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¿El ocaso del populismo?

ROBERTO LASERNA 

Las crecientes dificultades que atraviesan Venezuela y Argentina exhiben al populismo latinoamericano en su punto más bajo desde que se consolidó a comienzos del siglo. El venezolano Nicolás Maduro no sabe cómo enfrentar un descontento político y social que crece con el deterioro de la economía. Y Cristina Kirchner está ante el dilema de aceptar un fallo de la justicia de Nueva York que lo obliga a pagar su deuda con “fondos buitre” o aislarse internacionalmente con un nuevo default en un contexto de alta presión inflacionaria.

En Venezuela el desabastecimiento se extiende y no cesan los disturbios en los que ya han muerto 43 personas. Y por primera vez el oficialismo chavista ventila en público sus conflictos internos.

En cuanto a la Argentina, si Kirchner decidiera cumplir el fallo, drenaría las reservas monetarias del país menguadas por años de despilfarro.

Los gobiernos populistas emergieron amparados por una expansión rápida de precios y demanda de materias primas y se consolidaron con la bonanza exportadora. Aunque esas condiciones excepcionales continúan, ya no son suficientes cuando la redistribución no logra ocultar la ineficacia administrativa, la corrupción y el excesivo gasto público. Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia están mejor, pero sus gestiones han profundizado la dependencia y vulnerabilidad de sus economías, lo que contradice sus proclamas nacionalistas y anti globalizadoras. Sus economías crecen pero no la capacidad productiva que daría proyección sustentable a este periodo.

El sustento político del modelo populista es la distribución de la riqueza, que corresponde a la promesa de llevar bienestar a las mayorías, al “pueblo”. Esto quiere decir que requiere de una riqueza sostenida como base material. Y también de la percepción de que esa distribución sólo puede garantizarla un proyecto político que proclame la superioridad absoluta del poder del “pueblo”, por encima de cualquier norma o razón. Por eso apela a uno de los componentes de la democracia, la regla de la mayoría, menoscabando la otra, el respeto a las leyes que garantiza las disidencias y protege a las minorías.

El populismo captura el poder y redistribuye riqueza, pero no la repone: por eso sus políticas carcomen el sistema productivo. Y cada vez que esa riqueza alcanza los límites de su agotamiento, los populistas son engullidos por las crisis que generan o se ven obligados a cambiar sus políticas para sobrevivir. Esto se observa con claridad en la historia de la Argentina, donde los periodos de populismo --con mecanismos distributivos como controles de mercado, precios y tipos de cambio, o la gestión directa de las actividades económicas-- son seguidos por periodos de apertura. Pero la memoria popular (sea del éxito distributivo o de la frustración de expectativas) acoge nuevas promesas que inician un nuevo ciclo populista. Su ocaso en Argentina es más lento por la magnitud de la riqueza distribuida y por su carácter renovable.

Los países dependientes de riquezas no renovables, como Venezuela, tienen crisis más profundas y su apertura a la competencia de mercado es menos general y amplia pues se limita al sector que explota esas riquezas, que por su tecnología está dominado por grandes corporaciones. Esto permite que el populismo mantenga un aparente control sobre la economía mientras negocia con las empresas que pondrán a su disposición la riqueza que requiere distribuir.

Así, la magnitud de la riqueza determina los tiempos del populismo y el alcance de la distribución y, con ello, la consistencia de su base popular. Pero cuando no es renovable sus límites están en sus reservas naturales aunque, por supuesto, también aquí la memoria popular alimenta esperanzas que prolongan el respaldo de la gente más allá de las posibilidades reales de la distribución.

En Ecuador y en Bolivia el sustento económico del populismo no luce tan afectado en lo inmediato. La explicación es sencilla. Ecuador no tiene moneda propia. Eso le impone cierta disciplina fiscal y le obliga a mantener una economía más abierta. En Bolivia las restricciones al gobierno de Morales provienen de los mecanismos de distribución de las rentas creados antes de su ascenso: asignación automática a los gobiernos locales y entrega de bonos en efectivo a los ancianos. La primera creó de facto un fondo de estabilización y la segunda disemina los recursos en la sociedad. Ambos formaron múltiples interesados en evitar una excesiva injerencia en la economía. Y en ambos países hay un mercado abierto a la competencia y la iniciativa privada formado por productores e intermediarios de pequeña escala.

La dificultad de aprovechar la bonanza para fortalecer su base productiva ha debilitado a los populismos de Argentina y Venezuela --los referentes más importantes del populismo-- que pierden legitimidad rápidamente. Y esto inevitablemente restará al populismo latinoamericano parte de los recursos políticos que les dio fuerza en el pasado. El ocaso del populismo no será inmediato y tampoco simultáneo, pero ya está planteando nuevos desafíos tanto para las sociedades donde se ha establecido como para los demás países, incluyendo a los Estados Unidos y a Europa en sus relaciones con la región.

*El autor es economista de Ceres y Presidente
de Fundación Milenio

Tomado de eldia.com.bo