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Igualdad, servidumbre y mediocridad

AXEL KAISER 

En su clásico La democracia en América, Alexis de Tocqueville escribió: “existe una pasión viril y legítima por la igualdad que impulsa a los hombres a querer ser todopoderosos y apreciados. Esa pasión tiende a elevar a los pequeños a la altura de los grandes. Pero hay también en el corazón humano un gusto depravado por la igualdad que lleva a los débiles a querer rebajar a los fuertes a su nivel y que conduce a los hombres a preferir la igualdad en la servidumbre a la desigualdad en la libertad”.

En términos sociales y económicos, las instituciones de la libertad y propiedad privada son la plataforma del primer tipo de igualdad de que habla Tocqueville, que es esa que busca aquel que quiere llegar a la cima. Este tipo de búsqueda de igualdad no es otra cosa que el deseo de prosperar mediante el esfuerzo, el trabajo duro y el ingenio y se da en una cultura que, como la estadounidense, admira el éxito ajeno llevando como resultado a una nivelación hacia arriba.

El otro tipo de igualdad es la que se busca mediante la intervención del Estado y consiste en evitar que algunos, producto de su potencial, esfuerzo, talento y suerte, se encumbren por sobre otros. Se trata, en pocas palabras, de una igualdad en la mediocridad y solo se puede lograr plenamente en la servidumbre, es decir, bajo el yugo impuesto por la clase gobernante porque la libertad siempre permitirá que la diversidad humana se exprese en todo su potencial llevando a resultados distintos.

Esta igualdad en la mediocridad o miseria ha sido siempre el denominador común de las ideologías socialistas y es, como dice Tocqueville, “depravada” porque su fundamento último no es otro que el peor de los sentimientos humanos: la envidia. Por cierto la búsqueda de esta igualdad a través de la sumisión jamás se presenta como lo que es: un deseo de dominación de algunos que no toleran que otros sobresalgan. Se disfraza en cambio siempre de justicia. Los profetas de la igualdad depravada, que en general no pertenecen a las clases desaventajadas sino a las burguesas, reclaman a los cuatro vientos que es injusto que unos tengan mucho y otros tengan poco. Ello, como es evidente, supone que sería más justo que todos tuvieran poco en cantidades iguales a que todos tengan mucho en cantidades muy desiguales.

Lo interesante de este proceso de búsqueda de la igualdad en la servidumbre, es que si bien logra igualdad en la masa, quienes lideran el proyecto igualitario, como observó George Orwell, son siempre menos iguales que el resto, es decir, se convierten en una nueva elite que goza de todos los beneficios imaginables mientras la mayoría sufre no solo la opresión, sino también la miseria derivada de la filosofía de la mediocridad igualitaria. No existen mejores ejemplos que los países socialistas sobre los resultados a los que finalmente conduce el igualitarismo depravado denunciado por Tocqueville.

En efecto, el gran fracaso del socialismo no consistió en no haber sido capaz de beneficiar a las masas a las que prometió elevar en bienestar, sino en haber creado la sociedad de clases más violenta y explotadora que conoció la historia moderna. En ninguna sociedad fue la desigualdad en términos de bienestar material y libertad mayor entre la masa y la élite dirigente que en los regímenes dirigidos por Castro, Maduro, Stalin, Mao, Pol Pot, Honecker y compañía. Y es que, como hemos dicho, todo proyecto igualitarista construido desde el poder requiere de un pequeño grupo que ejerza ese poder y aplaste permanentemente la libertad para lograr la igualdad. Es por eso que, como decía Milton Friedman, una sociedad que se empeña por buscar la igualdad antes que la libertad, termina sin libertad ni igualdad.

Axel Kaiser es Director Ejecutivo de la Fundación Para el Progreso (Chile) y miembro de Young Voices (Berlín, Alemania).

Tomado de elcato.org

 

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