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!Larga vida a la revolución!

AXEL KAISER 

Todas las revoluciones —esos esfuerzos delirantes por rediseñar desde arriba la totalidad del orden económico y social— han conducido a sangre, miseria y tiranía. Sobre esto la historia casi no muestra excepciones. Salvo, por supuesto, por la revolución americana, cuyo aniversario se acaba de celebrar el pasado 4 de julio. Mientras la revolución francesa, el primer ejercicio igualitarista-racionalista de la época moderna, condujo al Régimen del Terror y anticipó en buena medida las revoluciones marxistas posteriores tanto en la forma como en el fondo, la americana produjo la primera democracia de los tiempos modernos y la sociedad más libre y próspera que la humanidad jamás haya visto.

Como bien notara Lord Acton, Europa parecía incapaz de abrigar la libertad, la que tuvo que encontrar su terreno fértil en América para de ahí conquistar el mundo. La pregunta fundamental es por qué, a diferencia de las demás revoluciones, la americana consolidó una sociedad libre en términos políticos y económicos.

La respuesta es que la independencia americana en realidad no fue una revolución. Los americanos, a diferencia de los franceses o los soviéticos, nunca intentaron refundar un orden partiendo desde cero y jamás confiaron en los planes de ingeniería social diseñados por intelectuales. Cuando los colonos se rebelaron en contra del rey inglés lo hicieron acusándolo, con razón, de haber violado las instituciones y principios más esenciales de la tradición inglesa. Entre ellas destacaban el derecho de propiedad, el debido proceso y el derecho a representación política para quienes son contribuyentes. Desde su llegada a América, los primeros colonos habían incorporado el rule of law y los principios de soberanía popular como fundamentos del orden político.

La revolución de los americanos fue así una lucha por preservar y no por tumbar sus centenarias instituciones. De ahí que Edmund Burke, quien haría un ataque fulminante a la revolución francesa y a su pretensión de construir un orden completamente nuevo desde arriba, justificara la revolución americana señalando que los colonos estaban “dedicados a la libertad de acuerdo a las ideas inglesas y a los principios ingleses”. John Adams, el segundo presidente de EE.UU. y probablemente el más leído de los padres fundadores, llegó a decir que la revolución francesa, con su igualitarismo y racionalismo, no tenía “tan solo un principio en común” con la americana y que todas las constituciones resultantes de ella podían ser consideradas una “idiotez”. Esto es un factor fundamental que ha distinguido siempre a liberales de socialistas.

Los liberales en la tradición anglosajona creemos que el progreso es el resultado de una evolución larga y compleja impulsada por fuerzas espontáneas que se desarrollan en el seno de la sociedad. Instituciones como el leguaje, la propiedad, la familia, el dinero, el mercado y muchas otras sobre las que descansa nuestra civilización no fueron “inventadas” por alguna mente brillante, sino que surgieron gradualmente de millones de actos humanos sin la dirección de autoridad alguna. De ahí que los liberales de esta tradición veamos en la libertad la fuente del progreso.

Los socialistas —y en buena medida también el llamado liberalismo “progresista”—, por el contrario, suelen creer que el progreso se puede diseñar desde arriba y que basta con que una élite intelectual y política ilustrada haga ciertas leyes y dirija en mayor o menor grado las vidas de los ciudadanos para que la sociedad avance. En otras palabras, el socialismo y sus corrientes afines cree esencialmente en el poder, es decir, en el control y la dirección de los individuos por parte de una élite, como motor del progreso económico, social y moral. Por eso para cada problema busca una solución en el Estado.

El liberalismo que dio origen a la democracia y al éxito económico americano en cambio, deposita su confianza en la capacidad creadora de las personas más sencillas y en la fuerza y efectividad de la sociedad civil para hacerse cargo de aquellos que necesitan apoyo. Este último aspecto es crucial. Una de las cosas que más impactó a Alexis de Tocqueville en su visita a EE.UU. en el siglo XIX fue precisamente la cantidad de agrupaciones civiles que existían en el país para atender todo tipo de necesidades sociales. Tocqueville advirtió que el contraste con Francia, donde se esperaba todo del Estado, no podía ser mayor.

El compatriota de Tocqueville, Frédéric Bastiat, se quejaría de que mientras los franceses esperaban del Estado “todos los beneficios humanos imaginables”, los americanos no esperaban nada que no fuera de ellos mismos. Y hasta hoy no hay país en el mundo con una población más solidaria y caritativa que la americana según todos los indicadores cuantitativos disponibles. La enorme solidaridad de los americanos es el correlato de su concepción de libertad como no interferencia arbitraria de terceros en la vida ajena. Para esta visión, somos libres mientras no nos sometan a una voluntad que no sea la propia, aun cuando nuestros medios materiales sean limitados. A su vez, el hecho de ser señores de nuestro destino nos hace responsables, tanto de nuestras vidas, como de velar fraternalmente por el bienestar de nuestros semejantes en desgracia. Y aunque, como ha mostrado Niall Ferguson, la expansión del Estado benefactor ha ido destruyendo la asociatividad civil americana, aun hoy, en general cuando el americano ve a un grupo necesitado actúa él y se organiza para ayudarlo. No se desliga de su responsabilidad reclamando y esperando que burócratas y políticos resuelvan el problema.

La solidaridad en la tradición americana es entendida así como un asunto de responsabilidad personal, de deber moral directo para con el prójimo, y no como un pretexto para incrementar el poder estatal. Como es fácil concluir, la consecuencia de esta filosofía de la responsabilidad personal es un Estado limitado. Pocos expresarían el espíritu libertario americano mejor que Thomas Jefferson, cuando en su primer discurso inaugural como presidente de la república, exclamó: “¿y qué más es necesario para hacer de nosotros un pueblo feliz y próspero? Una cosa más ciudadanos: un gobierno sabio y austero que impida que los hombres se hagan daño entre ellos, pero que los deje en paz para regular sus propios objetivos de industria y superación, y que no tome de la boca del trabajo el pan que se ha ganado”. Larga vida a la “revolución” de Jefferson y compañía, pues sus ideales son la única salida para el sur del continente americano, arruinado desde hace siglos por la ilusión racionalista de que la fuente del progreso y del bienestar social es el poder político y la planificación estatal más que la libertad individual y la espontaneidad solidaria de la sociedad civil.

Axel Kaiser es Director Ejecutivo de la Fundación Para el Progreso (Chile) y miembro de Young Voices (Berlín, Alemania).

Tomado de elcato.org

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