Buscar en nuestras publicaciones:

Macri: lo que se viene

ÁLVARO VARGAS LLOSA 

Desde inicios de la década de 2000, una serie de países latinoamericanos fueron cayendo, poco a poco, en manos del populismo. Algunos, del populismo abiertamente dictatorial, otros del populismo autoritario en distinto grado y alguno, sobre todo Brasil, de un populismo que es justo llamar democrático. En esa “era” política, el kirchnerismo, situado en algún punto entre los populismos autoritarios y los democráticos, ocupó un espacio enorme. Duró lo bastante (contando a Néstor y a Cristina, el kirchnerismo resultó el gobierno de más larga duración desde el siglo XIX) y fue lo suficientemente devastador desde el punto de vista institucional, moral y económico como para constituirse en una referencia clave del nuevo populismo latinoamericano.

Por eso importa tanto el triunfo de Macri que todos los sondeos llevan semanas anunciando para hoy y del que sólo se ignora a estas alturas la magnitud. Es el primer gigante de la era política populista en caer. Su caída abre esperanzas de algo muy distinto en un país de gran peso en la región; también, y en esto reside quizá el mayor interés internacional, augurios de un efecto dominó. Muchas preguntas preñadas de expectativa recorren palacios de gobierno, cancillerías, oficinas financieras y salas de redacción de un confín a otro de América.

¿Habrá vasos comunicantes entre lo que sucederá hoy y lo que pase en los comicios legislativos de Venezuela este 6 de diciembre? Y si los hay, ¿cómo repercutirán en Brasil, donde el gobierno se tambalea desde hace tiempo? ¿Supone esto el entierro definitivo de los planes de reelección indefinida de Rafael Correa en Ecuador, algo que ha despertado tanta hostilidad popular que el propio interesado no termina de dejarlo atado? ¿Y cuánto tiempo más seguirá Bolivia siendo la excepción en términos de estabilidad política entre los populistas sudamericanos?

El propio Mauricio Macri se ha encargado de despertar curiosidad en el exterior dando a entender que la política exterior sufrirá un cambio sensible. Ha llegado a decir que como mandatario invocará las cláusulas democráticas de los organismos regionales y hemisféricos que Venezuela está violando sistemáticamente para que se le apliquen las medidas previstas. Entre ellas, la suspensión de ese país en el Mercosur.

Macri puede significar el inicio, o el anuncio, de un cambio de era política. Si los años 90 fueron la década que los populistas llaman “neoliberal” y lo que rigió entre 2000 y 2015 fue una generación neopopulista, ¿qué es exactamente lo que prefigura, para los próximos 10 o 15 años, la llegada de Macri al poder?

Imposible responder con precisión, pero en zonas importantes del subcontinente se viene un reflujo tras el flujo populista. Puede ser intenso o leve, largo o corto, masivo o aislado, dependiendo de muchos factores. La historia, que no está escrita, es caprichosa, ya lo sabemos. Pero Macri viene con una necesidad, no sólo un plan de reformas. Y por tanto, podemos avizorar algunas cosas: el gradual desmantelamiento de la herencia kirchnerista en las instituciones, por ejemplo; también un esfuerzo por revertir en algo la hipertrofia estatal; un cambio de talante de cara al resto del mundo en temas arancelarios, financieros, políticos y verbales; por último, un rescate de ciertas formas democráticas, de determinadas maneras de relacionarse con los demás, que el kirchnerismo había desterrado.

La primera condición para que esto suceda es que Macri logre lo que la burocracia internacional llama gobernabilidad. Allí falló estrepitosamente el anterior gobierno no peronista, el de Fernando de la Rúa, cuyo fracaso Macri y compañía tienen muy presente. No será fácil lograr una gobernabilidad: Macri no tendrá mayoría en el Congreso; Cristina Kirchner le está dejando el Estado sembrado de aliados suyos; los sindicatos, que tanto poder acumularon, no darán mucha tregua; por último, las finanzas del gobierno acumulan un déficit de 7%, además del pavoroso cuadro que presentan las reservas -si dejamos de lado aquellas que pertenecen a los privados- y la extrema necesidad de obtener dólares que tienes los agentes económicos del país.

Muchas razones permiten suponer que Macri tendrá ventajas importantes a la hora de organizar esa gobernabilidad que necesita para proteger a su gobierno y a sus reformas del embate opositor destructivo.

Las ventajas pueden dividirse en tres: en primer lugar, el liderazgo personal de Macri, que incluye una plena conciencia del problema y antecedentes de construcción de alianzas sólidas, como la que hizo con la Unión Cívica Radical y la coalición de Elisa Carrió para esta campaña; en segundo lugar, la división opositora, es decir, del peronismo, donde se desatará una verdadera guerra sin cuartel entre el kirchnerismo y sus enemigos, que estarán necesitados de Macri para acabar con Cristina Kirchner; por último, el modelo de poder que heredará la nueva administración: es tal la dependencia que tienen las provincias respecto del gobierno central, que con un poco de muñeca Macri podrá utilizar a esos gobiernos, incluidos los peronistas, para un toma y daca político mediante el cual él los sostenga mientras ellos lo sostengan a él.

