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Otra vez en el pozo

EDUARDO BOWLES

Hace menos de diez años Bolivia aseguraba que no era difícil alcanzar a Suiza y Brasil inflaba el pecho para codearse con las grandes potencias del mundo. Venezuela jugaba a ser imperio y Cuba exportaba su modelo en el vecindario, donde brotó lo que algunos llamaron necrofilia ideológica, es decir, amor a las ideas muertas y fracasadas.

Los hechos demostraron que estaban equivocados los socialistas de los años 60, aquellos que pensaban que América Latina estaba condenada a reproducir ad infinitum sus estructuras de pobreza y marginalidad.

De pronto nos volvimos ricos, nuestras materias primas cotizaban mejor que los tractores chinos; una buena botella de vino chileno podría costar más que un teléfono inteligente y aquello que denominaron “deterioro de los términos de intercambio” se fue al tacho de la basura junto con todas las teorías de la dependencia y demás idioteces de las “venas abiertas” que el propio Eduardo Galeano mandó al cuerno antes de morir.

Cómo serán de cínicos estos sujetos, que Fidel Castro admitió públicamente que la fórmula comunista ya no les servía ni a ellos y luego su hermano Raúl les pidió a sus compatriotas dejar de gritar “Socialismo o muerte” porque eso no conducía a nada, pero de todas maneras no han dejado un instante el libreto tenebroso que ha puesto a Cuba, a Venezuela, a Brasil y todos los que ayer estaban en las nubes, al borde de un nuevo colapso económico, político e institucional.

Durante décadas, los intelectuales, los académicos, líderes políticos y demás “expertos” nos convencieron de que el subdesarrollo era una cuestión de plata, de acceso a la tecnología, de una ubicación geográfica o del hecho de haber sido colonia. Seguimos llorando nuestro pasado lastimero y lo usamos de excusa para explicar nuestro retraso mental, nuestro enanismo en materia política y la patética inmadurez que penetra todas las áreas de la cultura.

Todos los países del mundo fueron algún día subdesarrollados. En los primeros años del siglo pasado hordas de europeos empobrecidos, analfabetos, hambrientos, perseguidos, bajaban de los barcos para refugiarse en Brasil, en Argentina y Venezuela, donde se vivía uno de los tantos periodos de auge que se han repetido cíclicamente en el continente. En el viejo mundo se golpearon, tuvieron tropiezos, pero finalmente pudieron dar el salto cultural, que también han dado muchas naciones asiáticas.

Lamentablemente en estas tierras nos resistimos a dejar el tercermundismo. Insistimos en tener una de las peores justicias del planeta; creemos que la corrupción es parte de nuestra genética y que la viveza criolla es nuestro gran patrimonio.

Lo estamos viendo por todos lados: contubernio, saqueo de las arcas públicas, desmantelamiento de las empresas estatales; arquitectura súper organizada para el encubrimiento de los bandidos; cinismo de las élites que siguen dándole la espalda a la realidad. Ese tercermundismo; ese rostro muy bien pintado por los novelistas en Macondo y en Sucupira, permanece intacto y el destino económico y político depende justamente de ello.

Tomado de eldia.com.bo

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