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América Latina: tiempos de transición

ÁLVARO VARGAS LLOSA

El ex Presidente uruguayo Julio María Sanguinetti resumió hace unos días en El País de Madrid la percepción que empieza a extenderse por la región de que se está produciendo un viraje político desde el populismo hacia la racionalidad.

Algunos lo llaman el péndulo de izquierda a derecha, que no necesariamente es lo mismo. Concluía Sanguinetti con estas dos frases: “Lo que sí está claro es que la fiesta populista está en su ocaso. En América del Sur el sol no sale sólo para el Pacífico”.

Es una forma apropiada de describir lo que está ocurriendo porque no se centra tanto en lo que está por venir como en la constatación de lo que ya se ha dado: el repudio a un modelo que ha abarcado a muchos países, incluidos tres grandes, Brasil, Argentina y Venezuela. Con respecto al futuro, prefiere expresar una esperanza algo ambigua antes que profetizar la trayectoria ideológica y política.

Lo primero se cae de maduro: nadie que no tenga anteojeras de caballo caprichoso puede negar que los gobiernos que apostaron, con distinto grado de intensidad, por el populismo autoritario han infligido a sus pueblos un dolor que da mucha lástima ver reflejado en la información que circula a diario o que le quema a uno los ojos apenas pone los pies allí.

En el caso -Brasil es el principal ejemplo- de quienes no practicaron la variante autoritaria del populismo pero sí todas sus otras dimensiones, las consecuencias también son dramáticas, aunque menos que en los casos anteriores porque la fragilidad institucional es menos alarmante (en ciertos sentidos, como lo atestigua la acción de las instancias jurisdiccionales brasileñas, puede decirse que el populismo ha provocado, por oposición, una saludable vinificación de una parte del aparato institucional).

No es cuestión de entrar en detalle sobre las diferencias que hay entre casos como el de Nicaragua y Bolivia -donde la economía todavía resiste y los gobiernos populistas tienen mayor aceptación- y los de países donde la inflación, el hundimiento del aparato productivo o su estancamiento, el desabastecimiento y la escasez de moneda extranjera acentúan el descrédito gubernamental. Lo que importa es que en todos los casos el modelo está siendo cuestionado de una forma u otra por las masas que llevaron al poder a esos gobernantes: sus planes de perpetuarse en el poder enfrentan una resistencia tenaz.

Si nos atenemos estrictamente a procesos electorales, sólo podemos hablar de dos -a escala presidencial- que permitan corroborar el viraje o transición ideológica en la región en 2015. En Guatemala la crisis moral llevó al poder a Jimmy Morales, un hombre del mundo de la televisión de tendencia conservadora. En Argentina, Mauricio Macri, de inclinación más bien liberal, acaba de derrotar al kirchnerismo y se prepara para asumir el mando del Estado en su atribulado país. Estos dos ejemplos no bastan, evidentemente, para proclamar el movimiento del péndulo ideológico en la región. Pero hay muchos otros síntomas que permiten hablar de una tendencia más general.

La amplitud monumental del descrédito gubernamental en Venezuela y Brasil, y el crecimiento significativo de la oposición de centroderecha o liberal (términos que a veces coinciden y a veces no), dejan poca duda en ambos casos.

La oposición venezolana agrupada en la Mesa de la Unidad Democrática, que tiene a sus puntales en las figuras de Leopoldo López, Antonio Ledezma, María Corina Machado y Henrique Capriles (este último algo disminuido), goza ahora de una aceptación que en el peor de los casos duplica y en el mejor triplica a la del chavismo. Si las elecciones de hoy domingo en Venezuela fueran limpias y el sistema permitiese que la composición de la Asamblea Nacional reflejara el caudal de votos de la oposición, estaríamos ante una mayoría absoluta por parte del antichavismo.

En el caso de Brasil, la jibarización política de Dilma Rousseff, hoy con apenas 10% de popularidad, ha venido acompañada del crecimiento de la centroderecha encarnada por la Social Democracia Brasileña. Aécio Neves, su líder, encabeza los sondeos con claridad; en el mejor de los casos, Lula da Silva (sí, el eterno Lula) está 10 puntos por detrás. Aunque el desprestigio político afecta a todos los partidos y el escándalo conocido como Lava Jato ha hecho muy difícil que las organizaciones principales, sea cual sea su orientación y posicionamiento, preserven intacta su legitimidad, lo cierto es que la oposición liderada por el PSDB es hoy una clara alternativa en el sentimiento popular.

Esto, en cuanto a los países donde la situación es más calamitosa. Les sigue Ecuador, donde también hay síntomas de fin de fiesta. A las multitudinarias protestas por diversas iniciativas gubernamentales a lo largo del año, como la Ley de Herencias y la Ley de Plusvalías, que Rafael Correa tuvo que retirar, se añade la movilización contra la pretensión del Presidente de hacerse reelegir de forma permanente. Ante la magnitud de la ira ciudadana, Correa se vio obligado a presentar al Congreso una enmienda que permitirá la reelección indefinida pero sólo a partir de 2021 (fecha en que, por lo demás, él podrá postularse otra vez).

