Buscar en nuestras publicaciones:

El tiempo de las cosas pequeñas

ROBERTO LASERNA

En América Latina tenemos una concepción heroica de la lucha política. Los partidos, los líderes y los electores perseguimos la Historia, esa que se escribe con mayúscula porque está hecha de grandes cambios, obras espectaculares, iniciativas radicales, actos excepcionales y gente sobresaliente. En cambio, despreciamos las cosas pequeñas, a pesar de que es justamente en las cosas pequeñas que se basa el bienestar de la gente.

Sergio Almaraz refleja esa concepción en su Réquiem para una República, cuyo segundo capítulo está dedicado al tiempo de las cosas pequeñas. En ese capítulo se refiere a la etapa de gobierno del MNR preocupada por los pupitres para los escolares y las motos para la policía, superada ya la etapa de las movilizaciones sociales que marcaron la reforma agraria y la nacionalización de las minas. El tiempo de las cosas pequeñas es, para Almaraz, despreciable, y lo describe como una rendición, un retroceso, incluso una traición.

En cierto modo, tiene razón. La revolución (y él la promovía y deseaba) solamente puede ser heroica y el heroísmo político se alimenta de ilusiones. Tal vez eso explique por qué las revoluciones generan también frustraciones colectivas. El hecho es que, en general, cuando la gente se deja atraer por esas ilusiones lo hace porque en realidad quiere vivir mejor, resolver más fácilmente sus problemas, quiere trabajar, viajar y descansar con más comodidad y menos estorbos, aunque nada de eso forma parte de las grandiosas ilusiones. Lo peor es que tampoco se logra mediante gestas heroicas. El bienestar (podemos llamarlo vivir bien), requiere prestar atención a las cosas pequeñas, a esa parte despreciada de la política que supone eliminar colas, simplificar trámites, pensar, en definitiva, en el ciudadano.

En Bolivia necesitamos con urgencia dedicarnos más al tiempo de las cosas pequeñas. Mientras los políticos buscan el acto heroico, los funcionarios toman decisiones y diseñan procesos pensando en los problemas de la burocracia más que en los del ciudadano. Si por algún motivo se encuentra que no se puede controlar la presentación de facturas, se añaden nuevos códigos y pasos previos para obtenerlas. Si en una zona se quejan por el exceso de velocidad, te ponen un rompemuelles. Si descubren contrabando de algo, te aumentan los controles y los formularios a llenar.

Son cuestiones chicas que se suman en un malestar grande. Veamos algunos de los “problemas” que la burocracia ha venido creando en los últimos años y que se van sumando para hacer que el día a día de la gente sea más engorroso y menos productivo.
Ya no se puede echar la basura en contenedores. Ahora hay que esperar nuevamente a que pase el camión tocando una campaña improvisada y debes salir corriendo con tu hedionda carga. La alternativa es amontonarla en una esquina (sin que te vean) y esperar a que recojan las bolsas antes de que los perros callejeros las destrocen y dispersen dejando tu barrio un desastre.
Tampoco puedes comprar gas en garrafa donde quieras y cuando lo necesites. No. Tienes que esperar a que pase un camión tocando su campana y salir corriendo con la garrafa en la mano y esperar a que se conduelan de tí y frenen antes de que te desmayes. El relato hace parecer hasta divertido este pequeño suplicio, pero imagina si vives sola y tienes 80 años.

Si pagas impuestos sabrás ya que todo se va digitalizando de a poco. Pero ni sueñes en que eso implique menos trabajo para quien llene los formularios. No. Cada vez hay una nueva columna para llenar de manera que por cada transacción que realizas debes introducir más o menos unos 80 dígitos: el NIT, la razón comercial, la fecha, el número de factura, la autorización, el monto bruto, el exento, el neto, el crédito fiscal, el código y, a veces, la póliza de importación. Cuántas transacciones (compras y ventas) se reportan al mes? Y hay que meter todos los datos sin fallar! Y todavía no está claro si el nuevo código QR ayudará en algo al contribuyente. Claro, esto “crea empleos” pero también aumenta costos. Abuelita abuelita, para qué tienes formularios tan grandes? Para controlarte mejor, dice el lobo… por lo que sólo nos queda que aparezca un leñador.

En la misma onda está la segunda placa en los automotores (porque al parecer se perdió el control de la primera) y a ello se añade ahora el registro en la agencia de hidrocarburos, sin el cual no podrás comprar gasolina porque dice que se la llevan de contrabando “hasta en mamaderas”. O sea que los vendedores de gasolina han de cumplir en parte la labor de los aduaneros y todo comprador tiene nomás que resignarse a que lo traten como sospechoso.
En muchas oficinas te topas al entrar con un letrero que dice: “Todo trámite es personal”. En la mayor parte de los casos, esto no tiene justificación alguna y en otros se basa en la presunción de culpabilidad sobre cualquier ciudadano que deba entrar a esa oficina. Es cierto que la disposición es estricta los primeros días y poco a poco deja de cumplirse porque vuelven los tramitadores que tienen relaciones de confianza con los funcionarios. Benditos sean! Gracias a ellos puedes dedicarte a algo más productivo que hacer cola y esperar a que te traten mal en un trámite que, tal vez, hasta podría evitarse con pequeñas disposiciones organizativas.

Recientemente se ha aprobado una nueva ley del notariado que ha impuesto sobre los ciudadanos un aumento extraordinario de cargas. Un poder notarial que permite que una persona delegue en otra ciertas atribuciones sirve de poco, pues ahora es necesario ser cada vez más específico, lo que a su vez obliga a tramitar varios poderes que, por si fuera poco, son cada vez más caros. Algunas voces han protestado por este nuevo abuso pero el abuso continúa. La queja no ha sido acogida por ningún sindicato ni movimiento social.
La aduana nacional es otra entidad que parece convencida de que multiplicando normas y formularios elimina el contrabando. Hasta para recoger un paquete de libros tiene uno que registrarse como importador y tramitar una póliza, y a veces incluso para acabar no pagando un arancel, con lo que el ciudadano paga un costo que no genera beneficio.

En esta relación de los obstáculos que enfrenta el ciudadano omito mencionar las exigencias de presentar el carnet y su fotocopia (firmada y a veces con la huella digital impresa) en cualquier lugar que tenga un funcionario celoso, la de llenar formularios para declarar de dónde obtuviste tu dinero y qué planeas hacer con él, la de tramitar permisos para trabajar, producir o comerciar, que te llevan de una a otra oficina durante meses y que te mantienen sujeto a normas que a veces son interpretadas a capricho de los inspectores.

Lo peor no es que este pueblo sufrido, como lo llamó la Presidenta Gueiler, se enfrente a esta innumerable serie de escollos, sino que cada uno de ellos hace al ciudadano más vulnerable frente al poder del burócrata, porque si uno no cumple rigurosamente la norma se hace pasible a sanciones, multas y retrasos en sus trámites. Cualquier error será considerado evidencia de su mala fe, y confirmará que el funcionario tenía razón en sospechar de usted. Todas estas pequeñas normas le dan al burócrata un poder sobre usted, que no vacilará en utilizarlo, sobre todo si lo ve inquieto, impaciente y peor su tiene la imprudencia de reclamar.
Necesitamos pues darle más tiempo a las cosas pequeñas y dejar el heroísmo en las películas. Si el estado es inevitable, la política debería tratar de que sirva a la gente común… pero sin hacerse notar tanto.

Tomado de laserna.wordpress.com