Buscar en nuestras publicaciones:

Zunzuneo e hipocresía

CARLOS ALBERTO MONTANER 

La AP lo reveló hace unos días. Estados Unidos, por medio de USAID, creó una red para que los cubanos pudieran comunicarse por medio de Internet. (¡Bravo!) Esa red, llamada Zunzuneo, estuvo funcionando hasta hace un par de años y alcanzó cierto éxito. Unos 68 000 cubanos se vincularon a ella. La dictadura de los Castro protestó ofendida ante la noticia. Aparentemente, se había violado su soberanía.

Hay una gran hipocresía en todo esto. Es cierto que Estados Unidos ayuda a los demócratas de la oposición proporcionándoles algunos medios pacíficos para tratar de inducir cambios en ese régimen. ¿Qué menos puede hacer contra un tenaz enemigo situado a 90 millas de sus costas, que lleva 55 años perjudicando sus intereses, desacreditando su modelo de sociedad y asociándose con todos los elementos que pretenden destruir el tipo de Estado que libremente se ha dado la mayoría de los estadounidenses?

La dictadura cubana confiscó numerosas empresas norteamericanas sin compensar a sus propietarios. Envió guerrillas y terroristas a medio planeta, esfuerzos subversivos que comenzaron desde 1959 con la expedición a Panamá, antes de que Washington reaccionara auspiciando a los invasores de Bahía de Cochinos y luego algunos sabotajes y operaciones encubiertas.

El gobierno de los Castro conspiró con los “panteras negras”, con los “macheteros” de Puerto Rico y con los narcotraficantes que inundaban de droga el territorio americano. Convirtió a Cuba en un peligroso satélite soviético, y en 1962, durante la Crisis de los Misiles, Fidel le pidió al Premier soviético que enviara los misiles nucleares contra Estados Unidos.

Desde que se instaló la revolución, más de un 20% de la población cubana se ha trasladado a Estados Unidos. Durante el éxodo de Mariel, cuando escaparon de la Isla 125 000 personas, el gobierno comunista camufló entre ellas unos 20 000 delincuentes, psicópatas y criminales sacados de las cárceles, a sabiendas de que asesinarían a muchas personas inocentes.

Ante semejante vecino, ¿qué menos puede hacer Estados Unidos que tratar de inducir cambios para que en la Isla se instale un gobierno amistoso que deje de comportarse de la manera en que lo hace Cuba? Un gobierno sereno y razonable, como sucede con casi toda América Latina, con el cual se pueda tener una convivencia normal.

¿No se debe intentar erradicar a un régimen capaz de enviarle armas y municiones nada menos que a Corea del Norte, o que se asocia con Irán y Venezuela para revivir una nueva versión de la Guerra Fría y perjudicar a Estados Unidos? ¿O es que la no injerencia sólo es válida para paralizar a las democracias?

Se podrá esgrimir “el derecho a la libre determinación” de los países, o el de “no injerencia en los asuntos internos de las otras naciones”, pero la verdad es que el gobierno cubano ha proclamado su derecho a ejercer el “internacionalismo revolucionario”, de donde se desprende que debe existir el derecho al “internacionalismo democrático”.

Si el gobierno de La Habana se arroga el derecho a instalar en el poder a radicales enemigos de Estados Unidos, ¿no tiene Washington la obligación moral de tratar de hacer lo mismo con sus tenaces adversarios? Cuba no puede operar con unas reglas y esperar que su adversario suscribe otras diferentes, mucho más benignas.

Además, ¿cómo puede condenarse el hecho de que Estados Unidos ayude a los cubanos a informar y a informarse, si se admite la existencia universal del derecho a la libertad de expresión? Lo que es realmente vergonzoso es que ningún país latinoamericano auxilie a los demócratas cubanos. Eso sí es triste.

No hay delito alguno en propiciar el zunzuneo de los cubanos. El delito, cometido por el gobierno de los Castro, está en negarles el acceso a Internet, en prohibirles que vean la televisión internacional –persiguen las antenas—o que escuchen la radio de onda corta. El delito está en la dictadura totalitaria. Y también, claro, en la hipocresía.

Tomado de eldiarioexterior.com

Búscanos en el Facebook

Artículos del autor