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El Liberalismo a fin de siglo: Desafíos y oportunidades

libertad blogMARIO VARGAS LLOSA

Señor Gobernador, señoras, señores, queridos amigos. He pedido que enciendan las luces del teatro para realmente estar seguro que hay tanta gente como la que estoy viendo. Lo veo y todavía no me lo creo, a pesar de que ya en mi primera visita a Rosario fui beneficiario de esa extraordinaria generosidad de los rosarinos que acuden multitudinariamente a escuchar a un escritor. Créanme que eso no ocurre en muchas partes en el mundo y que, aunque fuera solo por eso, mi deuda de gratitud con esta ciudad sería enorme. Lo es también por la magnífica labor que realiza la Fundación Libertad, que está cumpliendo estos días sus primeros diez años de vida. Debe ser un motivo de orgullo para Rosario que una institución como la que dirige con ese entusiasmo volcánico y contagioso Gerardo Bongiovanni haya nacido y se desarrolle en esta ciudad. Es una institución enormemente valiosa, que trabaja en el campo de la cultura promoviendo las ideas de la libertad.
Esas ideas, en este fin de siglo, en este fin de milenio, han ganado un espacio muy grande en el mundo, aunque, seguramente, si hacemos un balance entre los países que gozan gracias a esas ideas de libertad, de mejores condiciones de vida, de mayor respeto para los derechos humanos, y los países que por falta de libertad se encuentran empobrecidos y maltratados, desgraciadamente, el balance sería negativo. Sin embargo, no debemos caer en el pesimismo, la verdad es que hay razones que justifican un prudente, un moderado optimismo desde la perspectiva de la libertad. Así lo creemos los liberales, aquellos que, como Gerardo Bongiovanni y sus amigos de la Fundación Libertad, como esas ochenta personas, economistas, escritores, sociólogos, se han reunido para festejar este cumpleaños y así hay muchas personas en el mundo que nos sentimos profundamente identificados con esas ideas y que nos reconocemos bajo el común denominador de liberales.

