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Narcotráfico: el imperio invisible del mal

VÍCTOR PAVÓN 

Paraguay tiene que entrar en el ámbito del debate de la legalización de las drogas por ser productor de la marihuana y tránsito de la cocaína. / ABC Color

Recientemente el presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, volvió a poner este tema en el debate público mundial.

La feroz violencia que trae aparejada el narcotráfico concita el interés de todos; más aún cuando todo indica que esta guerra está perdida. El Gobierno norteamericano sabe de esto. El narcotráfico moviliza más que el presupuesto público de varios países. Tan solo el Cartel de Cali tiene ingresos que van más allá de 10 mil millones de dólares anuales.

El problema de las drogas no es nuevo. Afecta la calidad de vida de la gente y de las instituciones.

Millones de jóvenes del mundo se hallan marginados de los mercados laborales con sus efectos devastadores sobre las familias y el auge de la criminalidad.

Las drogas ya no solo están en las ciudades de la frontera, como ocurría tiempos atrás. Las drogas han invadido las calles de las ciudades y se han radicado en el interior mismo de los gobiernos. Ninguna familia está a salvo de este flagelo que no parece tener fin únicamente apelando a la educación. Se necesita de algo más.

El problema no está en la alta demanda de consumo, sino en la oferta de drogas prohibidas que hace elevar los precios al punto de lograr el aumento exponencial de las ganancias. Un negocio redondo.

Todavía más, la prohibición establecida por los gobiernos también hace que el crimen aparezca en escena. Cuanto más los gobiernos invierten en su lucha contra el narcotráfico, más se elevan las víctimas. A esto es lo que Milton Friedman llamó como una guerra perdida.

De hecho, fue el mismo gobierno de EE.UU. el que promovió en la década del año 20 del siglo pasado la primera guerra perdida en la materia.

La denominada “Ley Seca” que castigaba la producción y comercialización del alcohol no fue más que un rotundo fracaso que terminó por crear las mafias criminales organizadas.

Los gánsteres asolaron las ciudades y se hicieron cargo de la seguridad. El precio fue tan alto que el sistema de seguridad interna de los EE.UU. se percató de que la prohibición les había ganado. El problema fue resuelto de manera muy sencilla. Se abolió la ley que hacía el consumo de whisky un delito contra el Estado.

Luego hizo su aparición otro problema. El narcotráfico es también consecuencia de las malas políticas fundadas de prohibición y penalización.

El Paraguay no escapa de este problema, ya sea porque es ruta importante de tránsito y hasta como productor de marihuana, una de las mejores en calidad en el mundo.

El narcotráfico está relacionado, a su vez, con el lavado de dinero que permite a las mafias autoabastecerse de recursos extraordinarios.

Hoy el lavado de dólares no solamente se ha constituido en una fuente de hacer dinero fácil y sin control.

Más grave y peligroso aún, lo constituye el hecho cierto de que los multimillonarios ingresos administrados por los cárteles de las drogas permiten acceder a armas sofisticadas, comunicaciones satelitales, comprar jueces, policías, legisladores y hasta elecciones.

El peligro de las narcodemocracias

A partir de aquí el problema es todavía más dramático. Va mucho más allá de lo que usualmente se limita a un problema de empleo y de salud pública.

El eje del debate público es otro y muy real: la aparición de la narcodemocracia, una nueva forma de gobierno. A esto es lo que denomino como el imperio invisible del mal. Si no se aprende la lección de que la prohibición no ha hecho más que tirar combustible al fuego, el narcotráfico irá erosionando las bases mismas de la sociedad, tal como hasta ahora la conocemos.

Hasta ahora la lucha contra el imperio invisible del mal ha sido un fracaso. No solo ha crecido el consumo de drogas, sino también ha sido una excusa perfecta para que los gobiernos utilicen los recursos de los contribuyentes sin control y rendición de cuentas. Cada fracaso del Estado es un nuevo esfuerzo de los ciudadanos en materia presupuestaria que amenaza, finalmente, con las libertades individuales.

Para evitar que los gobiernos sigan en una guerra perdida se hace necesario establecer una nueva visión y estrategia.

Para lograrlo, en una primera etapa, se debe dictar una legislación que legalice las drogas hoy prohibidas para de esta manera reducir los altos precios existentes.

Si se elimina la prohibición en la oferta, la demanda ya no tendrá que supeditarse a encontrar los productos mediante la violencia y la corrupción que hoy imperan.

Al mismo tiempo, las campañas educativas de conocimiento y los efectos que tienen las drogas deberán ser ampliadas a todos los sectores de la sociedad.

Y para que no se crea que con la despenalización se estará arrinconando al Estado para que no haga nada, se hará necesario que se apliquen penas severísimas para aquellos que cometan faltas y delitos bajo los efectos de las drogas.

Esto apenas será el comienzo. Pero también será un inicio diferente que permitirá evitar el auge de un nuevo tipo de gobierno que está surgiendo a instancias del narcotráfico, el imperio invisible del mal.


*) Decano de Currículum- UniNorte. Autor de los libros Gobierno, justicia y libre mercado y Cartas sobre el liberalismo

Tomado de capitanbado.com

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