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Cultura de paz

EDUARDO BOWLES 

La violencia es una realidad cotidiana en nuestro país y las estadísticas comienzan a preocupar a la población, sobre todo a los gobernantes que no se explican cómo es que no han dado buenos resultados las leyes y algunas acciones destinadas a frenar los casos de agresiones dentro del seno familiar.

Y a la hora de proponer salidas al problema, esas autoridades sugieren aumentar la dosis de la misma medicina, es decir, endurecer las normas, crear brigadas de protección, inventar mecanismos burocráticos, campañas, presupuestos, comités y toda una serie de soluciones repetitivas que lamentablemente seguirán arrojando resultados poco alentadores.

Una sociedad está compuesta básicamente por hábitos y lastimosamente nadie trabaja para cambiar aquellos que resultan disfuncionales o nocivos para la convivencia. Lo peor del caso es que se los ve normales, como es el caso del abuso de la bebida. Estamos seguros de que el alcoholismo es el responsable de gran parte de la violencia que ocurre dentro de los hogares, pero a veces resulta timorato o moralista proponer verdaderas políticas que ayuden a frenar este flagelo. Ahora que hay tantos cerebros pensando en el cambio bien vendría alguna sugerencia innovadora en este sentido.

Vamos al otro sentido, al de la vista y pongamos atención a los vemos todos los días. ¿Acaso no es esta una sociedad que todo lo arregla con violencia, con bloqueo, con marcha, con amenaza y chantaje? Eso se ve reflejado con lujo de detalles y con dosis muy altas en los medios de comunicación todos los días. Si no hay violencia política es la crónica policial la que pone su cuota de exacerbación dentro de las familias y en esto es necesario que todos tomemos conciencia, pues a este ritmo estamos contribuyendo a la insalubridad mental de la gente.

Caminemos por las calles, tratemos de cruzar una avenida, subir a un micro, doblar una esquina ¿acaso existe el respeto? ¿dónde está la cordialidad? ¿dónde quedó la educación que se imparte en las escuelas y en las casas? Los individuos pelean, discuten, gritan e insultan a cada paso y lógicamente lo harán en sus viviendas, en sus oficinas y en sus escuelas, donde alarma el aumento de los casos de acoso escolar o "bullying" como lo llaman hoy.

Ni se nos ocurra visitar una repartición pública, allá donde queremos mandar a las pobres mujeres golpeadas. El maltrato será mayor, la humillación es grande y la displicencia de los burócratas no tiene límites, pues en Bolivia no hay existe la cultura del servicio (aunque te paguen para hacerlo), de donar, de ceder, de ser voluntarios y asumir otras conductas propias de sociedades que equilibran muy bien el progreso económico y el desarrollo humano. En nuestro caso el concepto de "vivir bien" sigue siendo absolutamente hueco.

A todo esto hay que sumarle otras "culturas" que de a poco se van arraigando en nuestro país y que van conformando mentalidades "de campamento" en las que no hay reglas, parámetros ni referentes éticos o morales que seguir. Nos referimos a la proliferación de actividades ilícitas que son toleradas por el régimen. El narcotráfico, el contrabando, la informalidad, generan una percepción del mundo totalmente carente de valores, en la que solo existe la necesidad de hacer dinero de cualquier manera y luego disfrutar y malgastar. Este contexto tiene un ingrediente muy especial: el exceso y cuando no hay límites la violencia suele ser una consecuencia inevitable.

Tomado de eldia.com.bo

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