El liberal

Esta es una etiqueta que, últimamente, no tiene buena prensa. En muchas partes del mundo, incluida la Argentina, a los liberales ni siquiera se nos llama lo que nosotros somos, sino que se nos llama más bien “neoliberales”. Se nos ha añadido esta partícula, la partícula de “neo”, es una partícula que no significa absolutamente nada, pero que es una manera muy sutil de devaluar lo que somos, de desnaturalizarlo y de caricaturizarlo. La idea del neoliberal es la idea de un ser algo incompleto, de un ser que no acaba de ser del todo lo que pretende ser, de un ser escurridizo, incompleto, algo que de por sí produce frustración, desconfianza e incluso temor; y como estoy seguro ustedes saben muy bien, hay desde distintas trincheras políticas una ofensiva muy grande contra el llamado neoliberalismo, algo que yo no se qué cosa es.
El liberalismo me interesa mucho, y me considero un liberal. Si ustedes le preguntan a estos ochenta liberales que se han reunido en Rosario, “¿que cosa es un neoliberal?”, estoy seguro que les van a responder lo mismo que yo: pues no se que cosa es un neoliberal. Yo no conozco a ningún neoliberal, conozco sí muchos liberales y conozco muchas personas que no son liberales, pero a un neoliberal yo no lo he conocido nunca y estoy seguro que no lo voy a conocer simplemente porque no existe. Y el neoliberalismo no se qué cosa es; el neoliberalismo es, en artículos, en discursos, en conferencias, presentado como el responsable de muchos estragos que está experimentando, que ha experimentado la humanidad.
El neoliberal es el responsable de esa otra fórmula para devaluar semánticamente, mediante la irrisión, una idea. El “capitalismo salvaje” es esa otra formula que ustedes, seguramente, se la encuentran constantemente. El “capitalismo salvaje”, es decir, un sistema egoísta, materialista, despojado de toda dimensión espiritual y ética que solo persigue el beneficio económico y que, para conseguirlo, está dispuesto a arrollarlo todo, la humanidad, a los demás —la dignidad de los demás— creando un mundo de egoísmo, de individualismo, que puede llevar a la humanidad a crear un mundo de una minoría de privilegiados y de enormes masas de desposeídos, de despojados, de seres maltratados por ese sistema monstruoso: el capitalismo salvaje, respaldado, defendido por los neoliberales.
Yo quisiera hacer una reflexión sobre lo que en realidad somos nosotros. No somos esos seres tan crueles, tan salvajes, tan materialistas, interesados solo en el beneficio económico de las empresas capitalistas. No, los liberales somos unos ciudadanos que si ustedes escarban un poco van a encontrar que tienen enormes discrepancias entre sí. Quienes asistan a los debates que estos días ha organizado la Fundación Libertad van a descubrir que los liberales tienen algunas ideas en común y muchísimas otras en discrepancia y que, además, debaten entre sí con brío y animosidad. Pero sí tenemos un denominador común y es un concepto, una idea, un valor, que aparece en la palabra libertad. “Liberales” viene de libertad, y de libertad sé que se han escrito verdaderos mares de tinta para explicar esa palabra. Un gran liberal que ha muerto relativamente hace poco, Isaías Berlín, en un ensayo muy hermoso sobre la libertad, dice que él detectó cuarenta y siete definiciones distintas de lo que es libertad, y seguramente hay muchas más.
