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Política y moral

EDUARDO BOWLES


S e les puede exigir moralidad a los políticos? ¿Es posible aspirar a que un día se cumpla el ideal platónico de ser gobernado por los mejores, por los más honestos, probos y virtuosos hombres y mujeres de la sociedad? ¿Al menos se puede pretender lo que pregonaba el emperador romano cuando decía que “la mujer del César no solo tiene que ser, sino parecer”? ¿Es posible exigir que el ejercicio del poder sea limpio?

Nicolás Maquiavelo es el padre del Estado Moderno y es todavía quien inspira a casi todos los que ejercen responsabilidades políticas en todo el mundo, sin importar la tendencia, ideología o el sistema al que pertenezcan. Ellos fijan la vista en los resultados y no les importa lo que tengan que hacer para lograrlos. Es más, la única meta que anida en la mente de cualquier líder es mantenerse en el poder, permanecer vigente, “seguir cortando el bacalao”, como se diría vulgarmente, sin la necesidad de que ello implique conservar los cargos, como torpemente buscan los gobernantes populistas que han estado en boga, quienes justamente han conseguido el objetivo contrario.

En ese sentido, es ingenuo medir a la política en términos netamente moralistas y afirmar, por ejemplo, que lo que falla en nuestros días el decoro de nuestros gobernantes, sumidos en líos de faldas, triángulos amorosos y unas maneras muy sórdidas de asumir la paternidad, cuando en realidad lo que está fracasando es la estructura del estado, el ordenamiento institucional, los mecanismos que debe disponer la sociedad para controlar a los poderes públicos y las herramientas legales para conseguir un funcionamiento transparente de las entidades llamadas a actuar de frente a la ciudadanía.

No vamos a afirmar aquí que se debe desechar la moral, sino todo lo contrario. Ya quisieran nuestros líderes que la población tenga la misma moralidad que ellos, pero los hechos, es decir la censura pública a la actuación de los gobernantes, nos ha servido para constatar que la gente conserva unos valores, respeta unos principios y sanciona a quien los violenta, porque son atentatorios contra la vida en comunidad. Pero lo que hay que entender es que esa sanción social solo ha sido posible en la medida en que las situaciones embarazosas han quedado expuestas gracias a la actuación de los medios de comunicación, únicos garantes en la actualidad del ejercicio de la transparencia que demanda la vida democrática y republicana.

Sería ideal que gobernantes y gobernados compartan las mismas virtudes, pero eso es imposible en la medida en que sigamos teniendo estados cerrados, instituciones y líderes que actúan entre cuatro paredes, sin el necesario escrutinio público. Las sociedades más avanzadas (estamos hablando de la región nórdica, de los Países Bajos, de Suiza y otras similares) son las que tienen los mecanismos más avanzados de fiscalización; son los poseen las leyes más antiguas que garantizan el acceso a la información pública; son las que mejor protegen la libertad de expresión y coadyuvan a que la población esté perfectamente informada de los asuntos públicos. En esas naciones es considerado inmoral que un político esconda información sobre un contrato; que haga tráfico de influencias de la manera más impune y descarada y que se enriquezca a costa de la población, asuntos que a lo mejor en nuestros países resulta de lo más “normal”.

Tomado de eldia.com.bo

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