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Occidente ante la impronta yihadista

GEORGE CHAYA

Es innegable que la política internacional avanza hacia una nueva etapa, en este proceso, muchos intelectuales no han vacilado en abundar sobre los posibles aspectos que los cambios entrañan, ellos ofrecen definiciones tales como: ´el fin de la historia, el regreso de las rivalidades tradicionales entre naciones-estado o la declinación del estado-nación a causa de las contradicciones entre tribalismo y globalización´.

Cada una de estas versiones da cuenta de algunos aspectos de nuestra realidad. Sin embargo, pasan por alto un elemento decisivo y central en la política mundial de los próximos años. Y es que ‘la principal fuente de conflicto en el mundo que viene, fundamentalmente se producirá por las grandes divisiones de la humanidad. En este marco el eje dominante del conflicto, a mi juicio “será cultural”.

Durante la guerra fría, el mundo se dividió en lo que se conoció como ‘primero, segundo y tercer mundo’. Esa división ya no resulta pertinente y adquiere categoría de obsoleta. Hoy es mucho más lógico agrupar a los países en función de su cultura e idiosincrasia que hacerlo según sus sistemas y regímenes políticos.

En mi opinión, una lectura profunda del tablero político internacional nos muestra que las naciones-estado seguirán siendo los agentes más poderosos en los asuntos mundiales, pero en los principales conflictos internacionales se enfrentarán naciones o entidades culturales distintas. Así, el choque cultural puede llegar a instalarse en el escenario de la política mundial.

La batalla ideológica del futuro tendrá lugar entre las líneas de ruptura que no sean resueltas a través de las entidades culturales y esto es, si se me permite la definición, “una política -casi de estado- en el pensamiento yihadista”. De hecho, sostengo que estamos inmersos en esta etapa. “El conflicto inter-cultural abierto y directo, será la última fase de la evolución del conflicto en el mundo moderno”. Comprender este punto es central y es fundamental que la comunidad internacional trabaje sobre ello si desea evitarlo.

Los defensores occidentales del yihadismo postulan como válida o exclusivamente válida, la norma jurídica-religiosa desarrollada históricamente por la escuela Jambalí -la más rigurosa- cuyos postulados generan un fuerte rechazo en las sociedades abiertas y democráticas. Esta doctrina cuenta entre sus exponentes a clérigos, teólogos y juristas ultraconservadores de los países del Golfo. En su enunciado rígido, la escuela Jambali presenta también una rama más extrema y radicalizada, entre cuyos exponentes, la yihad se plantea como el único camino aceptable para recuperar los territorios en los que ha regido el Islam y para defender aquellas zonas en que los musulmanes están en lucha, lo cual se plantea como un acto de autodefensa contra los que conspiran para socavar las bases de la sociedad, la religión, la cultura y los valores del mundo islámico.

Lo concreto es que el mundo se va haciendo cada vez más pequeño y aumentan las interacciones entre pueblos de distintas culturas que intensifican su conciencia idiosincrásica y las diferencias y similitudes con las restantes. En Francia y España, por ejemplo, la inmigración árabe genera entre franceses y españoles mayor hostilidad, y al mismo tiempo, mayor receptividad a la inmigración polaca y ucraniana de europeos católicos.

Lo mismo en lo comercial y empresarial, donde los estadounidenses reaccionan en forma mucho más negativa a la inversión japonesa que a la canadiense o europea. Los procesos de modernización económica y cambio social tienen en todo el mundo el efecto de separar a la gente de sus identidades originales debilitando inexorablemente a la nación-estado como fuente de identidad. En el mundo árabe, la religión ha conseguido llenar este vacío muchas veces en forma de movimientos fundamentalistas que es posible encontrar en todas las creencias religiosas, aunque más a menudo en el integrismo militante yihadista.

El doble papel que impulsa Occidente con la toma de conciencia sobre la propia cultura, no lo muestra en la cúspide del poder. Sin embargo, entre las culturas no occidentales ocurre un fenómeno que es el "regreso a las raíces". Así, se escuchan cada vez más referencias al encierro y al fracaso de las ideas occidentales del socialismo o el neo-liberalismo; al tiempo que en Oriente Medio es bien visto el retorno a la rígida "re-islamización"que proponen movimientos yihadistas satelitales a Al-Qaida.

En el pasado, las élites de las sociedades no occidentales solían ser las personas que más relación tenían con Occidente, se educaban en Oxford y la Sorbona y estaban imbuidas de hábitos y valores occidentales. Ahora esas relaciones se invierten. En países no occidentales se produce una "desoccidentalización" de élites que cobran popularidad entre las masas, y sin procurarlo, esa desoccidentalizacion sumada a la de los propios occidentales acaba siendo funcional al integrismo violento.

En resumen, se debe reconocer que la democracia occidental no ha llevado las recetas perfectas a Oriente Medio, que escogió socios equivocados y robusteció algunas fuerzas políticas anti-occidentales en el mundo árabe. Y aunque esto podría ser un fenómeno pasajero, sin duda complicó las relaciones entre países árabes-islámicos y occidentales. Este escenario configura una materia pendiente de interpretación para gran parte de la dirigencia occidental, que aunque construyo alianzas no tan genuinas con una dirigencia que casi siempre aspiró a desarrollar una estrategia de unirse a los beneficios para moderar la imagen de sus países en Occidente; su legado violento y excluyente los expone como aliados poco confiables para Occidente y como opresores para con sus conciudadanos.

Tomado de eldiarioexterior.com