Pero con la libertad ocurre algo: a pesar de la variedad y disparidad de definiciones que pretenden capturarla y expresarla conceptualmente, algo muy simple, cualquiera, la persona más desinformada en términos de filosofía, de economía política, sabe lo que es libertad cuando tiene que experimentar en carne propia la falta de libertad. No necesita ninguna definición, no necesita que vengan los filósofos para explicarle con multitud de citas eruditas lo que es la libertad, cuando vive en una sociedad que ha sido privada de libertad, cuando, por ejemplo, no tiene una información confiable sobre lo que ocurre porque los periódicos le ocultan la verdad o le mienten descaradamente, porque no pueden hacer otra cosa, porque están sometidos a un sistema que los obliga a desinformar, a callar la verdad o a mentir descaradamente. Saben que la libertad no existe cuando no pueden moverse a donde quieren sin pedir unos permisos que a veces se les niegan. Cuando no pueden practicar una fe, una creencia. Cuando no pueden protestar contra aquello que los ofende o los irrita o les parece que debería cambiar. Quienes padecen esas distintas formas de opresión saben perfectamente lo que es libertad aunque no tengan a flor de boca una definición coherente, y saben que la libertad es una cosa preciosa y hermosísima y lo saben cuando no la tienen, cuando la añoran y cuando descubren a través de esa ausencia de libertad lo importante que es para llevar una vida soportable, una vida decente, que en una sociedad haya libertad.
Bueno, esa libertad es algo que no existió siempre. La libertad apareció solo en un momento de ese largo transcurso de la civilización humana que está detrás de nosotros. En la historia de ningún pueblo, de ninguna sociedad, la libertad estuvo en el punto de partida. No, lo que estuvo fue la opresión, lo que estuvo fue una autoridad que decidía, en nombre de los demás, lo que convenía y lo que no convenía a los seres humanos. Los seres humanos fueron, tradicionalmente, en todas las civilizaciones, esclavos de un poder, de una fuerza que tenía a veces la justificación simplemente de la violencia; en otros casos la justificación de la religión, de una fe, de una creencia que dotaba a una persona de un poder absoluto sobre los demás.
Pero la libertad solo aparece mucho después, ¿y cómo aparece? Yo quisiera hablarles, muy brevemente, de dos personas que nosotros los liberales admiramos mucho, dos personas que a mi me gustaría que los jóvenes —veo con mucha alegría que hay muchos jóvenes aquí esta noche, en este teatro atestado— me gustaría que se acercaran a esas dos personas, que ojearan un poco lo que escribieron y vieran cómo la libertad apareció en un momento en la historia y cómo su presencia, su actuación en el marco de la historia, cambió, transformó profundamente, la vida de los seres humanos; y que, si escarbamos un poco, en las raíces de todas las cosas buenas que nos pasan, de todas las cosas buenas que tenemos, tenemos muchas malas cosas en la vida, creo que eso vale para todos los que están aquí presentes acompañándome esta noche, pero, todos tenemos algunas cosas buenas. Si ustedes examinan y reflexionan un poco el origen de esas cosas buenas, van a ver que en su raíz está la libertad, esa libertad que nació en algún momento en la historia.

