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Lecciones de populismo

CARLOS MIRA

Alberto Samid se explayaba ayer sobre la que probablemente sea la teoría económica más extendida de del populismo y la que más daño le haya hecho en la historia a aquellos a los que supuestamente ayuda.

El “Rey de la Carne”, con su voz aguardentosa gritaba repetitivamente: “hay que darle guita a los de abajo… lo que ha hecho este gobierno es darle guita a los de abajo… porque la guita va de arriba hacia abajo… cuando el pobre tiene plata, hace que la plata vaya para la clase media y la clase media la lleva para la clase alta… Así hay que hacer las cosas. Los conservadores hacen al revés: le dan la guita a los de arriba, diciendo que después va a derramar hacia abajo, y nunca derrama nada…”

Se trata de una explicación soberbia, simple y directa de cómo piensa el populismo económico: el secreto para el crecimiento es poner billetes en los bolsillos de los pobres para que éstos los gasten y con ello mantengan la producción y la circulación económica.

La presidente se ha referido miles de veces al concepto de “demanda agregada” -no se sabe bien si con cabal conocimiento de lo que ese significa- para explicar el esfuerzo del gobierno por sostener el consumo. En su último discurso ante la Asamblea Legislativa se quejó amargamente de los medios -¡cuándo no!- porque “con sus pálidas” transmiten un clima de pesimismo tal que la gente “amarroca y no gasta” (“porque es lógico”, dijo la presidente, “cuando la gente tiene miedo guarda y no consume”)

Los miles de subsidios y planes proactivos del gobierno con la utilización de recursos públicos responden justamente a esa idea de “poner plata en los de abajo”, como diría Samid.

Desde el programa “Ahora 12” hasta el plan Pro Crea Auto, pasando por el Pro Crear y todo cuanto otro régimen de fomento circula por la Argentina está inspirado en esa misma idea.

Por supuesto que dicho punto de vista no es exclusivamente argentino, ni mucho menos kirchnerista. Es una postura generalizada en los populismos y en las economías neokeynesianas que entienden que el acceso a la riqueza depende de poner medios monetarios en los bolsillos de la gente para que ésta vaya a adquirirla, como si la riqueza fuera una montaña inmensa pero finita de recursos cuya cantidad no fluctúa sino que permanece estática a la espera de que haya o no billetes en los bolsillos de las personas.

Para “poner guita en los bolsillos de los de abajo” los gobiernos tienen un solo camino posible: fabricarla. La riqueza, así contemplada, pasaría a ser un concepto “gráfico” (en el sentido de provenir de las imprentas que fabrican los billetes) y dejaría de ser un concepto económico según el cual ella es generada por la combinación adecuada de los factores de la economía.

Al fabricar riqueza gráfica (es decir billetes) “los de abajo” efectivamente tienen los bolsillos cada vez más llenos de papeles, pero como dicha producción no guarda relación con la generación real de bienes y servicios, esos papeles valen intrínsecamente cada vez menos y pueden comprar cada vez menos productos reales. Al inundar la plaza de papel (diseños artísticos con el nombre de “billetes”) el gobierno hace que el papel valga cada vez menos en relación a otras mercaderías y “los de abajo” tienen que poner cada vez más papel para hacerse de los mismos enseres. Esa es la inflación.

La inflación, a su vez destruye los precios relativos y esto hace que caiga la inversión porque son los precios la brújula de las inversiones. Destruida la brújula, la inversión se detiene y al detenerse la inversión la producción cae, con lo que la brecha entre la riqueza real y la “riqueza gráfica” será cada vez mayor.

Como resultado de este desquicio “los de abajo” se habrán convertido en millonarios, porque efectivamente hay tanto papel que cualquiera anda con “millones” en su billetera (los argentinos de memoria recordarán nuestro billete de $ 1.000.000), pero su nivel de vida se habrá deteriorado a estadios vergonzantes.

De la única manera que esos estándares pueden elevarse de verdad es que los billetes en posesión de los de abajo aumenten su poder de compra, es decir, que puedan comprar con las mismas unidades monetarias, más de lo que compran antes. Para lograr eso es necesario que la masa de bienes y servicios crezca más que proporcionalmente que la cantidad de billetes. Y para alcanzar ese objetivo es necesario abaratar la inversión, es decir inducir a que el dinero de los agentes económicos no se esfume en el consumo sino que se invierta en la reproducción económica. Para hacer eso deben tomarse medidas que tornen a la inversión más tentadora que el consumo para que quien dispone de un billete se sienta más inclinado a ponerlo en una máquina que en una camisa o en un aparato de LCD.

Cuando millones y millones de billetes sean puestos en máquinas para hacer camisas y para fabricar LCDs, éstos serán más baratos y podrán ser adquiridos con menos billetes de los que “los de abajo” necesitaban antes para comprarlos. De ese modo su nivel de vida se habrá elevado porque necesitarán gastar menos salarios para mantener o incluso elevar su nivel de vida.

Probablemente lo que Samid y los populistas llaman “darle plata a los de arriba para que luego derrame” sea el conjunto de medidas pro-inversión que hay que tomar para que la producción masiva de bienes abarate el consumo. Es verdad que luego la sociedad capitalista gira en una rueda sinfín entre producción masiva de bienes y consumo elevado (e incluso inducido y alentado). Pero el comienzo de ese círculo virtuoso arranca por la producción de bienes y la inversión en infraestructura para abaratar los precios finales. De ese modo el “darle plata a los de abajo” llegará de una manera más genuina por la vía de darle valor a los billetes que “los de abajo” tienen en sus bolsillos.

Es cierto que el secreto del capitalismo mundial descansa en haber incorporado a “los de abajo” a la rueda del consumo. Lo que es un error ignorante -y a esta altura de la historia inadmisible- es creer que esa incorporación puede hacerse a la fuerza por la vía de poner artesanías decoradas en los bolsillos de la gente. Lo que hay que llevar allí es valor de compra. Lo que el capitalismo descubrió es que la manera de llenar a “los de abajo” de valor de compra es darles a los agentes económicos (lo que probablemente Samid y el populismo llamaría “los de arriba”) las facilidades necesarias para que inviertan de tal modo que donde antes se producía “1” ahora se produzcan “2”. Al lograse eso “los de abajo” acceden genuinamente a una riqueza que antes veían alejarse cada vez de sus “abultados” bolsillos.