Macri llegará al gobierno, en diciembre, con un poder propio nada desdeñable. Será el jefe del partido que mandará en el gobierno central, en el de la provincia de Buenos Aires y en la capital federal. Una acumulación de fuerzas insólita para alguien no peronista, en gran parte debida, precisamente, al daño que el kirchnerismo ha infligido al peronismo y del que las otras corrientes del justicialismo querrán vengarse. Recordemos el triunfo -poco menos que una hazaña- de María Eugenia Vidal, del PRO, el partido de Macri, a finales de octubre, en la elección para la gobernación de la provincia bonaerense, un gran bastión peronista desde hace décadas que para colmo lleva tiempo gobernando Daniel Scioli, el candidato del oficialismo en la presidencial. Otro síntoma de lo mismo fue la derrota del peronismo en varias intendencias de dicha provincia: han sido desalojados por los electores los caciques que llevan años manejando el poder a su antojo en favor del kirchnerismo.

¿Por qué es todo esto importante para Macri? Porque gobernar la provincia bonaerense, que concentra casi el 40% de los votos del país y es un centro neurálgico del poder en Argentina, y haber sacado del camino a varios caciques locales allí mismo, le despeja considerablemente el terreno. Era una zona donde cabía esperar intensa actividad de sabotaje contra el próximo gobierno.

Pero también es importante porque da una medida de lo que será el ajuste de cuentas al interior del peronismo y por tanto de las perspectivas que se le abren a Macri para construir alianzas o entendimientos con los peronismos menos irracionales. Por lo pronto, hay dos nombres claves: Sergio Massa y José Manuel de la Sota. El primero, que ha competido con Macri en estos comicios, obtuvo uno de cada cinco votos en la primera vuelta y acaricia el objetivo de tomar el control de su partido. Para liquidar a Cristina Kirchner y a los personajes infaustos que representaron al kirchnerismo -los Aníbal Fernández, los Axel Kicillof, los Carlos Zannini y, por supuesto, La Cámpora en general, en la que un hijo de la Presidenta ha sido el catalizador- será necesario que Massa se apoye en Macri. Por lo menos durante un tiempo. Hay diálogo entre ambos y entre los congresistas de ambas partes que tienen intereses comunes superiores a sus rivalidades.

De la Sota es otro peronista clave. Ha sido la referencia de ese partido de partidos en Córdoba durante largo tiempo y tiene pretensiones nacionales desde hace años. Ha dejado saber a quien lo escuche que quiere recuperar al partido de manos del kirchnerismo, al que considera una aberración ideológica y política. Aunque el logro de ese propósito es de incierto pronóstico, será indispensable para él trabar alianzas con el poder.

Otro sector del peronismo que necesitará a Macri será el de los gobernadores que han rendido a pleitesía a (los) Kirchner en todos estos años porque no había más remedio. Todos estos personajes humillados por la pareja tendrán, es probable, bastante menos lealtad a Cristina y los suyos cuando estén fuera de la Casa Rosada que sentido de supervivencia y conveniencia.

Macri parece consciente de todo esto. O por lo menos da la impresión de estar poniéndole mucha toronja -como dicen mis amigos cubanos- a la construcción de la gobernabilidad, haciendo alianzas y produciendo entendimientos. Ha dejado saber que Emilio Monzó, que es su operador político a escala nacional, será el presidente de la Cámara de Diputados si gana hoy; esto sugiere hasta qué punto proteger al próximo gobierno de la desestabilización promovida por el kirchnerismo y eventualmente algunas otras corrientes peronistas está en su agenda.

En cuanto al gobierno propiamente hablando, todo indica que un buen número de quienes han ocupado cargos ejecutivos en el gobierno de la ciudad de Buenos Aires de la que Macri ha sido jefe tantos años, o que han actuado como asesores, pasarán a tener responsabilidades ministeriales. Los nombres de Rogelio Frigerio, Carlos Melconian, Edgardo Cenzón y compañía probablemente tendrán un perfil nacional en los años que vienen. También otros con los que Macri ha tenido relación y ocuparon cargos de relieve en su día, como Alfonso Prat Gay, o que han estado cerca de Sergio Massa, como el ex ministro Roberto Lavagna, pueden acabar siendo parte importante del equipo de gobierno.

La herencia que recibirá Macri lo obligará a dar pasos más acelerados de los que él calcula que, desde el punto de vista de los tiempos políticos, le convienen. No sólo hereda una economía que está muy cerca del 0 por ciento en términos de crecimiento, que soporta una inflación abultada y necesita dólares, sino un déficit enorme en las finanzas públicas. El gobierno saliente ha gastado en este año electoral cifras muy irresponsables de dinero: el gasto se expandió 17% en relación a la recaudación en el último trimestre y ya venía aumentando más de 11% en los trimestres anteriores.

Si Macri no se mueve con celeridad, simultaneidad y decisión por temor a una reacción peronista, corre el peligro de que la propia herencia se lo devore y los que hoy parecen enanos políticos por el repudio popular se agiganten en la oposición al gobierno. Para que Macri se sienta con la confianza de actuar de inmediato y con mucha energía reformista, será importante la magnitud de su victoria. Superar el 54% obtenido por Cristina Kirchner en su reelección (aun cuando no fue en un “ballotage” sino en primera vuelta) daría un golpe psicológico demoledor a sus adversarios y le allanaría el camino.

Tomado de eldiarioexterior.com

Búscanos en el Facebook

Artículos del autor