Un señor escocés

Yo quisiera que me acompañaran en una excursión en el tiempo y en el espacio. Vamos al siglo XVIII, el famoso siglo de las luces, el siglo de la razón, el siglo de la Ilustración y vamos a Escocia, ahí en ese norte brumoso y frío, y vamos no a Edimburgo, no a Glasgow, vamos un pueblecito muy pequeñito, casi perdido, que se llama Kirkcaldy. Ahí nació en el siglo XVIII un señor que se llama Adam Smith, un señor de una familia más bien modesta, un muchacho que desde muy niño fue muy despierto y con una curiosidad insaciable, voraz.
Desde muy pequeño en la escuela demostró dotes para el estudio, para apoderarse de los conocimientos que se ponían a su alcance, y por eso fue becado y pudo salir de la escuela de su pueblo e ir a colegios que eran ya muy respetables intelectualmente en su tiempo. Fue a Oxford, estuvo después en la Universidad de Glasgow, y ahí demostró, realmente, un talento excepcional para el estudio. Esa curiosidad en su caso se tradujo pues en investigaciones sobre disciplinas muy diversas. Cuando era muy joven, escribió un tratado de astronomía. Esa fue su primera vocación, parecía que iba a dedicarse al estudio de los astros. Le interesaba también mucho la moral, la ética. Ustedes habrán oído mucho que los liberales son gentes que carecen de moral, que lo único que les interesa es el beneficio económico, pues este señor del que les estoy hablando —y si hay un liberal en la historia es este señor— le interesó tanto la ética que dedicó buena parte de su vida a estudiar el problema de la ética en la sociedad y en el individuo, y escribió un voluminoso tratado de moral, esa fue la obra que de alguna manera consolidó su prestigio universitario. No se contentó con tener una vida académica, su curiosidad no le permitía estar aprisionado allí en un claustro universitario, y por eso aceptó ser tutor de un joven noble, rico, a quien acompañó por Europa, fundamentalmente por Francia, que vivía un momento de gran esplendor cultural. Ese viaje este señor, este escocés, lo aprovechó maravillosamente, conversando, averiguando interesándose, por todo lo que ocurría en el campo del pensamiento, de la cultura en la Francia dieciochesca, y luego regresó a Escocia y se metió en ese pueblecito que se llama Kirkcaldy, un pueblecito muy bonito, muy pintoresco y pequeñito.
Yo hice el viaje a Kirkcaldy, a seguir las huellas, a ver qué quedaba de Adam Smith en Kirkcaldy, y me lleve una gran sorpresa: casi nadie sabía quién era Adam Smith, el más ilustre personaje nacido en ese pueblo. Sus comprovincianos no lo conocían. Por fin encontré la casa, pero la casa había desaparecido hace muchos años y había en una especie de corralón una pequeña plaquita donde decía: aquí estuvo, aquí vivió muchos años Adam Smith y aquí escribió su libro sobre la riqueza de las naciones. Encontré también que en el museo de Kirkcaldy, un pequeño museo donde hay objetos de distintos personajes ilustres, lo único que había de Adam Smith era un tintero y una pluma. A mí me emocionó mucho ver ese tintero y esa pluma con las que él trabajó 10 años; estuvo 10 años metido ahí trabajando en un libro para tratar de encontrar una respuesta a una pregunta que a él lo había obsesionado desde joven: ¿por qué algunas sociedades son ricas y otras son pobres?
Hombre del siglo XVIII, hombre ilustrado, él no creía que había razas superiores, razas inferiores; en absoluto, él estaba convencido que todos los seres humanos tienen las mismas disposiciones. Pero si es así, ¿por qué algunas naciones parecen condenadas a vivir en la pobreza, en la ignorancia, en el atraso, y otras como por ejemplo pues Inglaterra, Escocia, Francia, habían alcanzado ese nivel extraordinario de desarrollo? Esa curiosidad él quiso explicarla racionalmente y durante 10 años estuvo investigando, leyendo, viajando, consultando, para averiguar cómo nacía la riqueza. De eso resultó ese libro, que es como una biblia. No tenemos biblia, pero es como una biblia para los liberales, porque es un libro que explica el origen de la riqueza, es un libro fascinante, es un libro que pueden leer incluso los profanos como yo que no entienden de economía, es un libro que es una especie de manual de todos los conocimientos de la época. Ahí no se habla solo de economía, se habla también de historia, se habla de lo que se llamaría después astrología, las conductas, las costumbres; es un libro riquísimo, realmente, que por momentos se puede leer como una verdadera novela.