Es cierto que si el mandatario manipula los próximos comicios presidenciales y logra que su sucesor sea un miembro de su Alianza País, la perpetuidad de la “Revolución ciudadana” estará garantizada (a lo que se sumaría el eventual retorno de Correa en 2021). Pero lo que rescato de lo sucedido es que la impopularidad de Correa -aun cuando su aceptación no es tan baja como la de Nicolás Maduro o Dilma Rousseff, desde luego- es otro síntoma de la desilusión con el modelo populista; allí también el deseo de ver un cambio en la Presidencia refleja una mudanza en la orientación del sentimiento político de la gente.

No está ciento por ciento claro, como en otras partes, que esa mudanza vaya en dirección conservadora o liberal, sobre todo teniendo en cuenta que desde hace unos años Correa soporta también mucha oposición por su izquierda. Pero, si uno tiene en cuenta la clara orientación populista de izquierda de las iniciativas derrotadas o al menos fuertemente contestadas en los últimos tiempos, es evidente que la disconformidad expresa un repudio al populismo estatista y expropiador. Se trata de iniciativas que en otras circunstancias -en otro tiempo psicológico- de América Latina hubieran hecho las delicias de la multitud. Ya no.

El caso de la Bolivia de Evo Morales es algo distinto porque allí la economía todavía no se ha desacelerado tanto como en otras partes y el mandatario retiene cierta popularidad. Las causas -los precios del gas que exporta, fijados antes de la crisis de las materias primas, el acuerdo con los empresarios y un manejo fiscal y monetario algo menos irresponsable que en otros gobiernos populistas- no son lo importante. Lo que de veras interesa es que, a pesar de que Morales mantiene una base popular significativa, la pretensión de reelección permanente (va por su tercer mandato y quiere otro más) choca con una antipatía notable.

Está fijado en principio para febrero el referéndum sobre la ley que permitirá a Morales buscar otro mandato; todos los sondeos serios indican que una mayoría se opone. Algunos procesos electorales menos importantes ya han dado señales de hastío por parte de la población boliviana. El deterioro económico -que se empieza a notar y tiende a agravarse con efecto algo retardado- limitará considerablemente el margen de maniobra populista del gobierno. Morales da señales de que sabe que no tiene garantizada ni mucho menos la victoria.

Habría que apuntar, en el caso boliviano, algo que también vale para el caso nicaragüense: el mayor síntoma de viraje ideológico provino en su momento del propio gobierno, cuando pactó con los empresarios que le hacían oposición, a quienes dio un respiro y en algunos casos garantías. Sin dejar de ser populista, lo fue con menos asiduidad y con una ambición menos abarcadora que otros gobernantes de semejante convicción por razones de supervivencia pragmática. Era como un anticipo del viraje ideológico del que hoy se habla en la región.

La paradoja de este tiempo psicológico es que, así como en los países gobernados por el populismo en la última década o década y media el antipopulismo cobra mucho poder ciudadano, en los países gobernados de forma distinta en ese mismo lapso son las corrientes populistas las que están animadas. En algunos, especialmente Chile, tienen una presencia clave en la coalición de gobierno y han dejado huella en la mandataria; en otros, como México, suponen hoy una perspectiva de riesgo a mediano plazo, pues figuras de la izquierda carnívora como Andrés Manuel López Obrador han revivido y cundan con no pocas adhesiones. En otros -como Colombia- el populismo podría crecer si el gobierno, impaciente por un cuerdo de paz con la narcoguerrilla terrorista, hace demasiadas concesiones al enemigo y le abre la puerta trasera del poder. Finalmente, hay casos como el del Perú, donde la falta de continuidad en las reformas, el hecho de que el proceso electoral en curso se dé en medio de una chocante desaceleración económica y el desprestigio ético de casi todas las fuerzas pueden dar pie, más temprano que tarde, a aventuras populistas.

Sin embargo, ninguno de estos casos puede verse en términos que supongan un viraje político comparable al que está sucediendo al revés en los países populistas. En Chile hay una clara mayoría ciudadana enviando constantemente señales al gobierno de que no quiere reformas que hagan retroceder las manijas del reloj; en México, la suma del PRI y el PAN, de orientación en este momento semejante a pesar de su enemistad, y la propia moderación de un sector de la izquierda representan un cierto seguro contra el populismo; en Colombia, la fuerza de Alvaro Uribe es representativa de los temores que sienten muchos colombianos frente a las eventuales concesiones a las Farc; por último, en el Perú todas las candidaturas que van punteras comparten, o dicen compartir, su apego al modelo vigente.

Dos factores serán decisivos para que la transición del populismo a la centroderecha o al liberalismo se confirme y afiance en 2016 y 2017. El primero es Mauricio Macri. Si hace reformas y logra darles una base política a prueba de la desestabilización que llevará a cabo la oposición kirchnerista, el efecto será notable en otros países. El segundo factor es Brasil: si los brasileños logran, por vías constitucionales, apresurar la salida de un gobierno que no da más de sí y reemplazarlo por otro encabezado por el líder de la oposición, el efecto será aun mayor que el de un Macri dinámico y exitoso. Brasil, después de todo, es Brasil. Así como fue quizá el país más determinante a la hora de sostener al populismo autoritario que no practicó en casa, será quizá el día de mañana determinante para confirmar que el sol no sale sólo para el Pacífico.

Tomado de eldiarioexterior.com

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