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Para leer al Pato Donald

patodonaldALFREDO BULLARD 

El humor estadounidense suele ser poco sofisticado y simplón. Entones, ¿por qué es el que hace reír a más gente en el mundo a través de sus películas y series? Lo mismo pasa con sus películas de acción, cuyos héroes reales e imaginarios —desde Capitán América a Rambo, pasando por Superman o el reciente Francotirador Americano, de la película de Clint Eastwood— son inigualablemente populares.

¿Por qué la bebida más popular del mundo es una con sabor a remedio y de color negro —la Coca Cola—, también de origen estadounidense? Es virtualmente imposible entrar en una tienda en cualquier lugar y no encontrarla. ¿Qué hace que el programa operativo más difundido (Windows) provenga del mismo país a pesar de que siempre se dice que no es el mejor? ¿Por qué Mickey Mouse, un ratón insípido y sin mayor contenido ni personalidad, es uno de los personajes más conocidos y populares del planeta, incluso más que varios héroes nacionales?

La cocina estadounidense, sin mayor gracia ni sazón, ha conseguido universalizarse a través de sus “fast foods” en restaurantes como Mc Donald’s o Pizza Hut, que pueden encontrarse virtualmente en toda ciudad del mundo civilizado y no tan civilizado. Ninguna otra comida, ni siquiera la francesa, ha podido alcanzar el mismo nivel de difusión.

En los 70, Ariel Dorfman y Armand Mattelart publicaron Para leer al Pato Donald, considerado por muchos un clásico de la literatura política latinoamericana.

El argumento del libro es relativamente simple: bajo una tesis marxista setentera, los autores sugieren que Walt Disney no fue solamente un mero hombre de negocios, sino que fue también un cómplice consiente del colonialismo cultural norteamericano. Sus personajes, según los autores, representan y difunden valores capitalistas, dirigiéndolos a los niños, y generando un efecto de captura cultural. En otras palabras: ideología panfletaria disfrazada.

Disney sería una especie de agente de la CIA o una suerte de equivalente de lo que fue Goebbels para el nazismo. Y no sería el único: la Coca Cola, Ronald Macdonald, Bill Gates y Rambo serían cómplices de esta estrategia integral y muy exitosa. Por ello Dorfman y Mattelart califican su libro como un “manual de descolonización”.

Sin duda, la cultura norteamericana ha tenido una difusión extraordinaria. Pero que ello obedezca a la existencia de una organización de espionaje y destrucción de conciencia del resto de la humanidad tipo el KAOS del Super Agente 86, es otra cosa. El pato Donald no tiene efectos hipnóticos que nos hagan estúpidos.

La razón de esta propagación es precisamente la inversa. Este fenómeno está asociado a un extraordinario crecimiento económico y desarrollo humano en EE.UU. durante el siglo XX. La difusión cultural no es una estrategia, sino una consecuencia. Los fundadores de EE.UU. crearon un marco constitucional donde destacan dos elementos: una limitación al poder de los gobernantes y una tolerancia hacia las ideas y los principios de los demás.

Estos dos elementos generan lo que se puede llamar “el efecto network”, es decir, la facilidad de generar interacción e intercambios entre individuos, una de cuyas expresiones llamamos “mercados”. En otras palabras, Jefferson y compañía crearon un sistema que reduce los costos de intercambiar todo: ideas, mercancías, capitales, valores. Ello generó un extraordinario desarrollo del comercio, que beneficio no solo a EE.UU. sino a todos los individuos que comerciaron con estadounidenses.

La libertad de intercambio facilita la difusión de las ideas de todo tipo: las que nos gustan y las que no. Otras culturas han tratado de expandirse mediante actos de Estado. Han buscado imponer formas de pensar. Pero ello se legitima menos que el comercio que se basa en consentimiento. La cultura estadounidense consiguió lo mismo mediante el desarrollo de mercados. La cultura estadounidense ha sido aceptada, no impuesta.

Tomado de elcato.org

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