Un sistema que surge espontáneamente

Ahí él va explicando ese extraordinario mecanismo que nadie inventó, que no esta patentado por ningún individuo, sociedad, gobierno o país, que es el que está detrás de la riqueza, detrás de la prosperidad, aquello que ha impulsado a ciertas sociedades a unos niveles fantásticamente adelantados en relación al resto de la sociedad y del mundo y que descubrió Adam Smith. Él descubrió que un país es más prospero mientras menos interviene el gobierno en la creación de la riqueza. Eso va contra todo lo que naturalmente tendemos a pensar: Una sociedad en la que el gobierno no interviene, no se preocupa para nada de cómo surge la riqueza, pues debe ser un caos; eso debe ser absolutamente un desorden, si no hay alguien que piensa por nosotros y dice: “de esta manera es como debemos actuar para que haya prosperidad, para que haya escuelas, para que haya transporte, para que haya vestido”. No, él descubrió que es exactamente lo contrario; descubrió que mientras menos interviene un gobierno, mientras deja más en libertad a los individuos para que a través de su esfuerzo, de sus competencias, de sus aptitudes traten de materializar sus ideales, sus metas y puedan hacerlo dentro de un sistema de gran libertad —pero sí, de competencia, donde puedan, realmente respetando unas ciertas leyes que impiden que algunos tengan un monopolio, una exclusividad en determinado campo, en determinada área de la producción— entonces la riqueza surgía de una manera mucho más veloz, mucho más intensa que en las sociedades donde los gobiernos decidían qué es lo que debía hacer cada cual para que hubiera productos, para que hubiera riquezas.
Él descubrió que había un sistema que surgía naturalmente, espontáneamente, de esa libertad que gozaban ciertas sociedades para producir, que dejaban a sus ciudadanos actuar libremente simplemente dentro de un sistema de reglas que garantizaban la equidad, los derechos de todos de incurrir a ese mercado, a poner en marcha sus aptitudes para materializar sus anhelos, y que, por el contrario, mientras un gobierno intervenía más, mientras un gobierno reglamentaba, regulaba, establecía condiciones, prohibiciones, obligaciones, entonces ocurría exactamente lo contrario de lo que aquellos gobiernos pretendían: en lugar de estimular la creación de la riqueza, la trababan y provocaban una especie de desaliento, de apatía, la gente no se sentía absolutamente estimulada a hacer aquello que los inteligentes, los sabios que gobernaban habían decidido que hicieran.
Entonces Smith dijo, lo que hace crear la riqueza es ese sistema que él llamó mercado. Dijo que ese sistema creaba un orden que es mucho más firme, más arraigado, más sólido, más estable, que aquellos órdenes que pretendían imponer los gobiernos mediante la coacción, mediante la coerción, y que ese era el secreto de la riqueza de las naciones ricas, de la naciones prósperas, de las naciones adelantadas. Dijo que había como una mano invisible en esos sistemas de libertad para crear riqueza, que creaba ese orden y que ese era el orden de la prosperidad y era también el orden del progreso; que gracias a eso se enriquecían las técnicas, se enriquecían las industrias, se enriquecía el comercio y que eso traía una prosperidad que favorecía al conjunto de la sociedad. Desde luego, había algunas personas que tenían mucho más éxito que otras, pero el éxito de esas personas era un éxito que revertía siempre sobre los demás, porque era un éxito que resultaba de la satisfacción de las necesidades de las demás personas.
Él hace un gran elogio del empresario. Para Smith sí hay un héroe en la sociedad: es el empresario, es ese hombre alerta que detecta cuáles son aquellas necesidades, apetitos, urgencias que debe satisfacer la sociedad, entonces se adelanta y produce aquellos servicios, aquellas mercancías, aquellos productos. Y entonces tiene un éxito, y ese éxito de ninguna manera es para avergonzarse de él, por el contrario, es un éxito que viene a refrendar como un premio, un servicio que ha prestado el empresario a la comunidad. El héroe de este libro que se llama Investigación sobre la naturaleza y la causa de la riqueza de las naciones, es el empresario. De ninguna manera se resta meritos a los agricultores, a los campesinos, a los artesanos. Pero el empresario aparece como el gran promotor, como la locomotora que arrastra detrás de sí al conjunto de la sociedad en la creación de la riqueza.
Bueno, ese es uno de los personajes que nosotros admiramos, los liberales, y que nos ha convencido de la importancia de la libertad de mercado, ese mercado libre que nosotros nunca hemos tenido. Nosotros nunca tuvimos ese mercado libre que describe Adam Smith, que llegó a funcionar, no de una manera absolutamente perfecta, pero sí muy próxima a lo adecuado, a lo conveniente. En el país, en el mundo nuestro no funcionó jamás y esa es una de las razones por las que, en comparación con otras sociedades, nosotros hemos sido mas pobres. Esa es una de las creencias, esa es una de las ideas que defendemos nosotros los liberales. Nosotros queremos que las sociedades sean prósperas, no queremos que haya pobreza, que haya miseria y para eso defendemos la libertad económica; no para que ciertos grupos privilegiados se enriquezcan, sino para que el conjunto de la sociedad alcance unos niveles de vida decentes y haya un sistema que premie a cada cual de acuerdo a su talento, a sus esfuerzos, a sus competencias.
Unas palabras más sobre estas ideas de Adam Smith, las cuales junto con las de otros pensadores de su tiempo, fueron decisivas para que en el siglo XIX, pocos años después de que apareciera esta obra magistral y la tierra viviera la experiencia de la revolución industrial, de esa prodigiosa movilización de energías creativas que puso a Gran Bretaña, pues, a la cabeza del desarrollo mundial, de tal manera que pasaron la prueba de la realidad.

¿Cómo nace la opresión?

