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El fin del modelo chileno

IVÁN CARRINO 

Tengo un especial afecto por Chile. La primera vez que visité Santiago probablemente tenía menos de 10 años. La última vez que estuve fue hace relativamente poco tiempo, en un congreso organizado por la Fundación Para el Progreso.

Lo que sucede con Chile, y a mí especialmente, ya que me dedico al análisis económico “de este lado de la cordillera”, es que todo lo que uno desearía para nuestro país, Argentina, parece ya estar en funcionamiento ahí.

En mis clases de Comercio Internacional siempre contamos la exitosa experiencia de apertura que muestra el caso chileno. La reducción de barreras arancelarias, primero, y la firma de una enorme cantidad de tratados de libre comercio después, le permitieron a Chile beneficiarse del intercambio internacional, mejorando los salarios reales de los chilenos. Todo esto, además, se dio en paralelo con una economía en crecimiento, bajos niveles de inflación y un también bajo nivel de desempleo.

Obviamente, esto no siempre fue así. Pero a mediados de la década del ’70, el rumbo económico de Chile cambió. Abandonaron el socialismo y migraron hacia un sistema de libre mercado. Al menos en comparación con sus vecinos regionales.

Los sucesivos gobiernos del país vecino comenzaron a valorar el rol del equilibrio fiscal. Además, dotaron de independencia al Banco Central y lo encomendaron a la única tarea de mantener baja la inflación, prohibiéndole incluso que emita dinero para financiar el déficit público. Además, le dieron un rol principal al sector privado, promoviendo un sistema de bajos impuestos y escasa regulación económica. El último año el país vecino ocupó la séptima posición en el índice de libertad económica, de la Fundación Heritge, un puesto que mantiene hace cinco años.

La mayor libertad, a diferencia de lo que suele argumentarse en Argentina, no generó ninguna crisis en el país vecino. Todo lo contrario, catapultó su PIB per cápita, que desde 1990 se multiplicó por 6

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Sin embargo, esta historia de éxito no está transitando por su mejor momento. Hace dos años que asumió la presidencia Michelle Bachelet. Con un discurso alejado del pragmatismo que caracterizó su primer mandato, la médica triunfó con el típico mensaje populista, centrado en la necesidad de igualar a los chilenos, y de hacer una sociedad más “justa” mediante un intervencionismo cada vez mayor. El giro hacia la izquierda quedó confirmado cuando consiguió el apoyo del Partido Comunista, representado por la combativa estudiante Camila Vallejo.

Ahora el discurso de Bachelet no quedó sólo en palabras. En lo que va de su mandato aprobó la reforma tributaria, destinada a aumentar la carga impositiva sobre las empresas. Además, entró en vigencia la reforma educacional, cuyo objetivo es eliminar el lucro en la educación. Finalmente, también se sancionó una nueva legislación laboral que parece inspirada en su par argentina, dotando de un gran poder a los sindicatos y, por tanto, reduciendo la productividad de la economía.

Los resultados no han sido buenos. La inversión cayó 4,2% en 2014 y volvió a resentirse un 1,5% en 2015. En los primeros meses del año, este indicador rebotó, pero apenas avanzó un 1,2%. La menor inversión afectó el crecimiento económico. En los 10 años previos a la llegada de Bachelet, el PIB chileno venía creciendo a un promedio del 4,7%. El promedio para 2014 y 2015 fue de 2%, menos de la mitad.

Las perspectivas hacia adelante no son mucho mejores.

Obviamente se dirá que la desaceleración chilena se debe a los factores externos y a la caída del precio del cobre, pero sería excesivamente ingenuo, o acaso malintencionado, negar el efecto del populismo creciente sobre la evolución de la economía de Chile.

En Argentina ya hemos probado con la receta populista. Nuestra carga tributaria se acerca al 40% del PIB, tenemos educación pública y gratuita en todos los niveles: primario, secundario e incluso universitario. Por si esto fuera poco, los sindicatos tienen un rol preponderante y el mercado laboral es excesivamente rígido. Además, el afán de gastar por encima de nuestras posibilidades nos llevó de una crisis fiscal a la otra, perdiendo sistemáticamente escalones en el ranking de la riqueza mundial.

Cuando, a la luz de estos resultados, me preguntan qué modelo de país debemos seguir o cuál sería un proyecto con cosas para imitar, nunca dudo en citar el caso chileno, como comentaba al inicio de la nota. Espero que, a medida que pase el tiempo, pueda seguir haciéndolo, y que la tentación populista se detenga.

De otra forma, Chile será también empujada al abismo y pasará a ser una nueva víctima del populismo, que sólo sabe traer decadencia y crisis.

Tomado de cl.igdigital.com 

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