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Derrota del corporativismo: ¿un nuevo período?

IVÁN ARIAS 

La aplicación de la Ley de Participación Popular (1994) destronó a los actores sectoriales y empoderó a los ciudadanos territoriales. Ése fue uno de los grandes cambios sociales y políticos que abrió la LPP. Sin embargo, los gremios y corporaciones se agazaparon esperando su turno para volver a tomar el Estado por el asalto.
El dominio de los actores territoriales y la construcción de una institucionalidad democrática duró poco debido a las propias incongruencias de los partidos por entonces dominantes que, lejos de impulsar un proyecto común, se dedicaron a ponerse trabas y serrucharse el piso entre ellos.

Si bien Goni empoderó a los actores territoriales, Banzer y los que le sucedieron se encargaron de revivir y reprotagonizar a los actores corporativos, que terminarían, sin medir métodos ni consecuencias, retomando el poder en 2006.
Es así que la victoria que se dio en 2005 fue la victoria del corporativismo, tendencia de un grupo a defender a toda costa sus intereses, sin tener en cuenta la injusticia que pueda causar a terceros. Fue característico de las sociedades fascistas y nacionalsocialistas. Esta victoria se expresó en las denominadas organizaciones sociales (OS) agrupadas en la Conalcam que entraron a repartirse el Estado con la firme idea de no dejarse nunca más destronar.
Ayudados por una excepcional coyuntura económica en la historia nacional, su soberbia los llevó a perderse en el síndrome del hubris, reforzando su creencia de que estaban en el camino correcto

Todopoderosos, y destruyendo toda institucionalidad, creyeron que podrían decidir, no sólo sobre las arcas del Estado, al cual asaltaron sin medida ni clemencia, sino también sobre la vida y alma de las y los ciudadanos.
Pasándose por encima los criterios de normatividad, eficiencia, control social y sostenibilidad, desde el Gobierno se ejecutaron programas, empresas estatales y fideicomisos dirigidos por los mismos actores corporativos. Junto a esas acciones, la tolerancia estatal al narcotráfico y el contrabando abrieron las puertas a la corrupción y al enriquecimiento rápido e ilícito.
Y aparecieron los nuevos ricos, no necesariamente como producto del esfuerzo de trabajar la tierra o la industria. Poderosos, económica y políticamente, se creyeron dioses.

Los poderes locales, gobernaciones y municipios, en su mayoría, y allá donde el MAS tenía alta votación, fueron presa de los sectores corporativos. Sindicatos, gremios y ayllus se dieron a la tarea de asaltar a los gobiernos locales para decidir sobre fondos, cargos y proyectos. El mejor ejemplo de esta situación fue y es el municipio de El Alto, donde el señor Patana era preso del poder corporativo chantajista, expresado en las dirigencias de juntas, gremios y centrales.
El Presidente, ante las encuestas que mostraban una debacle en El Alto, convocó el día jueves, antes de las elecciones, a una reunión a todos los dirigentes de los poderosos gremios y les pidió que aseguraran el voto en El Alto.

Los dirigentes de la corporación salieron vivando al Presidente, al partido de Gobierno y jurando que El Alto, una vez más, sería azul, y que la derrota de la oposición estaba reasegurada. ¿Quién osaría enfrentarse a semejantes dioses del olimpo andino?
Sin embargo, los resultados del 29 de marzo de 2015 -como bien lo apunta Ricardo Paz- demostraron que los dirigentes corporativistas eran dioses de barro, dioses sin base social, dioses sin fieles, porque los ciudadanos de carne y hueso, frustrados por la mentira del cambio, cansados de su soberbia, de sus amenazas y de su manipulación, decidieron, en el silencio de la urna, expresar su descontento y rechazo a esos dirigentes arrogantes y corruptos que los usan y manipulan bajo la mentira del cambio.

El voto ciudadano de las elecciones municipales y departamentales, en todo el país, fue la derrota del corporativismo, no sólo en El Alto, sino en siete ciudades más, y el pedido es que el Gobierno tiene y debe cambiar de forma de gobernar y hacer política.
El ciudadano ha derrotado al corporativismo mentiroso, soberbio, rencoroso, confrontacionista y corrupto.
Son los derrotados por la ciudadanía los que ahora buscan culpables. "La dirigencia regional del partido de Evo Morales salió ante los medios de comunicación a exigir la renuncia de los dirigentes sindicales, que supuestamente impusieron candidatos. Mientras los aludidos pidieron que no se metan en sus organizaciones e, incluso, advirtieron que el Jefe del Estado también tuvo la culpa en el fracaso electoral” (ERBOL).

Son los castigados por la ciudadanía los que salen a amenazar. "El secretario ejecutivo de la Federación de Gremiales de El Alto, Braulio Rocha, manifestó que él se convertirá en ‘la pesadilla de Soledad Chapetón’ si continúa con un supuesto plan de intervenir las instituciones alteñas” (ANF).
Son estos viejos dirigentes, como Gustavo Torrico, los que amenazan con acorralar y destruir la gobernabilidad allí donde perdieron. "Somos el disc-jockey de la fiesta, ponemos música y Patzi baila, la cortamos y Patzi se sienta, es que es así”, dijo (Página Siete).
El desafío de los líderes emergentes, como José María Leyes, Soledad Chapetón, Gatty Ribeiro, Adrián Oliva, Félix Patzi y otros que recibieron el voto anticorporativismo, es enorme y deberán tener una lectura adecuada al momento de sentar las bases de su gestión.

Los ciudadanos y ciudadanas han hablado y esperarán que los electos los escuchen. El apoyo ciudadano recibido no es carta blanca para hacer lo que el corporativismo hizo: el poder del voto ciudadano está pidiendo un cambio en la forma de ser líder, de hacer política y de hacer gestión.
El MAS no está herido de muerte, el MAS sigue siendo el mayor partido del país, pero si el MAS no sabe leer correctamente lo sucedido desde la ciudadanía, estemos seguros que ampliará la rendija de su destrucción.

Iván Arias Durán es ciudadano de la República Plurinacional de Bolivia.

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