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¿Democracia sin República?

CARLOS MIRA 

¿Se puede tener democracia sin república?, ¿son los conceptos de “democracia” y “república” separables?

El gobierno de los Kirchner ha funcionado precisamente sobre la base de respuestas afirmativas a estas preguntas. Según el movimiento kirchnerista, la democracia consiste en un sistema rudimentario que se limita básicamente a contar los votos: quien gana es el democrático, quien pierde el enemigo de la democracia. La voluntad del pueblo se subsume solamente en la voluntad de la mayoría y está se inviste de las características irrevocables, infranqueables, y supremas de “el pueblo”.

Por carácter transitivo “el pueblo” se encarna en los funcionarios elegidos en la noche de la elección, consecuentemente éstos son irrevocables, infranqueables y supremos.

La idea misma del control del poder y del gobierno limitado es completamente antitética a esa concepción: no hay nada por encima de la supremacía del “pueblo” y el “pueblo” son los que eligió una mayoría (una primera minoría, en realidad)

La república, para esta postura, es un conjunto de formalidades burguesas que, precisamente, tienden a evitar que el pueblo gobierne y ejerza su poder, priorizando minorías privilegiadas que en nombre de la libertad vienen a dominar al pueblo y evitar que este avance.

La democracia es, para esta concepción, un aluvión; una marea amorfa que debe cubrirlo todo, que debe meter y hacer sentir su poder en todos los rincones de la sociedad; a la fuerza si es preciso, en caso de encontrar resistencias.

Los equilibrios judiciales, sociales o mediáticos a ese torbellino deben reputarse inmediatamente como golpistas, destituyentes de la expresión que el pueblo dio a conocer en las urnas. Los derechos de las minorías deben hacerse a un lado para que el borbotón mayoritario no encuentre reparos.

La encarnación de ese torrente en personas de carne y hueso, iguales a nosotros, pero que se han declarado investidas del poder supremo de la mayoría, hace que pronto los límites entre las conveniencias del “pueblo” y las conveniencias de esas personas (en lo personal, valga la redundancia) empiecen a desdibujarse. De repente nos encontramos ante una verdadera nomenklatura, que por haberse autodeclarado como la personificación del “pueblo” en la Tierra accede a notorios privilegios, completamente desiguales a los del hombre común. En nombre de la igualdad democrática se ha perfeccionado un verdadero círculo paradojal en donde la “democracia” nos ha dirigido a un país en donde los únicos “iguales” son los que comparten las vicisitudes de la vida diaria, muy lejos, por cierto, de los lujos y privilegios de aquellos que se han arrogado la representación única del pueblo.

Hace poco el actual ministro de defensa que tiene veleidades de ser candidato a presidente, Agustín Rossi, inundó las calles de Buenos Aires con un cartel que decía “Agustin Rossi: por un país igual”. ¡Jaja!, ¡igual para nosotros, e igual en el reparto de la pobreza, pero no igual para vos!

La verdadera democracia, justamente, profesa un país desigual, un país acicateado por el deseo individual de mejorar, de prosperar, de crecer, independientemente de que eso haga de Juan un señor más pudiente que Pedro. Lo importante en la democracia y en las repúblicas es que a Juan y a Pedro se les aplique la misma ley; no que tengan la misma billetera. Y la misma ley aun cuando Juan o Pedro sean funcionarios del gobierno.

Esa movilidad social solo la pueden garantizar los controles y los límites al poder. ¿A qué poder? Al poder mayoritario o, para mejor decir, al poder que ejercen las personas elegidas por una mayoría circunstancial como son las mayorías de todas las elecciones: hoy se tienen, mañana no. Lo único permanente en las verdaderas democracias y en las repúblicas es un sistema de derechos, inalterados e inalienables con los que cuentan los individuos, no la masa.

En realidad no hay tal cosa como “derechos de la masa”, porque nada, en masa, puede tener derechos en la medida en que la masa no es ni una persona física ni una persona jurídica, únicos entes capaces de ejercer derechos y contraer obligaciones. Los así llamados “derechos del pueblo” o “derechos de la masa”, son artilugios de la nomenklatura para vivir bien, precisamente, a costa del pueblo.

La democracia no existe sin república. En la medida que lo que gobierne no sea la ley y las instituciones equilibradas del Estado de Derecho y de la Constitución, no hay república y, por lo tanto, no hay democracia: hay monarquía feudal y demagógica.

La Argentina necesita desesperadamente recuperar la república para volver a la democracia. El aluvión electoral no es democracia sino utilización fascista de los votos de la gente. La creencia de que un torrente aluvional se puede llevar por delante la realidad porque ganó una elección y de que ese es el ejercicio más legítimo de la democracia supone una “rudimentariez” del pensamiento que solo se puede deber a dos motivos: a la ignorancia o a la pícara conveniencia.

Tomado de thepostarg.com