Ahora quiero que demos un salto en el tiempo, sobre ese siglo XIX, y vamos a los umbrales del siglo XX. Trasladémonos de Escocia a una gran ciudad europea, a Viena, que era todavía la capital del imperio Austro-Húngaro, porque estamos en 1900. Viena era una ciudad maravillosa, de música, de filósofos, de artistas. Era una de las grandes capitales europeas. En esa ciudad nació, justamente, en ese umbral del siglo, un personaje que también admiramos los liberales: Karl Popper. Pertenecía a un familia judía de clase media y era, como Adam Smith, una persona que desde niño demostró una gran pasión por el saber, por el estudio. Una curiosidad que lo llevó desde muy joven a explorar ciertos campos del conocimiento, principalmente, la filosofía y, en especial, la filosofía de la ciencia. Tenía una gran pasión por la ciencia y por los conocimientos generales, y aunó estas dos vocaciones en los años universitarios. Todo parecía indicar que Karl Popper iba a ser un filósofo de la ciencia, que iba a tener una vida académica y que iba a ser un sesudo —y quizá algo abstruso— profesor de libros de filosofía y libros de ciencia.
Pero la historia empezó a provocar uno de los terribles traumas de los que está lleno ese siglo que termina, esos traumas terribles, atroces que destrozaron centenares, miles de vidas de familias en la Europa de las primeras décadas de este siglo y entre ellas, pues, a Karl Popper. Cuando surgen los fascismos, cuando surge el antisemitismo, que echa cuerpo en Viena con tanta fuerza como en Alemania y como en muchas otras ciudades europeas, Karl Popper, este joven profesor con su vida amenazada, tuvo que huir, y va al otro lado del mundo, hasta Nueva Zelanda, donde encuentra un trabajo como profesor en una escuelita pequeña. Ahí, este hombre que había pensado dedicar su vida a un conocimiento más bien académico, general, abstracto, de pronto se encuentra que es víctima de una monstruosa injusticia histórica. Ha sido desarraigado de su país, de su sociedad, aventado al otro lado del mundo con esa fuerza monstruosa que es el fascismo, una fuerza que está avanzando de una manera que parece imparable por Europa y entonces dice: “Yo tengo que hacer algo. Yo no puedo quedarme con los brazos cruzados. Yo tengo la obligación moral de actuar. Pero, ¿qué puedo hacer? ¿Yo qué sé hacer? Yo sé pensar, yo sé leer, yo sé estudiar. Bueno, entonces, pues yo voy a combatir el fascismo, pensando, escribiendo”.
Y entonces durante cinco años se dedicó —como Adam Smith a responder la pregunta de cómo nace la riqueza de las naciones— a responder otra pregunta: ¿Cómo nace la opresión? ¿Cómo es posible que un país como Alemania, el país más culto de Europa seguramente en ese momento, un país que ha dado los filósofos más admirables, los músicos más extraordinarios, un país con un altísimo nivel de educación , un país enormemente próspero, ¿cómo puede producir una barbarie semejante como el nazismo, un movimiento absolutamente irracional que está dispuesto a eliminar un pueblo entero, únicamente por razones racistas?
No es el único caso de opresión, de horror político social en el mundo. Junto a Alemania está la Unión Soviética, otra forma igualmente monstruosa de opresión, algo que ha caído sobre un país que desde luego no tiene en esos momentos los niveles culturales de Alemania, pero que es un país que, parcialmente, se ha desarrollado, tiene una elite altísima y, sin embargo, está viviendo la experiencia de un horror equivalente al de la Alemania nazi. ¿Por qué nace eso? ¿Cómo nace eso? ¿Cómo ha sido posible que en este siglo, que parece haber derrotado a tantos enemigos de lo humano, surjan experiencias tan devastadoras e inhumanas como las del comunismo y del fascismo?
