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Esta vez no hay caballería al rescate

GEORGE CHAYA

Los fans de las películas occidentales clásicas saben que cada vez que los ‘buenos’ están a punto de ser masacrados por ‘los malos’, aparece la caballería de los Estados Unidos a último momento para salvar el día.

Desde la desintegración del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial, una versión de la vida real de esa metáfora cinematográfica ha sido parte de la geopolítica de Oriente Medio. Cada vez que los percibidos como ‘los malos’ han puesto sitio a los considerados como ‘los buenos’, una potencia occidental, primero el Reino Unido y más tarde EE.UU., han enviado la ‘caballería’ al rescate.

La ‘caballería’ protegido muchos regímenes contra la amenaza soviética, pero también lo hizo con otros regímenes ante intimidaciones imperialistas, como fue el caso de Egipto en la crisis de Suez. En su tiempo, también impidió a los mulás iraníes marchar sobre Bagdad, aunque después, derroco al líder iraquí Saddam Hussein. La ‘caballería’ rescató regímenes en Líbano y Jordania y proporciono a Israel cierta tranquilidad en los últimos 30 años. También trajo cambios de regímenes en Afganistán e Irak, mientras que incomprensiblemente prolongo la vida de regímenes controversiales como el sirio mucho más allá de su fecha de caducidad.

Sin embargo, no hay caballería ahora. Este es el mensaje que los líderes de Oriente Medio deberían entender. Con la retirada de los EE.UU., Occidente carece del liderazgo para utilizar su poder y arbitrar los conflictos que salpican el paisaje político de la región.

Desde luego que se podría debatir lo bueno y lo malo de esta situación. El hecho es que hay un importante número de razones por lo que ninguna ‘caballería va a llegar’. Para empezar, el fin de la Guerra Fría redujo la importancia geopolítica de la región. Incluso si el presidente ruso, Vladimir Putin trata de jugar a la ‘superpotencia’ muchas personas
creen que Rusia no representa un desafío mundial, aunque personalmente pienso lo contario. La segunda razón es que las potencias occidentales ya no son tan dependientes del petróleo de Medio Oriente como lo eran hace una generación.

En 1980, la región representó el 46 por ciento del mercado mundial de petróleo. En 2014 esa cifra se redujo a 19 por ciento.

La tercera razón es que la concordia bilateral y el profesionalismo que durante décadas marcó la política exterior en las democracias occidentales se han hecho añicos. En los EE.UU., el presidente Barack Obama está esperando ver Irak en llamas para demostrar que el ex presidente George W. Bush se equivocó al derrocar a Saddam. En el otro extremo del espectro, el Senador John McCain también está esperando ver el mismo incendio para demostrar que Obama es un líder incompetente. Mientras tanto, en Irak el incendio ya comenzó.

En Gran Bretaña, el ex primer ministro Tony Blair habla sobre Irak como si ello fuera un pasatiempo nacional y no existe una discusión seria de la crisis. Los líderes occidentales siguen fomentando la ilusión de que ejercen un liderazgo global que da a su público un sentido de auto-satisfacción. Por su parte, muchos de los líderes de Oriente Medio siguen pensando que ante cualquier cosa que hagan ellos, las potencias occidentales se verán obligadas a acudir en su rescate. Son como los grandes bancos que pensaban que eran demasiado grandes para quebrar.

La resultante de esta doble negación de la realidad es que los líderes de Occidente y de Oriente Medio viven un mundo de fantasía en el que creen estar haciendo algo, cuando en realidad no están haciendo nada. Como resultado, se obtiene este tipo de declaraciones poco sinceras como las realizadas por el secretario de Estado de EE.UU., John Kerry, en lo que respecta a la cooperación con Irán contra el ejército del Estado islámico de Irak y Siria (ISIS). Kerry dice que el tema es hoy más importante que las conversaciones sobre el proyecto nuclear de Irán. Así, lo que tenemos hoy es algo impensado meses atrás, Obama y los khomeinistas se perfilan como aliados para enfrentar la insurgencia sunita.

Los mulás están tratando de utilizar al ISIS como excusa para congraciarse con el ‘Gran Satán’, mientras que astutamente protegen y continúan su proyecto nuclear. Claramente ninguno de estos socios putativos es honesto sobre Irak. En Teherán, de repente se habla del Tratado de Qasr-e Shirin (1723) que da a Irán el derecho de inspección y control sobre las regiones chiítas de lo que entonces era parte del Imperio Otomano.

La equivocación de Obama puede ser una bendición disfrazada. Me estremezco al pensar en los EE.UU. involucrándose en un conflicto importante con alguien como Obama como comandante en jefe. Como hábil político en el contexto de América en cuanto a ganar las elecciones a través de lo que a populismo se refiere no le ha ido mal. Pero Obama carece de la capacidad intelectual, el conocimiento práctico y la fuerza moral necesaria para dirigir una superpotencia en una crisis de magnitud en el mundo árabe islámico.

Desde que Obama está decidido a no hacer nada, mejor sería que tampoco diga nada, sobre todo cuando se trata de trazar ‘líneas rojas’. Si él controlara su lengua, los líderes y los pueblos de la región tendrían que mirar el abismo y buscar una manera de salida por si mismos, sabiendo que no habrá ‘caballería al rescate cabalgando en sus caballos blancos’. Así, se verían obligados a crecer, madurar y comenzar por arreglar sus propios problemas.

Es muy claro que en este momento, sólo los iraquíes pueden salvar Irak. Si en verdad quieren que Irak siga existiendo en el corto plazo, nadie más puede hacerlo por ellos, ni lo hará.

Tomado de eldiarioexterior.com