar un buen ritmo. Para no hablar de Brasil, al que más drásticamente se le recortan las perspectivas de crecimiento en cada informe internacional y que ahora padece un rebrote inflacionario a pesar de las medidas ortodoxas tomadas por el Banco Central. La última caída de Brasil en la calificación crediticia ha puesto al país literalmente al borde de perder el grado de inversión.

Los optimistas -incluyendo algunos funcionarios de los propios organismos internacionales que anunciaron esta semana sus desmoralizantes pronósticos- dicen, con razón, que América Latina tiene mejores defensas hoy de las que tenía en épocas pasadas. Mencionan, con justicia, que se está emitiendo deuda en moneda nacional, que los bancos centrales se han vuelto creíbles y que una subida del dólar no disparará la inflación, que los déficit externos se están financiando con inversión de largo plazo en vez de capitales golondrina y, por último, que la expansión de la clase media puede sostener la demanda interna razonablemente bien.

Todo esto es cierto, pero a todas luces insuficiente. De otro modo, no estaríamos ante la perspectiva de una América Latina con una tasa de crecimiento tan pobre este año (y ya fue pobre el año pasado). Y recordemos lo que está sucediendo en el mundo. Los emergentes ya no son lo que eran: Rusia está en la lona, mientras que la India crece hoy la mitad que hace tres años. Y los ricos van a ritmo de tortuga: su crecimiento este año será similar al de América Latina. O quizá habría que decirlo al revés para entender que lo de América Latina hay que tomárselo muy en serio: estamos creciendo este año al mismo ritmo que los países más afectados por la secuela de la crisis, es decir que el promedio entre Estados Unidos y Europa.

Añadamos a esto la inevitable disparada de las tasas de interés, proceso que en realidad ya empezó hace buen rato aunque oficialmente no se admita. El FMI dice que Estados Unidos no subirá sus tasas de interés de referencia hasta el tercer trimestre de 2015. Pero afirmar esto es temerario en el actual contexto, donde todo apunta a un calendario menos holgado. ¿Qué sucederá cuando esas tasas suban? Evidentemente, los capitales verán con menos entusiasmo a zonas emergentes como la de América Latina, algo que ya se evidenció en mayo del año pasado, cuando la Reserva Federal lanzó un par de coces verbales que hicieron trastabillarse a esta y otras regiones promisorias. El propio Banco Mundial dijo esta semana, a modo de advertencia a Estados Unidos, que si la subida de los intereses es drástica pueden caer hasta un 80 por ciento los flujos de capital hacia los países emergentes. Digamos, para ser menos apocalípticos, que cayeran un 50 por ciento. El efecto en América Latina sería devastador. Equivaldría literalmente a desandar todo lo andado en la década del 2000 en términos de captación de capitales, pues entre 2000 y 2012 la inversión extranjera equivalió, como proporción del tamaño de la economía de la región, al doble de lo que representó en lo años 90.

No pretendo, con todo esto, arruinarles el desayuno a los lectores que tropiecen con estas reflexiones durante el fin de semana. Sólo que es importante entender que, en las inolvidables palabras del poeta francés Paul Valéry, el futuro no es lo que era (“L’avenir est comme le reste: il n’est plus ce qu’il était”, 1937).

Sí, algunos países están mejor defendidos. Colombia apunta muy bien, Centroamérica, a pesar de todo- y gracias a que un par de países de aquella zona dependen menos que otros de las materias primas, permite augurios razonables y la Alianza del Pacífico, con los matices ya ofrecidos, está en una posición mucho más sólida para hacer frente a lo que venga que, por ejemplo, el Mercosur. Además, hay casos más bien “extraños” de países como Bolivia que, habiendo hecho tantas cosas mal, van económicamente bien: superó largamente al Perú el año pasado y el FMI cree que crecerá ligeramente por encima del cinco por ciento este año. Ocurre que, a diferencia de otros commodities, el gas natural que exportan los bolivianos se ha defendido bien por los acuerdos internacionales y porque, a pesar de la fuerte caída en Estados Unidos, en los otros mercados mantiene precios altos.

Pero estar mejor defendido que en el pasado no es garantía de nada. De allí la parte final de estas reflexiones. ¿Cuáles son los dos mayores peligros? Me atrevo a pensar que uno -y tengo muy presente a Chile en este caso- es el de sucumbir a la presión de la calle o de la ideología en una época en que cualquier aventura se pagará doblemente caro. Estos no serán, definitivamente, los mejores días para un fuerte énfasis redistributivo a costa de la inversión. Lo segundo tiene que ver con el probable resurgimiento de corrientes populistas en varios países latinoamericanos que parecían haber logrado marginarlas.

La razón de esto último es obvia: lo que contuvo al populismo fue la expansión de la clase media (tienen, por ello, mucha razón los populistas de todo pelaje en odiar a la clase media: ella es su mayor enemiga). Si, abrumada por deudas y bajo el impacto de una contracción producida por el efecto “cadena” de una eventual caída de la inversión extranjera, esa clase media pierde fuelle y lozanía, veo inevitable que el populismo intente pescar a río revuelto y aprovechar las circunstancias. De allí la necesidad de que nuestros líderes políticos y cívicos hagan un ejercicio de responsabilidad, que es lo mismo que decir de prevención y contención del populismo en estos tiempos de vacas flacas.

Quizá un factor que ayudará a realizar esa tarea sean el caso venezolano y el caso argentino. Allí se dará la paradoja -en la eventualidad de que siga agravándose la situación internacional para América Latina- de que el populismo perderá terreno día a día. La crisis de ambas economías (bastante peor la de Venezuela, claro) y el hastío con sus responsables políticos se ha encargado de desprestigiar el populismo ante millones de ciudadanos que creyeron en él hace una década o década y media. Un agravamiento de las circunstancias externas aumentará el impacto de la crisis interna, que ya está umbilicalmente asociada al populismo en el imaginario de grandes capas de la población.

Con mucha suerte, los países vecinos encontrarán en esos malos ejemplos razones para no ceder a la tentación populista una vez más. Al menos eso quiero pensar para no acabar estas notas en un tono excesivamente pesimista. Después de todo, se viene el Mundial y si lo gana un país latinoamericano habrá motivos para estar muy felices.

Tomado de eldiarioexterior.com

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