La explicación está en el libro, que es otro libro que para nosotros los liberales es también una especie de biblia, un libro que también exhorto a los jóvenes que me escuchan a que ojeen. Estoy seguro que si comienzan a ojearlo, no podrán dejar de leerlo hasta el final. Es un libro hermosísimo, es un libro que nos enriquece extraordinariamente la visión de la historia, la visión de lo que es la libertad y de lo que es la falta de libertad y de dónde viene. Nos ilustra de una manera tremendamente inquietante qué viene del fondo de nosotros mismos, algo que ninguno de nosotros —incluso aquellos que parecen estar más en la vanguardia de la defensa de la lucha por la libertad— esté exento de aquellas semillas, de aquellas raíces que en otras personas, que en ciertas sociedades, han germinado de tal manera como para producir el comunismo y el fascismo y que encuentra Karl Popper en este libro que se llama La sociedad abierta y sus enemigos. Encuentra que, a lo largo de la historia, quienes han contribuido más a dar una legitimidad intelectual y moral a los fascismos, a los marxismos, o a esas fuerzas que con nombres diferentes representan distintas formas de opresión, son los intelectuales, son los pensadores, son los sabios; gentes que estaban dotadas de una inteligencia a veces excepcional, que tenían un riquísima cultura, han sido capaces de diseñar unos modelos teóricos que están detrás de esa fuerzas que provocan pues las catástrofes que ya sabemos provocaron a lo largo de todo el siglo XX.
¿Qué descubre él? Descubre que detrás de los totalitarismos, es decir, de estas fuerzas irracionales que acaban con la libertad, está siempre el colectivismo, está siempre la idea de que el individuo no existe sino como parte de una tribu, que el individuo no es sino un sinónimo de una colectividad. Detrás de todas las teorías, que pueden ser muy distintas, muy adversarias entre sí, como la teoría del marxismo, la teoría del fascismo, hay, sin embargo, un común denominador: la idea de que un individuo por sí mismo no vale nada, no constituye un valor, el valor está en esa entidad gregaria que es la que da su justificación y su fundamento al individuo.
Por ejemplo, para el fascismo esa entidad gregaria es la raza y la nación. Yo soy un ario, yo soy un alemán, yo existo; yo no soy un ario, yo no soy un alemán, yo tengo una categoría inferior, distinta, dentro de lo humano y si yo soy un judío simplemente no soy humano. Si yo soy un marxista, como individuo yo existo en función de mi clase social; es la clase social a la que pertenezco la que me da mi sustancia, mi consistencia, mi realidad. Yo no puedo explicarme a mí mismo, yo no puedo existir separado de esa clase social. Popper descubre que a lo largo de toda la historia a veces ha sido la religión: yo existo en función de mi religión; es mi religión la que me da el ser. Separado de mi religión yo no puedo existir y por lo tanto yo no puedo separarme de mi religión. Separado de mi clase social no puedo existir. Separado de mi nación no puedo existir, y por lo tanto yo no puedo separarme de mi nación.
Él descubre que detrás de ese colectivismo, de esa tendencia a explicar al individuo en función de lo colectivo, de lo gregario, está siempre la opresión, y que, por el contrario, la libertad—esa cosa misteriosa—surge en la historia en el momento en que la tribu, palabra clave en la filosofía de Karl Popper, desaparece, se desintegra del individuo. Ahí nace la libertad. Cuando yo ya no dependo de mi sociedad, de mi clase, de mi religión, de mi lengua para explicarme, para existir, sino que existo por mí mismo y puedo elegir mi manera de ser, el trabajo que voy a hacer, mi manera de creer, puedo elegir a mis dioses, en ese momento surge esa cosa misteriosa, extraordinaria, riquísima que es la libertad. Popper descubre que las sociedades que permiten que los individuos tengan esa soberanía individual, ese espacio para elegir lo que quieren hacer, son las sociedades libres, las sociedades que llama abiertas, las sociedades donde el héroe, el protagonista, no es la clase, la raza, la nación, sino el individuo soberano; que la libertad es inseparable de la idea individual.
En ese fascinante libro se sigue a lo largo de la historia empezando por Platón y terminando por Marx, aquellos grandes filósofos, aquellos grandes pensadores que han sido los grandes enemigos de la libertad, porque han justificado distintas formas de colectivismo como un valor supremo, como un valor que pretendía terminar con el individuo y justificarlo, hacerlo existir en función exclusivamente de su pertenencia a un colectivo. El sistema surgido en torno a la idea del individuo como un valor supremo dentro de una sociedad, es la democracia, esa democracia que es la que garantiza lo que se llama la libertad política y esa es la otra cara de la libertad que los liberales defendemos, exactamente, como defendemos esa libertad económica que descubrió Adam Smith que está detrás, como motor de la prosperidad de las naciones.

