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No es un golpe de Estado: es que las instituciones funcionan

HANA FISCHER 

Mediante su cuenta en Facebook, el expresidente de Brasil Luiz Inacio Lula da Silva convocó a la realización de una marcha en Brasilia. Se anunció que sería encabezara por él pero finalmente no fue así. El objetivo era presionar a los parlamentarios que están analizando si someter o no a impeachment a su sucesora, una muy debilitada Dilma Rousseff.

La estrategia se basa en presentar a la situación como un “intento de golpe de Estado”. Al estilo orwelliano en el uso del lenguaje, la convocatoria se denominó “defensa de la democracia”. Asimismo, se apela a las emociones expresando que si el Partido de los Trabajadores (PT) es desplazado de poder, sería algo nefasto porque “lo que está en juego, son los derechos laborales”.

En realidad, lo que se pretende es evitar que Rousseff o Lula sean investigados por la justicia ordinaria con relación al brutal escándalo de corrupción conocido como “Lava Jato”.

Lo que está ocurriendo en Brasil, deja al desnudo una serie de realidades:

Primero, que la mayoría de los gobernantes izquierdistas que han venido gobernando la región en las últimas décadas, no son republicanos. El sistema democrático ha sido un medio para acceder al poder, pero una vez alcanzado el objetivo, lo menosprecian, como lo demuestran muchos de sus dichos y acciones.

Por ejemplo, en la ceremonia en que Rousseff juramentó a Lula como ministro para “blindarlo” contra la acción judicial, criticó duramente a los jueces que lo investigan por supuesta corrupción así como al Parlamento, al catalogar de “golpistas” a quienes están promoviendo su destitución. Sus palabras delatan su desdén hacia la separación de poderes y su función de contralor para “que el poder controle al poder”. Precisamente, el objetivo de ese principio constitucional es evitar que un Gobierno pueda transformarse en despótico.

Segundo: el desconocimiento de los fundamentos de una república democrática. En ese sistema de Gobierno, ninguno de los poderes es más importante que los otros dos. Pero los integrantes de la Unasur han transmitido la idea de que sólo el presidente de la República tiene legitimidad democrática. En consecuencia, cualquier intento por limitar su poder o investigarlo periodística o judicialmente es tildado de “golpista”.

Desde esa perspectiva, el mandatario uruguayo Tabaré Vázquez –actual presidente de la Unsaur–, promovió una declaración exhortando a que “se respete el orden institucional en Brasil” y “se respete el mandato de la presidente Dilma Rousseff, que fue elegida por voluntad popular hasta el año 2019”. Se describe a la crisis como un “enfrentamiento de la Justicia contra el Poder Ejecutivo”.

De inmediato, Evo Morales solicitó la convocatoria a una cumbre extraordinaria de la Unasur, para denunciar conjuntamente el “golpe de Estado judicial y mediático”>José “Pepe” Mujica se sumó a esa estrategia de desvirtuar los hechos, al declarar que el proceso judicial por corrupción contra Lula se origina en que para ciertos sectores no es admisible que alguien que “viene de tan abajo” haya alcanzado una posición encumbrada. Enfatizó que “está convencido de la inocencia de Lula” porque “tiene una historia que lo santifica”.

Con respecto a Mujica, la experiencia señala que no se deben tomar muy en serio sus dichos porque se caracteriza por alegar: “Así como te digo una cosa, te digo la otra”. Asimismo, es el autor de la maquiavélica frase de que en muchas ocasiones “lo político prima sobre lo jurídico”.

Su dudosa honestidad intelectual también se manifestó cuando se ventilaba el caso del mensalão. En aquel entonces, Lula negaba enfáticamente saber algo acerca del esquema de pagos mensuales a legisladores para comprar votos que había instrumentado el PT. En 2005, cuando saltó a la luz pública este entramado de corrupción, un indignado Lula aseguró que se sentía “traicionado por prácticas inaceptables que desconocía”.

Siendo presidente (2010-2015), Mujica lo apoyaba, afirmando que “Lula no es un corrupto, como sí lo era Collor de Mello y otros expresidentes brasileños”.

Pero en la serie de entrevistas que le realizaron los periodistas Andrés Danza y Ernesto Tulbovitz con el objetivo de escribir la obra Una oveja negra al poder, Mujica sostuvo que a principios de 2010, en Brasilia, Lula le había comentado que “el pago de sobornos a diputados era la única forma de poder gobernar ese país”.

Sin embargo, en la presentación del libro en Montevideo —y tras el escándalo que se armó en Brasil tras su publicación—, Mujica afirmó sin ruborizarse que Lula “no estaba al tanto del mensalão” y que nunca había hablado con ningún brasileño sobre ese tema.

La mencionada movida de ciertos integrantes de la Unasur pretende transmitir la idea de que no se está respetando el orden institucional de Brasil, cuando está ocurriendo precisamente lo contrario. Es digno de admiración que se esté juzgando con la misma vara al delincuente pobre y a los poderosos de cuello blanco. Es la prueba más palpable de que finalmente en esa nación, la “igualdad ante la ley” es una realidad y no mera retórica.

La iniciativa del Gobierno uruguayo no prosperó debido a la oposición de Argentina y Paraguay. Al fundamentar su negativa a firmar la declaración, el vicecanciller paraguayo Oscar Cabello reclamó respeto por la soberanía de los países. Señaló que no correspondía “ningún tipo de pronunciamiento ni a favor ni en contra de nadie”.

Por otra parte, el concepto de “pueblo” de estos gobernantes demuestra una gran hipocresía. Esta gente utiliza y canaliza hábilmente el descontento popular en ciertas áreas, para alcanzar intereses y objetivos propios. En el pasado, Lula era un destacado agitador social. Cuando se estaba promoviendo el impeachment contra Fernando Collor de Mello, Lula afirmó en un mitin :

“Por primera vez en América Latina, el pueblo brasileño dio una demostración de que es posible que, el mismo pueblo que eligió un político, destituya ese mismo político (…) Nosotros defendemos la tesis de que, desde el momento que el pueblo vota un candidato, sea diputado o edil, y después de un determinado tiempo ese candidato no está cumpliendo con aquello que era el programa durante la campaña, esos mismos electores que eligieron a la persona, puedan destituirla. Si conseguimos eso, sería la salvación de este país”.

Pero cuando esa misma “tesis” se aplicó al dúo Rousseff-Lula, la esposa de éste último –Marisa Letícia Rocco— expresó con desprecio en una conversación telefónica interceptada por la Justicia, que los manifestantes “se metan las cacerolas en el culo”.

En conclusión, lo que está ocurriendo actualmente en Brasil, está lejos de ser un intento de golpe de Estado. Esa acusación más bien encuadraría en la pretensión de Rousseff de traspasarle en forma antirrepublicana y antidemocrática el mando a Lula.
Por el contrario, lo que estamos presenciando es el correcto funcionamiento de las instituciones republicanas: Una prensa libre que informa, una opinión pública que se manifiesta pacíficamente, un Poder Judicial que investiga con rigurosidad e independencia respetando las garantías del debido proceso, y un parlamento que hace de contrapeso al Ejecutivo actuando conforme a las reglas constitucionales.

En pocas palabras, Brasil está demostrando madurez política.

Tomado de es.panampost.com