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Hay que liberar la capacidad de innovar de la gente

ROBERTO CACHANOSKY

La típicas preguntas que surgen ante el muy probable fin de ciclo k tienen que ver con qué pasará con el tema cambiario, el cepo, la cuestión fiscal, etc. Es decir, todas preocupaciones de muy corto plazo porque todos sabemos que hay una fuerte distorsión de precios relativos que es insostenible. Hasta los que votan a Scioli saben que esta locura no puede sostenerse. 

Ahora bien, entiendo que la gente esté preocupada por saber cómo se va a encarar el corto plazo, algo que a mí también me preocupa, pero mucho más me preocupa cuáles serán las políticas de largo plazo que torcerán el rumbo de la larga decadencia que viene infringiéndole el populismo a la Argentina. No se trata solo de cambiar los precios relativos sin tocar las causas que llevaron al actual deterioro de los precios relativos. Es cierto que hemos llegado a niveles de distorsión cambiaria, de tarifas de los servicios públicos y de déficit fiscal comparables a los que dejó José Ber Gelbard con su famosa inflación cero que derivó en el rodrigazo de 1975, pero eso no quiere decir que no haya que corregir las causas que llevan a una crisis tras otra, como en 1975, 1981-1982, 1985, 1989 y 2001-2002 por citar solo algunas de las que ocurrieron en los últimos 40 años.

El denominador común de todas esas crisis ha sido el déficit fiscal y el uso del tipo de cambio como ancla para disimular, transitoriamente, la inflación. Es decir, la caída del tipo de cambio real que termina afectando el comercio exterior y posteriormente genera una crisis del sector externo como todas las que tuvimos y tenemos actualmente con las fuerte restricción a las importaciones, el pago de utilidades y dividendos y la prohibición de comprar libremente dólares para aquellos que quieran huir de un peso que se derrite.

Ahora bien, ¿cuáles son las causas que llevan a estas recurrentes crisis económicas que acompañan a esta larga decadencia argentina? A mi entender, la respuesta a este interrogante tiene que ver con el cambio de valores que, desde hace décadas, impera en la sociedad según los cuales todos se sienten con derecho a ser mantenidos por el otro. Unos piden que los consumidores les transfieran ingresos vía el proteccionismo. Otros piden que alguien les regale la vivienda, los mantengan para no trabajar y cosas por el estilo. Otros usan el sector público como un conchabo para no trabajar. En definitiva, un modelo de saqueadores donde la mayoría se roba entre si y en el medio van quedando cada vez menos personas que producen.

No es solo el gasto público el que destruye riqueza asignando ineficientemente la economía y asfixiando con la feroz carga tributaria al sector privado que trabaja en blanco. También son las regulaciones que inhiben la capacidad de creación de la gente. Un ejemplo al respecto son las restricciones a las exportaciones de trigo que llevaron a que se sembraran la misma cantidad de hectáreas que se sembraron 100 años atrás. De los 16 millones de toneladas que se produjeron en la campaña 2007/2008 se pasó a 9,2 millones gracias a que la prohibición de exportar desestimuló la siembra de ese grano. O la caída en las exportaciones de carne que, encima, ni siquiera los cortes que se exportan se consumen internamente.

Las regulaciones, que buscan redistribuir ingresos por medio de prohibiciones y controles atentan contra la generación de riqueza tanto como la desaforada carga tributaria. Son mecanismos diferentes de ahogar la producción que, en última instancia, es la que permite acceder a los bienes y servicios.

Lo que necesita desesperadamente la economía argentina, además de apagar el incendio que deja CF, es liberar la capacidad de innovación de la gente para producir cada vez más bienes y servicios. Esa es la verdadera riqueza, no los pesos que emite el BCRA.

Ahora bien, para poder liberar la capacidad de innovación de la gente hace falta cambiar la cultura del vivir del trabajo ajeno, porque la carga tributaria desorbitante y las regulaciones son para, justamente, redistribuir el ingreso que, según la dirigencia política, es un derecho de la gente.

Hasta que no terminemos con el mito que una parte de la sociedad tiene derechos a vivir a costa del trabajo ajeno. Hasta que no entendamos que los políticos no tienen el monopolio de la solidaridad y que la gente es mucho más solidaria de lo que se supone, difícilmente podremos evitar las recurrentes crisis que vivimos cada 10 años y, mucho menos, terminar con esta larga decadencia argentina, hija de esa cultura de querer vivir del trabajo de unos pocos.

Tomado de eldiarioexterior.com



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