La libertad es una sola

Pero, ¡atención! No crean ustedes a aquellos que dicen que los liberales creemos solo en la libertad económica y que por la libertad económica estamos dispuestos a sacrificar la libertad política. Esa es una calumnia, ese es un infundio y ningún liberal digno de ese nombre, de esa etiqueta, puede pensar que la libertad es divisible. No, nosotros como Adam Smith y Karl Popper creemos que la libertad es una sola y que cuando hay libertad económica, cuando un mercado funciona libremente y cuando hay libertad política, un sistema donde un individuo es respetado en sus derechos, es cuando aparece eso que llamamos civilización, una civilización que por una parte significa prosperidad, niveles de vida decentes para todos, oportunidades para poder materializar nuestros anhelos y una libertad política que respete nuestros derechos individuales, una libertad que nos proteja del atropello, del abuso y que nos permita participar, que nos permita decidir en el funcionamiento y en la marcha de la sociedad.
Las sociedades que han unido más íntimamente, más visceralmente, a estas dos caras de la libertad, este anverso y reverso de la libertad, son las sociedades que están en la vanguardia del desarrollo mundial. Lo han conseguido no porque tuvieran virtudes superiores a las de los otros pueblos. Lo ha conseguido porque hicieron suyas esas ideas, esas instituciones, esas ideas e instituciones que no pertenecen a nadie, que estuvieron siempre ahí, que fueron una realidad y que en algunas sociedades prendieron más profundamente, en otras más superficialmente y en otras, desgraciadamente, no prendieron. Pero nosotros creemos que cualquier pueblo, que cualquier sociedad, puede hacerlas suyas y puede convertirse también a la cultura de la libertad y a través de ésta alcanzar el desarrollo, un desarrollo que solo puede ser político y solo puede ser económico, simultáneamente.
Desde luego que los liberales creemos muchas cosas más, pero básicamente ese es el denominador común, eso es lo que nos une y ese denominador común como ustedes ven, de ninguna manera puede ser satanizado en la forma en que lo está siendo por los enemigos de la libertad. Detrás de esas campañas contra el “neoliberalismo”, contra el “capitalismo salvaje”, en realidad lo que hay es un profundo recelo respecto a la libertad; hay eso que Karl Popper llamaba “el llamado de la tribu”. En realidad, asumir la cultura de la libertad y renunciar al colectivismo no es fácil porque implica una responsabilidad, implica asumir una enorme responsabilidad, cuando uno depende enteramente de un colectivo para ser explicado, para existir, para tener una razón vital. En cierta forma resulta muy cómodo, hay ahí una oportunidad para abdicar del esfuerzo y la responsabilidad.
En cambio cuando el individuo es el protagonista, el individuo también es responsable de lo que le ocurre y hay que asumir esa responsabilidad y actuar en consecuencia. Hay muchas personas que, por cultura, por tradición, o por instinto rechazan esa responsabilidad y entonces
sienten el llamado de la tribu, un llamado que está detrás de todos nosotros por igual, y sucumben a él y entonces resucitan la tribu. La resucitan a través de la visión marxista de la historia o de cualquier otra forma colectivista. El marxismo, hoy día, está en extinción, aunque existen todavía algunos regímenes que se proclaman marxistas, pero hay otras formas de colectivismo, unos nuevos demonios que están ahí frente a la cultura de la libertad, desafiándola: Los nacionalismos, esa es otra forma de colectivismo que pretende explicar, justificar al individuo por su pertenencia a una nación, o los integrismos religiosos que han cobrado una fuerza muy grande no solamente en el mundo islámico.
Bueno, pues esa es la batalla, una batalla fundamentalmente cultural, una batalla intelectual en la que estamos empeñados los liberales. Veo que me he excedido del tiempo que me había fijado Gerardo Bongiovanni, ganado por el entusiasmo de la exposición, así que voy a cortar para empezar el dialogo, pero quiero antes agradecerles una vez más el haber acudido tan numerosos a esta charla y haberme escuchado con tanta paciencia y cordialidad. Muchas gracias.

Mario Vargas Llosa es escritor y ex candidato a la Presidencia de la República del Perú. Este texto es una transcripción de su discurso en conmemoración del décimo aniversario de la Fundación Libertad. Dado en el Teatro El Círculo de Rosario, Argentina, el 6 de junio de 1998. 

Tomado de elcato.org

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