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Los revendedores y la economía

ROBERTO LASERNA

El domingo varios revendedores de entradas fueron detenidos en las cercanías del estadio de fútbol de Cochabamba, cuando ofrecían entradas para el partido Wilstermann – The Strongest a un precio superior al de ventanilla. La Prefectura, responsable de esa decisión, les obligó luego a vender las entradas al precio establecido por el club anfitrión.

Mi amigo Rosendo, un heladero emprendedor que vive en la zona de la Tamborada, se quedó sin ver el partido. El había planeado llegar al estadio cerca de la hora de inicio y comprar su entrada de un revendedor. No lo encontró y tampoco pudo informarse de dónde estaban castigando a su caserito revendedor. Tuvo que conformarse con escuchar en la radio la victoria de su equipo. Como Rosendo muchos más han debido quedar perjudicados ese día en que la Prefectura reprimió la libertad de comercio en Cochabamba.

Los revendedores, naturalmente, perdieron. Si bien la mayoría logró recuperar lo que invirtió en la compra de las entradas, ninguno recuperó la inversión de haber destinado a esa compra el tiempo que le tomó ir temprano hasta las oficinas del Wilster, donde se vendían las entredas, hacer la cola, y el domingo ubicarse en puntos cómodos para los compradores y pasar varias horas esperándolos.

Muchos dirán que está bien, que se lo tenían bien merecido por lucrar con la pasión del fútbol y por aprovecharse de los hinchas al cobrarles más caro que el mismo club.
Ellos no toman en cuenta que el revendedor estaba, en realidad, prestando un servicio por el que, naturalmente, tenía que cobrar, y tampoco que, al hacerlo, estaba corriendo un riesgo. Podía no tener compradores o, como en este caso, sufrir la incomprensión de las autoridades.

Rosendo, por su parte, sí estaba muy consciente de que los revendedores le prestaban un servicio y por eso nunca le pareció mal que le cobraran por él. Si consideraba que el cobro era muy elevado, se acercaba a otro revendedor y los hacía competir. Para Rosendo era mucho más lucrativo dedicar la mayor parte posible de su tiempo a la venta de helados y por eso optó por no ir a soportar largas colas en las puertas del club que, además, queda lejos de su lugar de trabajo. Entre perder tres horas de viajes y colas, y pagar 5 bolivianos más por su entrada, Rosendo prefirió esta opción. En tres horas podía ganar más que esos 5 bolivianos. Y lo mismo su amigo Ismael, que es taxista. Pero ambos se quedaron sin ver el partido y no saben si la próxima vez tendrán la suerte de encontrar un revendedor.

Los revendedores son comerciantes que, con su actividad, vinculan a los productores (en este caso del espectáculo) con los consumidores (en este caso los hinchas). Los productores no pueden poner 100 puntos de venta y se limitan a dos ventanillas anticipadas en el club, y unas 12 en el estadio, desde varias horas antes de que comience el partido. Eso no es suficiente para la comodidad de los 30 o 40 mil espectadores. Los revendedores invierten su tiempo y su dinero, obtienen un lote pequeño de entradas, y buscan a los consumidores, ofreciéndoles entradas sin necesidad de hacer colas y ahorrándoles un viaje extra por la ciudad.

El problema para los consumidores se presenta cuando el partido resulta especialmente atractivo y hay mucha demanda. Si el estadio tiene capacidad para 40 mil personas, y son 60 mil los que quieren entrar, es obvio que las entradas de los revendedores aumentarán mucho más de lo habitual. Pero eso no será por la insana actitud especuladora de los revendedores, sino por la presión que ellos reciben de los hinchas. Cada uno tiene 10 o 20 entradas y de pronto se encuentra con que hay centenares de hinchas desesperados de ingresar al estadio, y muchos de ellos dispuestos a pagar dos o tres veces el precio inicial de la entrada.

Cuando la Prefectura detuvo a los revendedores, ¿solucionó el problema? Por supuesto que no, y Rosendo e Ismael son testigos de eso. Y cuando les obligó a vender a precio de costo, ¿hizo justicia? Tampoco… porque generó pérdidas a quienes iban a prestar un servicio y frustración a quienes querían comprarlo.
Lo que sucedió con los revendedores se reproduce también en el tema de las garrafas de gas. Con un criterio similar se eliminó a los intermediarios (las decenas de miles de pequeñas tiendas que antes las vendían) y se creó un problema mayúsculo para los consumidores. Muchos ahora pierden tiempo caminando con sus garrafas largos trechos, o esperando a que pasen los camiones, o haciendo cola en las distribuidoras, y el ahorro de unos pesos en el precio de la garrafa es posiblemente menor a la pérdida que sufren por no tener el gas, cerca y a tiempo, en la tienda de la esquina.